Invierno demográfico: Europa envejece, Galicia se vacía

Coordinador UCIN Galicia

Europa envejece. No es una percepción, es un dato. Cada año nacen menos niños, cada vez hay más mayores y, mientras tanto, la política parece mirar hacia otro lado. El llamado “invierno demográfico” ya no es un concepto académico: es una realidad que se siente en los pueblos vacíos, en las escuelas que cierran aulas y en los barrios donde cada vez hay más bastones y menos carritos de bebé.

En Galicia lo sabemos bien. Basta con recorrer el interior de la provincia de Lugo, Ourense o de A Coruña para ver aldeas donde ya no suenan voces de niños y donde las casas están cerradas. No hablamos de estadísticas frías: hablamos de vecinos, de familias, de parroquias que se apagan lentamente.

La comparación con el Imperio Romano puede parecer exagerada, pero no es descabellada. Roma no cayó de un día para otro. Se debilitó por dentro: menos nacimientos, más dependencia de fuerzas externas y una clase dirigente que no supo —o no quiso— reaccionar a tiempo. Hoy Europa vive algo parecido: una implosión demográfica silenciosa, acompañada de una migración desordenada que no soluciona el problema de fondo si no va acompañada de integración real y políticas serias de futuro.

No se trata de señalar a nadie que venga de fuera. Galicia siempre fue tierra de emigrantes y ahora también de acogida. Pero no podemos esconder que un país que no tiene hijos está renunciando, en la práctica, a su propio mañana. Y eso no lo arregla ningún parche.

Las familias jóvenes no tienen hijos no porque no quieran, sino porque no pueden. Vivienda inaccesible, trabajos precarios, horarios imposibles, falta de ayudas reales y estables. Mientras tanto, los discursos políticos se llenan de eslóganes, pero vacíos de soluciones estructurales. Como diría cualquier paisano en una taberna de aldea: “Moita palabra, pero pouco pan.”

Europa —y España, y Galicia— necesita una política de natalidad valiente y realista. No basta con campañas publicitarias ni con ayudas puntuales. Hace falta un cambio de modelo que ponga a la familia, al trabajo digno y a la vida en los pueblos en el centro de la agenda pública. Porque sin gente no hay economía, sin economía no hay servicios, y sin servicios no hay vida.

El invierno demográfico es una consecuencia de decisiones —o de la falta de ellas—. Aún estamos a tiempo de reaccionar, pero el reloj no se detiene. Cada año que pasa sin actuar es una escuela menos abierta y una aldea más vacía.Y en Galicia lo sabemos mejor que nadie: cuando se apaga una casa, se pierde una familia, un futuro.

Europa no necesita más discursos grandilocuentes. Necesita valentía política y compromiso social.

“Una sociedad se vuelve verdaderamente vieja cuando ya no cree en su propio futuro». Friedrich Nietzsche

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