Degradación política de Carlos Novillo (PP), al afirmar que al presidente Sánchez le espera una «soga»

La democracia, para ser tal, requiere de unos mínimos cimientos basados en el respeto institucional y el contraste de ideas. Sin embargo, en el clima político actual, parece que hemos perdido el norte. Las recientes declaraciones de Carlos Novillo, consejero del Gobierno de Isabel Díaz Ayuso, al aludir a una «soga» para el presidente del Gobierno, no son un error de cálculo ni una desafortunada elección de palabras; son un síntoma de una deriva peligrosa que ha traspasado todas las líneas rojas.

La derecha parece haber decidido que su estrategia es gobernar a cualquier precio, ya sea por lo civil o por lo penal, y en ese camino, el juego limpio ha dejado de ser una prioridad. Es cierto, y la historia reciente nos lo recuerda con frecuencia, que la corrupción ha afectado a distintas formaciones políticas a lo largo de los años; una realidad que muchos prefieren ignorar cuando la memoria es selectiva y corta. Pero que existan errores en todos los lados no justifica, bajo ningún concepto, la normalización de la violencia verbal.

Resulta irónico y profundamente decepcionante comprobar la rapidez con la que se olvida cualquier atisbo de concordia. Mientras que figuras de autoridad moral, como el Papa, apuestan por mensajes conciliadores y de unidad, el discurso político en nuestro país se empeña en ir en la dirección opuesta, alimentando un incendio donde debería haber diálogo.

Utilizar términos que evocan la violencia física contra el jefe del Ejecutivo no es «hacer oposición», es degradar la calidad democrática de toda una Nación. Cuando la política se reduce a desear el mal al adversario, quien pierde es la ciudadanía. La democracia no se sustenta con bulos, ni con amenazas, ni con «sogas» metafóricas que solo sirven para tensar un clima social ya de por sí agotado.

Es momento de exigir un retorno a la responsabilidad. Los representantes públicos deben ser los primeros en entender que las palabras tienen consecuencias y que el respeto al adversario es, en última instancia, el respeto a los ciudadanos a quienes representan.

Comparte éste artículo
No hay comentarios