¡Bienvenido verano 2026!

Cronista viajero

El sol de junio, un sol gordo, redondo y encendido como una hoguera de San Juan, rompe el cielo sobre las aguas del Mar Céltico.
Es el nuevo verano de 2026, que entra en la espina dorsal de Galicia trayendo salud a los cuerpos gastados y vida a los ojos apagados.
Las rías gallegas despiertan con un berrido de gaviota y un olor a salitre que se mete por las narices hasta el alma. Es la tierra de los viejos celtas galaicos, un rincón del mundo donde el mar no es agua, sino un animal vivo que respira bajo las quillas.
Navegamos a bordo de un barco mejillonero, un artefacto de maderas recias sazonadas por la humedad y el trabajo, con la cubierta oliendo a cocido de marisco, a cuerda húmeda y a Atlántico limpio. Sobre las tablas, la vida se celebra con una mariscada de las que hacen época, de las que exigen silencio y respeto. Los bueyes de mar, con sus patas largas y peludas, muestran sus carros llenos de un caldo denso y glorioso; huelen a roca pura y a golpe de ola; y las ostras, de caparazón pardo, guardan una carne finísima que sabe a gloria bendita.
Al lado, los mejillones de la propia batea se abren al vapor, relucientes como azabache, preñados de una carne anaranjada que resbala por la garganta dejando un rastro de mar y de abundancia. Este año los mejillones son pequeños y escasos porque llevamos una temporada de toxina que impide su comercialización.
El barco avanza pesado y seguro, surcando el agua milagrosa. Dejamos atrás el perfil aristocrático de La Toja, con su puente de arcos y sus pinos mansos que huelen a salud antigua, y nos metemos en el vientre ancho de la ría de Arosa.
Todo es luz y azul. Pasamos San Ginés, el Sanxenxo de los veraneantes que buscan el aire fino, el Chanchencho de los pijos anhelando ver al rey campechano que se muere de ganas por poder venirse a vivir aquí en el anonimato y disfrutar todo esto como este cronista que esto escribe, con sus playas limpias donde el agua muerde la arena blanca con un susurro constante.
Son bastante idiotas los políticos de esta zona tan bella que con su actitud paleta no le brindan un lugar de residencia permanente hasta que Dios quiera llevárselo…
Al frente se recorta El Grove, península de marineros de manos encallecidas y rostros esculpidos por el viento del norte.


Llegamos por fin a Pedras Negras, donde el mar se vuelve de una transparencia que asusta. El agua es aquí un cristal líquido y frío, un espejo verde botella que deja ver el fondo de arena y los bosques de algas donde juegan los sargos. Las rocas negras, gastadas y pulidas por los siglos como lomos de bueyes mitológicos, contemplan el paso de nuestro barco festivo.
Mirando este paisaje de piedra, agua y cielo, uno no puede más que quitarse el sombrero el señorito, la boina el marinero y la visera el turista alpargatero, alzar la copa de vino albariño, frío como el granizo y dorado como el trigo, y darle las gracias a la vida. Qué carajo. Qué fortuna la de estar aquí, enteros y vivos, año tras año, disfrutando de tanta calidad, de tanta sustancia y de tan buena compañía, mientras el verano de 2026 empieza a calentar los corazones.
El barco avanza a empujones por la ría de Arosa. Dejamos atrás La Toja, que vista desde el agua parece un cementerio de ricos, con sus hoteles blancos y sus pinos almidonados que huelen a jabón caro y a decadencia burguesa. Sanxenxo, Chanchencho y San Ginés se arrastran por la orilla llenos de gentes forasteras, de carnes pálidas e hinchadas por la oficina, que buscan el sol como lagartijas asustadas sobre las arenas que el mar muerde sin descanso. Frente a nosotros, El Grove se levanta con sus casas bajas y sus marineros de manos que parecen raíces de roble, hombres de piel acartonada por el viento del norte y los sabañones de los inviernos duros.
Al llegar a Pedras Negras, el agua se vuelve limpia, de una transparencia fría y cruel que deja ver el fondo con una claridad que marea. Las rocas negras, enormes y mondas como calaveras de buey, emergen del oleaje enseñando los dientes.
Son rocas negras porque están cubiertas de un hongo marino de ese mismo color. El sol saca destellos de ese espejo de agua cristalina donde flotan los restos de las cáscaras rotas y las salpicaduras de la grasa del marisco.
Uno, con la boca pastosa por la sal y el estómago lleno de esa sustancia densa y marina, mira el horizonte sin pestañear. Se limpia la grasa del bigote con el dorso de la mano, agarra el vaso de albariño —peleón, frío como un demonio y espeso como el caldo de las viñas— y da gracias a la vida por seguir entero.
¡Qué coño, un año más, la parca ha pasado de largo y nos permite tragarnos la salud a dentelladas, celebrando la calidad de estar vivos entre tanta podredumbre del mundo, mientras este verano de 2026 empieza a cocer los sesos de los hombres al sol y se ven mujeres bellas que tanto te sirven una cerveza o un helado, como te ponen la mesa y las viandas, o simplemente se contonean alegres y felices paseando la playa, o exhibiendo su desnudez en el maravilloso El Carreirón!
¡Por un verano inolvidable lleno de luz, risas y nuevos recuerdos!
Que esta temporada mágica que hoy inauguramos nos traiga la mejor de las energías. ¡Salud y a disfrutar al máximo!

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