Óscar Souto
En algún momento de nuestras vidas hemos presenciado ilegalidades que nos han indignado. Algunos llegaron a quejarse en voz alta sin obtener resultados positivos, a pesar de la veracidad de sus razonamientos. Otros, con más valentía, nos hemos enfrentado al poder establecido —ya sea a pequeña o gran escala— y, al ser una minoría simple compuesta por un solo individuo, les resultó sencillo tacharnos de locos o despreciar nuestros argumentos mediante el engaño y la calumnia; todo bajo ese arte de «guerra fría» que se cocina en los camerinos secretos de este gran teatro llamado “corrupción normalizada”.
A esos líderes naturales que surgen en cualquier rincón del planeta, sea una gran metrópolis o una pequeña aldea, los poderosos han sabido cómo neutralizarlos. Siempre que un «verso libre» les ha molestado con una verdad incómoda, lo han comprado barato, lo han silenciado con argucias o han usado su efectiva «arma de fango» para invalidar su mensaje, tildándolo de idiota, loco, mentiroso o rebelde sin causa. Para ello cuentan con un ejército de seguidores y aduladores que, de forma gratuita, difunden cualquier calumnia, orgullosos de su papel de bufones de la corte.
Antes de la existencia de internet, cuando todo se gestionaba con el “corre, ve y dile”, algunas tragedias vecinales generaban un descontento tan amplio que las razones de unos pocos lograban germinar. Fuimos testigos, e incluso partícipes, de triunfos del pueblo sobre la opresión. Lamentablemente, esos triunfos pírricos, hoy olvidados, son agua pasada; las nuevas herramientas de difusión de mentiras, disfrazadas de verdades, han convencido a las mayorías hasta el punto de que la opinión de quienes siempre cuestionan el sistema ya no importa.
La corrupción y la ilegalidad, consentidas por la masa, han triunfado a pesar de la desilusión de unos pocos: los que aún conservamos la capacidad de indignarnos y de tener un criterio propio frente a lo que intentan imponernos. A pesar de estos «actores secundarios» —una minoría con valores—, hemos alcanzado un nivel de corrupción institucionalizada en una sociedad dividida y crédula. Resulta paradójico que, a pesar de tener un acceso ilimitado a la información como nunca antes en la historia, muchos ya no deseen conocer la verdad. En ocasiones, aunque se la cuentes y los convenzas, ya no se atreven a defender en voz alta nada que contradiga la mentira de moda.
Como bien afirmó la escritora Ayn Rand, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que nuestra sociedad está condenada al fracaso.