Lo que debió ser una jornada de máxima cohesión y orgullo entre las Fuerzas Armadas y la sociedad civil se transformó el pasado 24 de enero en un escenario de desolación y falta de sensibilidad. Durante la reciente Jura de Bandera celebrada en el Centro de Formación de Tropa número uno de Cáceres, una decisión arbitraria y desproporcionada a juicio de la Asociación ATME, por parte de los jefes de la 3ª y 4ª compañías, impidió a los nuevos soldados compartir con sus familias los momentos posteriores al acto oficial. Esta medida no solo contradice el discurso de cercanía del Ministerio de Defensa, sino que abre una brecha injustificable en el trato que recibe la escala de tropa frente a otras escalas del Ejército cuando realizan el mismo acto.
La problemática central reside en el trato dispensado a cientos de familias que realizaron esfuerzos titánicos para asistir a este hito vital en la carrera militar de sus hijos. Mientras se había asegurado previamente que los soldados podrían fotografiarse de uniforme con sus seres queridos después del acto, la realidad para los soldados de la 3ª y 4ª compañías fue una orden de personarse en las compañías para realizar tareas de limpieza y cambiarse de paisano de forma inmediata. Al mismo tiempo, se conminó a los familiares a abandonar el acuartelamiento con premura, dejando situaciones desoladoras como la de abuelos con movilidad reducida desplazados desde Canarias o Melilla que no pudieron cumplir el deseo de ver a sus nietos de uniforme tras el juramento.
Esta frialdad en el trato resulta especialmente hiriente cuando se compara con el protocolo que rige en las Academias de Oficiales y Suboficiales. Es difícil imaginar que un desplante de esta magnitud se produzca en la Academia General Militar, donde la presencia habitual de las más altas autoridades del Estado y de las Fuerzas Armadas garantiza un cuidado exquisito de las formas y del respeto a los invitados. La Asociación de Tropa y Marinería Española considera que la dignidad de la jura de un soldado es idéntica a la del cadete más aventajado, y que privar a los familiares de ese momento de hermandad es una mancha innecesaria en la imagen de una institución que se pretende moderna y cercana.
Ante estos hechos, se ha solicitado al Ministerio de Defensa que explique los motivos que justificaron esta ruptura del compromiso con las familias y que aclare si el mando era consciente del sacrificio económico y personal de quienes viajaron desde puntos tan distantes del territorio nacional. Resulta imperativo que se trasladen directrices claras a todos los Ejércitos para que este tipo de sucesos, que empañan un evento histórico tras décadas sin presencia monárquica en juras de tropa, no vuelvan a repetirse. El respeto a la familia militar no debe ser un privilegio de rango, sino una norma de conducta ineludible en todas las escalas de nuestras Fuerzas Armadas.