El Galiza Celta Fest consolida en Delémont un puente cultural gallego que emociona a 400 asistentes

Se celebró con gran éxito la segunda edición del Galiza Celta Fest en la ciudad suiza de Delémont, reuniendo a cerca de 400 personas. El evento destacó por su ambiente festivo y la riqueza de la cultura gallega. Esta nueva edición consolida el festival como una cita cultural importante en la región. 

En el corazón de Delémont, lejos del Atlántico bravo y de los acantilados infinitos de A Costa da Morte, volvió a latir Galicia pero no de forma simbólica ni nostálgica. Latió con fuerza real, con sonido, con piel, con memoria viva. La segunda edición del Galiza Celta Fest fue una experiencia que atravesó generaciones, geografías y emociones. Lo que ocurrió en la sala de espectáculos de Courtételle no puede entenderse como un festival más dentro del calendario suizo. Fue un fenómeno. Un punto de encuentro donde la identidad gallega no solo se recordó, sino que se reafirmó con una intensidad que sorprendió incluso a quienes ya conocían la magnitud de esta cita.

Detrás de este despliegue está una comunidad que transforma la nostalgia en cultura viva: la asociación Galiza Celta Delémont, una entidad que lleva once años haciendo algo extraordinario, convertir la emigración en un motor cultural. La mayoría de sus integrantes proceden de A Costa da Morte, una tierra donde la tradición no es decorado, sino forma de vida. Y eso se nota. Lo que podría haber sido una simple asociación de encuentro se ha consolidado como una pieza clave del tejido cultural de la Suiza francófona. No solo preservan sus raíces, las proyectan, las comparten y las elevan hasta formar parte del calendario cultural regional.

Desde el primer acorde, el ambiente cambió. Las cerca de 400 personas que acudieron a este rincón de Suiza no eran un público observando; era un público participando, reconectando, emocionándose. La música no sonaba: atravesaba. Porque cuando la música no se escucha… se siente.

Sobre el escenario, agrupaciones con una trayectoria sólida y comprometida con la difusión de la cultura gallega en Suiza ofrecieron actuaciones cargadas de autenticidad: A Irmandade Galega na Suiza de Ginebra, que desde 1973 realiza una labor incansable en la preservación y difusión de la cultura gallega; A Roda de la región de Lausanne, que está a punto de cumplir 35 años de trayectoria; A Semente de Basilea, que recientemente celebró sus 45 años de historia; y CRC Ourense de Basilea, que desde 1984 lleva promocionando la provincia de Ourense en tierras suizas a través de sus actividades.

Las cuatro entidades llenaron la sala de sentimiento y fue precisamente en la unión de estas agrupaciones donde se vivió uno de los momentos más mágicos del festival: cuando fusionaron su talento, su ilusión y su identidad en una actuación conjunta que culminó con la interpretación del himno gallego, generando una emoción colectiva difícil de describir. Cuando la Galicia del exterior se une, suceden cosas extraordinarias.

Tradición y modernidad: un equilibrio electrizante

El festival no se quedó en la tradición. Supo evolucionar, abrirse, dialogar con el presente. Y ahí fue clave el papel del reconocido retanqueiro Antonio Barros y de DJ Sonic, quienes amenizaron el resto de la velada con una propuesta vibrante que combinó lo mejor del repertorio musical gallego y de verbena con los sonidos más emblemáticos de la cultura discotequera. Una mezcla que no solo hizo bailar, sino que conectó generaciones y sensibilidades distintas bajo un mismo ritmo.

La presencia de DJ Sonic aportó una dimensión contemporánea que dialogó con las raíces, demostrando que la cultura gallega no es estática, sino dinámica, adaptable y profundamente viva.

Y entonces llegó uno de los momentos más intensos de la noche: la conexión emocional que lograron Ialma y Antonio Barros. No fue solo música; fue identidad compartida. Fue ese instante en el que un público entero se reconoce en una canción.

La experiencia no fue solo musical. La gastronomía del evento ofreció un suculento churrasco acompañado de flan casero, dos clásicos imprescindibles en las celebraciones gallegas. Detrás de todo ello hubo, sin duda, mucho trabajo, pero también una gran coordinación que permitió que cada detalle fluyera con naturalidad, reforzando esa sensación de comunidad unida.

El Galiza Celta Fest se ha consolidado como algo mucho más profundo que una cita cultural. Es un puente entre Galicia y Suiza, entre pasado y presente, entre quienes se fueron y quienes mantienen viva la esencia. En una ciudad donde reside una importante comunidad gallega, este festival se convierte en un acto de resistencia cultural, pero también en una celebración abierta, inclusiva y vibrante.

Lo que viene… ya se siente

Si esta segunda edición ha sido capaz de emocionar hasta este punto, lo que se avecina no es una simple continuidad. Es una evolución inevitable.

Porque cuando hay alma, esfuerzo y una pasión auténtica, cada edición no repite: crece.

Y en Delémont ya no se espera el próximo Galiza Celta Fest.

Se anticipa. Se necesita. Se siente venir.

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