Ecce Corpus: la revelación de un Cristo en espera de nuestro abrazo. Por Miguel Abreu

Hay imágenes que tenemos dificultad en contemplar, porque nos hieren. Esta es una de ellas. Un Cristo crucificado sin brazos, contrario al relato bíblico que afirma que ninguno de sus huesos sería quebrado (Juan 19, 36). Aquí, se quebraron. O cayeron. O fueron arrancados por el tiempo. Pero eso, ahora, poco importa. Este Cristo desfigurado parece más verdadero que muchos crucifijos perfectos que habitan nuestras iglesias, porque expone, sin maquillaje, la condición real de la Iglesia hoy: un cuerpo vivo, pero herido; presente, pero incompleto; sagrado, pero profundamente humano. Vivimos en un tiempo en el que la Iglesia, como el mundo, exige respuestas rápidas, decisiones inmediatas, soluciones instantáneas. Y, al mismo tiempo, dentro de ella, diferentes sensibilidades no parecen desear verdaderamente la comunión. Se confunde comunión con unanimidad, diversidad con amenaza, participación con protagonismo. Algunos creen que lo esencial sucede únicamente en el altar o en el micrófono, olvidando que la Iglesia no es escenario, es Cuerpo. No es propiedad de algunos, sino casa de todos los bautizados, incluidos aquellos que casi nunca entran en ella, pero que, por su distancia, denuncian nuestra escasa capacidad de acoger. A veces, solo falta parar, guardar silencio y preguntar: ¿por qué estoy en la Iglesia?

El Cristo sin brazos dice también otra cosa: cuando nos atacamos unos a otros dentro de la Iglesia, no es solo la comunión la que queda herida, es el propio Cristo quien queda amputado. Cada crítica ácida, cada envidia disfrazada de celo, cada disputa de poder, cada vanidad, cada miedo a perder el “lugar”, cada facilismo que rechaza la exigencia del Evangelio, todo eso va arrancando, poco a poco, los brazos que Él extendió para acoger a todos y a cada uno. Y, sin embargo, seguimos convencidos de que siempre es el otro quien complica, quien debería cambiar, quien se aleja de la verdad. Es necesario rezar para que nuestro corazón sea transformado – esa es la primera conversión. La pregunta que no queremos escuchar es: si hoy Cristo aparece sin brazos, ¿de cuántos pedazos amputados soy yo responsable? La fe, expresión invisible pero real de la persona humana, no es un reflejo automático ni una tradición sociológica. Necesita ser pensada, alimentada, estudiada, discernida, saboreada y, sobre todo, rezada. Necesita tiempo entregado a Dios. Y, incluso dentro de la Iglesia, no siempre hay disponibilidad para ese tiempo. Se instala un laxismo interno, un “dejar andar”, un aplazar lo que incomoda, como si la misión fuera de otros y no de cada bautizado.

Sería, sin embargo, injusto, y falso, reducir la Iglesia a sus heridas. Porque hay otra Iglesia, casi siempre invisible, que no aparece en los informativos porque no son escándalos, pero que son los verdaderos brazos de Cristo. Mujeres y hombres que, teniendo clara la Persona a quien toman como modelo, entregan diariamente sus vidas sin esperar nada a cambio. Santos de hoy, de todos los nombres y lugares del mundo, cuyos rostros no conocemos. Son las manos que limpian heridas, que preparan comidas en cocinas comunitarias, que acompañan ancianos olvidados, que acogen huérfanos, que escuchan la desesperación de muchas noches sin fin. No es marketing, es Evangelio puro. En ellos, la Iglesia vive y es vivificante, incluso cuando es criticada, por creyentes y no creyentes. Esta Iglesia imperfecta, pero viva, (re)escribe el Evangelio con la vida. Es Palabra en acto, discreta y tozudamente fecunda. Tal vez el Cristo sin brazos sea, al fin y al cabo, una llamada directa, para que dejen de admirar a distancia y reconstruyan con sus propias manos aquello que falta. Un día, una mujer o un hombre comprenderá que está siendo llamado no solo a “admirar”, sino a ser, él mismo, los brazos que, en nuestro tiempo, dejamos caer. Cristo no está incompleto porque sea débil. Está incompleto porque espera nuestra libertad.

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