El Deportivo vive atrapado en un relato que no gana partidos. Un relato que se repite cada semana desde el banquillo y que empieza a cansar a todo el mundo. Antonio Hidalgo está nervioso, y ese nerviosismo se nota tanto en el césped como delante de los micrófonos.
Un punto de los últimos doce posibles no es una mala racha puntual, es una tendencia. Y el problema no está solo en los resultados, sino en la incapacidad para cerrar partidos y gestionar los minutos finales. El equipo se diluye cuando debería controlar, duda cuando debería mandar y acaba pagando esa falta de colmillo con puntos que se escapan una y otra vez.
Pero lo más preocupante no está en el juego, sino en el discurso. Hidalgo se ha instalado en una idea fija: el Deportivo genera más que nadie, pero no finaliza; crea mucho, pero no convierte. Ese argumento, repetido jornada tras jornada, se ha convertido en un escudo perfecto para no mirar más allá. Porque generar sin peligro real no es dominar. Y acumular llegadas sin ocasiones claras no es merecer ganar.
Ese relato se desmonta con un solo ejemplo: el partido contra la Cultural Leonesa. El Deportivo ganó, pero la Cultural tuvo muchas más oportunidades claras. Sin embargo, ahí no hubo análisis sobre merecimientos ni discursos sobre justicia futbolística. Nadie reconoció que el rival había llegado más y mejor. El relato cambió. Porque el relato solo se utiliza cuando conviene.
Ese es el verdadero problema: la manipulación del discurso para sostener una idea que no siempre se corresponde con la realidad del campo.
A ese nerviosismo verbal se le suma una gestión del vestuario cada vez más cuestionable. El caso de la portería es el más evidente. Germán venía sosteniendo al equipo, sumando puntos y ofreciendo un rendimiento sólido. Y de repente, con la llegada de un portero en el mercado de invierno, desaparece del once inicial sin transición ni explicación convincente.
Eso no es competencia. Eso es injusticia. Y la injusticia, en un vestuario profesional, se paga.
Los jugadores entienden perfectamente el mensaje: aquí no siempre juega el que mejor está. Y cuando esa sensación se instala, la meritocracia se resquebraja y el compromiso se resiente. Se juega menos por rendimiento y más por jerarquías mal explicadas. El equipo lo nota. La grada también.
El nerviosismo de Antonio Hidalgo ya no es solo suyo. Se ha trasladado al entorno, a Riazor y a un Deportivo que ha perdido la calma. Las ruedas de prensa se llenan de frases hechas, de excusas recicladas y de un tono defensivo impropio de quien quiere liderar un proyecto sólido.
Hidalgo empezó bien. Pero hoy parece atrapado por su propio discurso. Y cuando un entrenador se esconde detrás del relato, suele ser porque ha empezado a perder el control de lo que pasa fuera de él.
Si no corrige el rumbo pronto, no será el calendario ni los rivales quienes pongan en cuestión su futuro.
Será su incapacidad para aceptar la realidad
Cuando tu director deportivo manifiesta -entre sus allegados de confianza- dudas acerca de la idoneidad del técnico para el objetivo de ascenso directo, es lógico que entre el nerviosismo. Cuando -además- tienes conflictos con algunos de tus jugadores por señalamientos expresos de los fallos cometidos, se amplía el nerviosismo. Cuando -por si fuera poco lo anterior- tus miembros del cuerpo técnico, van a tarjeta (o expulsión) por partido, llega el culmen del nerviosismo. Pero claro, si todo esto pasa entre las cuatro paredes gigantes con anuncios de la propiedad que rodean los campos de entrenamiento y nadie se entera (o no se quiere enterar), pues se mira a otro lado, y que suene la música celestial, para que el jefe no se disguste…