Lugo: La puñalada del beso de Judas

A veces la política apesta. Huele a cloaca, a pescado podrido y a sábana sudada en un hotel de mala muerte. Y luego está Lugo, donde el hedor ha alcanzado un nivel que ni las murallas romanas pueden contener.

No nos engañemos. Lo que pasó este jueves no es política. Es un cuchicheo en un burdel de provincias. El PP, con su flamante nueva alcaldesa Elena Candia, vestida de azul y blanco como si fuera la virgen de la bandera gallega, ha asestado el golpe. ¿El arma? Una moción de censura. ¿La bala? Una concejala no adscrita llamada María Reigosa, que llegó al Concello en las listas del PSdeG y acabó convertida en el salvavidas del PP. Una “tránsfuga”, en el argot de los que aún creen en los cuentos de hadas.

Para entender la bazofia, hay que leer entre líneas de las redes sociales. En X (ese basurero digital donde la verdad se tuesta a fuego lento), los lucenses escupían fuego ayer. Mientras el pleno se celebraba, fuera, cientos de personas coreaban consignas. Dentro, la bilis. Un usuario escribió: “La política de sillón vuelve a ganar. Les importa una mierda la ciudad, solo quieren la foto”. Otro, más escueto: “Traidora”. Y uno, con la lucidez del que ha visto demasiado: “27 años de izquierdas se van al carajo por una concejala que cambia de chaqueta. Bienvenidos al trueque político”.

Porque de eso va todo esto: de trueques. De cromos. El alcalde saliente, el socialista Miguel Fernández, soltó una perla que debería grabarse en la piedra: acusó a los conspiradores de usar “la ausencia y el dolor” como herramienta de cálculo político. ¿Y qué dolor es ese? El de la muerte. El de varios miembros del PSOE fallecidos en los últimos meses, ausencias que acabaron alterando el equilibrio del Concello y abriendo la puerta a que Reigosa ocupase un acta para, tiempo después, apuñalar políticamente a quienes la llevaron hasta allí. Eso no es política. Esa es la crónica de una puñalada anunciada, en redes sociales, donde días antes ya se olía la sangre.

“Lugo no olvida”, dijo el nacionalista Rubén Arroxo. Que se lo digan a esa concejala que hoy duerme con la conciencia de saberse la apestada del pueblo. En los foros, la queman viva. La llaman tránsfuga, vendida, símbolo perfecto de esta política de mercadillo donde las siglas duran menos que las promesas electorales. Porque España es un burdel autonómico donde la lealtad vale menos que un pincho de tortilla con cebolla.

El PP celebra. Candia jura el cargo, con el salón vacío porque PSOE y BNG se largaron antes de la entrega de insignias. Un detalle de mal perder. O de dignidad. Es difícil saberlo en este muladar. Lo crudo, lo auténticamente vomitivo, es la naturalidad con la que se viste la traición de “herramienta legal”. Sí, es legal. También es legal mear en un ascensor, pero no deja de ser asqueroso.

Las redes hierven: “El PP gobierna gracias a la basura moral ajena”, publica un activista. Y tiene razón. La derecha no ganó las elecciones. Ganó a costa de una muerta (metafóricamente hablando) y de la ambición de una exsocialista que prefirió el beso de Judas a la dignidad de no venderse.

Lugo ha cambiado de color. Pero no se equivoquen: el color de este gobierno no es el azul y blanco de la bandera gallega. Es el color indefinido del vómito después de una noche de borrachera de poder. Dentro de un año, cuando el polvo se asiente, a nadie le importará el desarrollo urbanístico o las rondas. Solo recordarán esto: el día que una concejala vendió su escaño por un plato de lentejas políticas y una alcaldesa entró en la historia por la puerta de atrás del basurero.

Bienvenidos a Lugo. Aquí el romanticismo ya no existe. Solo queda la cruda, sucia y miserable realidad de los que negocian con los muertos para sentarse en un maldito sillón.

Comparte éste artículo
No hay comentarios