Quién le iba a decir a los planificadores de la obra pública, que el mayor éxito ecológico de la comarca nacería de pura chiripa.
Lo que originalmente se proyectó como un humilde paso subterráneo bajo la carretera, pensado exclusivamente para que los vecinos de la zona pudieran salir a la vía principal sin jugarse el tipo, ha terminado mutando en la estrella imprevista de la nueva senda peatonal que conecta A Carballa (Cesullas) y Neaño. Una infraestructura que, por cierto, ya estira su paseo a lo largo de más de 20 kilómetros entre Canduas y Neaño.
Pero lo verdaderamente fascinante no es el asfalto, sino sus usuarios VIP. Ese túnel, diseñado para peatones hiperlocales, se ha convertido, sin pretenderlo ni planificarlo, en un salvavidas bidireccional. Por un lado, evita que los caminantes acaben estampados contra un parabrisas; por el otro, ofrece un salvoconducto por instinto de supervivencia a la fauna salvaje.
En una carretera como la que une Laxe y Buño, famosa por sus «puntos negros» y por esos encuentros nocturnos en la tercera fase con jabalíes, donde el volantazo brusco o el impacto aparatoso son el pan de cada día, este pasadizo es un oasis.
En resumen: un aplauso para la ingeniería civil accidental. Diseñas un paso para que cuatro coches y tres vecinos no corran peligro, y acabas firmando el manual definitivo de cómo salvar la fauna gallega por pura casualidad. Ojalá todos los imprevistos públicos salieran tan redondos.