Cuando la mentira mata en nombre de la paz. Por Miguel Abreu

Vivimos un tiempo en el que la mentira ya no necesita esconderse. Surge a la vista de todos, se repite con solemnidad, se reviste de razón de Estado y se presenta como defensa de la paz, de la libertad y de la seguridad. Donald Trump encarna hoy, de forma particularmente cruda, esa perversión del lenguaje político. Exige ser galardonado con un Nobel de la Paz mientras alimenta la lógica de la confrontación. Invoca la libertad mientras legitima la imposición por la fuerza. Sugiere urgencias existenciales cuando las propias evaluaciones conocidas de los servicios de información y de expertos no confirmaban que Irán estuviera a punto de disponer de una bomba nuclear operativa. La formulación importa, porque la verdad importa. Una cosa es capacidad técnica, enriquecimiento y potencial nuclear. Otra, muy distinta, es la existencia de un programa activo de armamento nuclear dispuesto a materializar la amenaza presentada al mundo como inminente. Y cuando la política amplifica un riesgo real, pero no inminente, hasta transformarlo en certeza absoluta para justificar bombardeos, lo que está en juego ya no es prudencia estratégica. Es la instrumentalización del miedo. Así fue en Irak, cuando se invocaron armas de destrucción masiva que no sostuvieron la narrativa que arrastró a toda una región a la devastación. Y es esa memoria la que hoy regresa como acusación moral contra todos los que insisten en tratar la guerra como un argumento aceptable de gobierno. La tragedia es que hay multitudes dispuestas a creer, o a fingir que creen, porque la mentira del poder ofrece siempre una apariencia de orden a quien teme la complejidad del mundo. Pero el orden fundado sobre la falsedad no es más que barbarie bien empaquetada.

Detrás de esta retórica guerrera hay también un engranaje económico y geopolítico que no puede ser ignorado. Estados Unidos no está “en quiebra” en sentido formal, pero su trayectoria fiscal es gravísima y está ampliamente descrita por entidades públicas como insostenible. Una deuda federal cercana a los 39 billones de dólares, déficits persistentes y un peso creciente de los intereses sobre el propio presupuesto. En estas circunstancias, cada conflicto internacional que desorganiza los mercados, hace subir el precio del petróleo y refuerza la centralidad estratégica de Washington crea oportunidades políticas y financieras demasiado tentadoras para ser ignoradas por quien ve el mundo como un tablero y a los pueblos como piezas. La reciente escalada militar entre Israel e Irán lo mostró con brutal nitidez, al disparar los precios del crudo. Al mismo tiempo, la economía de guerra norteamericana sigue moviendo valores colosales en el comercio exterior de armamento, mientras la subida del petróleo alivia también, por efecto indirecto, la presión sobre los ingresos rusos. Nada de esto autoriza simplificaciones groseras, pero todo ello permite extraer una conclusión seria. Cuando la guerra pasa a producir dividendos energéticos, industriales y estratégicos para los mismos actores que la presentan como necesidad moral, el discurso oficial deja de sonar a defensa de la civilización y empieza a sonar a administración calculada del caos. Trump lo sabe. Putin lo sabe. Netanyahu lo sabe. Cada uno a su manera, todos han aprendido que el miedo moviliza, el conflicto rinde y la verdad puede moldearse hasta encajar en la conveniencia del momento. El problema es que, cuando los líderes se acostumbran a recoger beneficios del estremecimiento del mundo, dejan de buscar la paz como horizonte y pasan a gestionar la inestabilidad como un activo.

Pero la verdad última de una guerra nunca está en los informes, en las cumbres, en los mapas o en las cotizaciones del Brent. Está en el rostro de un niño que deja de reconocer el sonido de una puerta al abrirse sin confundirlo con el inicio de un ataque. Está en la madre que sigue en pie sin saber por qué, después de haberlo perdido todo. Está en los desplazados que cargan la casa en sacos improvisados, en los huérfanos que aprendieron demasiado pronto que el mundo puede derrumbarse sin aviso, en los miembros amputados, en las ciudades convertidas en escombros, en los campos contaminados, en las rutas de huida cercadas por la muerte y en los traumas que seguirán atravesando generaciones mucho después de que los señores de la guerra cambien de discurso y de fotografía. En Gaza, organizaciones internacionales siguen relatando decenas de miles de niños muertos o heridos, pérdidas familiares masivas y daños psicológicos profundos entre los supervivientes. Y cada nuevo foco de guerra hace olvidar la repercusión mediática del anterior, amplía la pedagogía de la brutalización, enseñando al mundo que la fuerza basta, que la mentira compensa y que el sufrimiento de los inocentes puede reducirse a la categoría obscena de “daño colateral”. No, no puede. Nunca puede. Lo más terrible no es solo que haya hombres capaces de incendiar el mundo para mantener poder, influencia o lucro. Lo más terrible es que haya legiones de cómplices, aduladores y profesionales de la obediencia dispuestos a transformar la conciencia en silencio y el silencio en colaboración. También ellos serán juzgados por la historia. Porque la falsa promesa de libertad que estos líderes venden se asienta precisamente en manipular la verdad, anestesiar la compasión y convencer a pueblos enteros de que la crueldad es madurez política. No lo es. Es decadencia moral. Y una civilización que se acostumbra a llamar paz a la imposición, seguridad al terror y libertad a la dominación ya ha empezado, por dentro, a perderse a sí misma.

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