En el rural gallego, el tiempo es vida

En el rural gallego, ante cualquier incendio, accidente o suceso grave, el problema es siempre el mismo: la necesidad imperiosa de contar con efectivos de guardia próximos para que los tiempos de reacción sean mínimos. Cuando estalla una emergencia, como el incendio de esta vivienda habitada en Buño, se pone en marcha un protocolo que a veces llega tarde. Mientras los bomberos son alertados y se desplazan desde los parques comarcales —en este caso desde Carballo—, los minutos valen oro.

Si hay suerte y existen efectivos suficientes de guardia, el camión llega, pero para entonces el fuego ya ha dictado sentencia. Por eso, los primeros en alcanzar el lugar del suceso, miembros de la Benemérita, algún voluntario o los propios vecinos, se ven obligados a actuar como «superman», pero sin capa ignífuga. Es una cuestión de vida o muerte. Para entrar en una casa en llamas no basta con ser bombero de profesión; lo que resulta indispensable en ese instante es un valor incalculable, la certeza de que hay vidas en peligro y la determinación de darlo todo para salvarlas.

Esta situación nos evoca otras tragedias recientes en Galicia, como el incendio en el barrio de Recimil, en Ferrol. Allí, un joven perdió la vida y un bombero sufrió la amputación de una pierna mientras intentaba lo imposible desde la cesta de una grúa. Son recordatorios dolorosos de que, en la lucha contra el fuego, el heroísmo individual no debería tener que suplir la falta de medios técnicos y humanos.

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