8M: El tributo anual a la hipocresía política

Hoy se celebra con alhacas el 8 de marzo y, con él, el desfile de la desvergüenza. Se abren las compuertas de la retórica institucional y una marea de lazos morados inunda los atriles. A la clase política se le llena la boca con proclamas de cartón piedra: dicen estar en guerra contra la violencia de género, aseguran que la igualdad laboral es una meta a la vuelta de la esquina y claman justicia contra los acosadores. Pero, cuando se apagan los focos de las manifestaciones, sus políticas revelan la verdad: el machismo más rancio y la desigualdad laboral sigue instalado en las moquetas del poder.

Nos venden una igualdad de oportunidades que los datos escupen a la cara. Mientras los «cibermachistas» y ciertos sectores reaccionarios orquestan campañas para negar la brecha salarial, la realidad en lugares como Galicia es un 17% de diferencia que castiga el bolsillo de las mujeres.

Presumen de haber roto los techos de cristal, pero la foto fija es desoladora, menos del 18% de los CEO en España son mujeres. Los consejos de administración siguen siendo clubes privados de caballeros donde la mujer es, en el mejor de los casos, una cuota estética. ¿Dónde están las políticas reales de conciliación? ¿Dónde está el impulso valiente para que el talento no tenga género? No están. Solo hay promesas que caducan el 9 de marzo.

La seguridad es un eslogan, el miedo es una realidad

Es indignante escuchar a líderes políticos condenar la violencia sexual mientras las estadísticas nos dicen que el 14,5% de las mujeres residentes en España han sufrido este horror. Los políticos se envuelven en la bandera de la protección, pero más del 83% de las mujeres admite seguir sintiendo miedo al volver a casa solas por la noche.

Si la política fuera eficaz, el miedo no sería la norma. Pero es más fácil hacerse una foto tras una pancarta que dotar de recursos reales a los juzgados, que proteger eficazmente a las víctimas o que combatir los bulos que criminalizan al sistema. Dicen combatir el machismo, pero permiten que el 0,02% de denuncias falsas se convierta en el centro de un debate tramposo para erosionar los derechos ganados a pulso.

Machismo de despacho

La mayor hipocresía reside en las propias estructuras de los partidos. Condenan el acoso laboral y sexual en comunicados de prensa, pero miran hacia otro lado cuando ocurre en sus filas o en sus instituciones. Sus políticas son machistas porque son reactivas, no preventivas. Solo actúan cuando el escándalo es inevitable.

En política, el concepto de «presunción de inocencia» suele chocar frontalmente con la «ejemplaridad pública». Muchos se preguntan: ¿debe un cargo público seguir representando a los ciudadanos mientras se enfrenta a una denuncia por acoso sexual respaldada por la Fiscalía? Es una situación que pone a prueba la ética de los políticos, como sucede en Lugo con el expresidente de la Diputacion y Alcalde de Monforte de Lemos, donde el «no perder la silla» (PSOE/BNG), pesa más que los principios que se predican en los mítines.

Para estos líderes, la sororidad y la lucha contra la violencia de género y la brecha salarial son herramientas de marketing para el mitin, pero obstáculos molestos cuando se trata de limpiar su propia casa. Se amarran al sillón con una fuerza que ya quisieran aplicar para erradicar la brecha salarial o la inseguridad en las calles. Al final, para la clase política que nos gobierna, el feminismo es la bandera que ondean para ganar votos, pero el poder es la única realidad que defienden. El resto es, como bien dicen los que sufren sus políticas, pura viruta.

Este 8M no necesitamos sus manifiestos leídos con voz impostada. No queremos ver a hombres y mujeres de partido dándose codazos por estar en la cabecera de la manifestación, para salir en la foto. Lo que hace falta es que dejen de usar el feminismo como un arma arrojadiza o una herramienta de marketing electoral.

Si de verdad creen en la igualdad, dejen de predicar y empiecen a ejecutar. Porque mientras que políticas y políticos se felicitan por el «progreso», hay una mujer con discapacidad en riesgo de pobreza, una catedrática que nunca llegará a serlo y una joven que aprieta las llaves en su mano mientras camina por una calle oscura. A ellas, sus discursos no las salvan.

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