Hay fotos que valen más que mil palabras, y luego hay fotos que valen una legislatura entera de despropósitos. La última imagen del equipo de gobierno de Miguel Fernández circulando por los WhatsApps de todo Lugo, no es solo un documento gráfico, es el certificado oficial de defunción de un proyecto político que ya ni siquiera disimula su propio naufragio.
Ver a los responsables de gestionar nuestro dinero para mejorar a la ciudadanía, ataviados con camisetas que parecen compradas en un mercadillo de despedidas de soltero, y que básicamente vienen a decir que el barco se hunde, es el esperpento definitivo. No es autocrítica, es cachondeo. Es como si el capitán del Titanic, en lugar de intentar salvar los botes, se pusiera a repartir pegatinas de «Yo sobreviví al iceberg (y tú no)».
La ciudad de Lugo se ha convertido en el escenario de una comedia de enredo donde los protagonistas ya no se saben el guion. El equipo de gobierno ha pasado de la gestión a la «gesticulación». Ya no gobiernan: posan para el desastre.
Mientras ellos se ríen de sus propios memes, la realidad de Lugo es menos graciosa:
- La sensación de descomposición es tan palpable que ya ni las fotos oficiales intentan transmitir seriedad.
- Los ciudadanos asisten atónitos a un espectáculo donde la máxima prioridad parece ser elegir el mensaje de la próxima camiseta antes que tapar el próximo bache o aprobar el próximo presupuesto.
- No es solo que no haya nadie al volante; es que los que deberían estar conduciendo están en el asiento de atrás haciéndose selfies mientras el coche se despeña por la Muralla.
Esta imagen es la metáfora perfecta de un Gobierno Local que ha tirado la toalla. Es la estética de la rendición con filtro de Instagram. Miguel Fernández y su equipo han decidido que, ya que la ciudad se les va de las manos, al menos que les pille con el «outfit» adecuado para la caída.
Es una pena, sí. Pero sobre todo, es una falta de respeto a una ciudad que merece algo más que un equipo de gobierno que se toma su propia incompetencia a broma. Lugo no es un chiste, aunque sus gobernantes se empeñen en contar el peor de la década.