«Putero y yo»: Crónica de una España de neón y alpiste

Pobre Juan Ramón Jiménez. Si supiera que su plácido burrillo de Moguer terminaría bautizando la última gran obra de la infamia nacional, pediría el exilio póstumo. Pero así estamos. En la España del siglo XXI, el lodo ha sustituido a la plata, y el «yo» de la política actual no es un poeta sensible, sino un comisionista con gomina o un vividor del presupuesto con el carné de partido entre los dientes.

Surge ahora el «Salvapatrias» de turno, ese espécimen que manda cataplines (por no decir otra cosa). Un estratega del vacío que no sabe lo que es sudar un sueldo en la empresa privada ni lo que es una cartilla militar, pero que se autoproclama el Geo de la Reconquista y el Keynes de las barras de bar. Es el economista del milagro: pretende levantar la patria mientras sus admirados referentes se pasaron ochenta años con el brazo en alto, gritando «¡Arriba!» a una España que ellos mismos mantenían de rodillas.

Y cuando el personal se cansa del circo romano, nos mandan el relevo gallego. El amigo Feijóo, que llegó con paso de baile regional, como si A Muiñeira fuera la solución a una gangrena que ya huele desde los Pirineos hasta Algeciras. Pero la realidad es que, de gestor, le queda el envoltorio; se ha pasado a la literatura de ficción, dedicándole su primera obra a «Su Sanchidad».

El título no podía ser más honesto: Putero y yo. Un tratado de sociología moderna sobre cómo fundirse el dinero del contribuyente entre sábanas de seda y polvos de dudosa procedencia.

Pero no nos engañemos, que aquí la autoría está muy repartida. Ese libro es una antología colectiva. El PSOE pone el prólogo en los burdeles de Sevilla, el PP escribe los capítulos sobre mordidas en Madrid, Vox pone la música de banda militar de fondo y los restos de Ciudadanos sirven para limpiar las letrinas.

La España institucional se ha convertido en un pesebre de lujo donde los burros ya no son de algodón, sino de ralea empudrecida. El Estado no se gestiona, se reparte como un botín de guerra entre golfos y mediocres que solo saben conjugar el verbo «trincar».

Manda «chover na Habana» que el futuro de un país dependa de quién tiene el libro de visitas del prostíbulo más actualizado. Platero ha muerto, y en su lugar nos han dejado una piara de cerdos disfrazados con trajes de Armani, que siguen rebuznando mientras la patria se hunde en el fango de su propia desvergüenza.

Feliz 2026

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