
Hay imágenes del Evangelio que nunca dejan de interpelar a la Iglesia y al alma. Junto a la Cruz, los soldados se repartieron entre sí las vestiduras de Jesús. Pero, al llegar a la túnica inconsútil, «tejida de una sola pieza, de arriba abajo» (Jn 19, 23-24), decidieron no rasgarla. Tal vez sin saberlo, preservaron uno de los mayores símbolos de la unidad de la Iglesia. Dos mil años después, fue precisamente esa imagen la que el Papa León XIV eligió para dirigir su último y conmovedor llamamiento a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X: «Rasgar la Túnica inconsútil de Cristo es un pecado de extrema gravedad». El llamamiento no fue escuchado. Le siguieron nuevas ordenaciones episcopales sin mandato pontificio. Muchos tratarán ahora de interpretar los acontecimientos a la luz del derecho canónico, de la historia o de las diferentes sensibilidades presentes en la Iglesia. Todo ello tendrá, sin duda, su importancia. Pero hay una pregunta que no puede dejar de formularse: ¿puede la Tradición sobrevivir separada de la comunión de la Iglesia? Esta pregunta debe llevar a cada uno a mirarse a sí mismo. Porque, antes de preguntarnos quién rasgó la túnica de Cristo, es necesario preguntarnos cuántas veces también cada uno de nosotros la hiere con su orgullo, con la falta de humildad, con la incapacidad de escuchar a quien piensa de manera diferente, de perdonar o de reconocer que Dios sigue guiando a Su Iglesia. La comunión nunca empezó siendo un problema de los demás. Comienza siempre en el corazón de cada bautizado. Tal vez sea precisamente ahí donde el Señor sigue preguntando a cada uno de nosotros: «¿Y tú? ¿Qué haces por la unidad de mi Cuerpo?»
Mucho se ha hablado de la necesidad de garantizar la supervivencia de la Tradición. Pero la fe de la Iglesia siempre nos ha enseñado algo diferente. La Tradición no necesita ser salvada de la Iglesia. La Tradición vive en la Iglesia, porque fue a la Iglesia a la que Cristo confió el depósito de la fe, para que lo custodiara fielmente y lo transmitiera íntegro a todas las generaciones. Nunca fue entregada a la responsabilidad exclusiva de un grupo, de una generación, de una corriente de pensamiento o de una determinada manera de vivir la fe. Pertenece a la Iglesia entera, edificada sobre el fundamento de los Apóstoles y sostenida por el Espíritu Santo. La Tradición no es un patrimonio que un grupo custodia para la Iglesia. Es un don que Cristo confió a la Iglesia entera. Fue precisamente por eso por lo que Jesús oró al Padre: «Que todos sean uno» (Jn 17, 21). No pidió que todos fueran iguales. No pidió que todos tuvieran las mismas sensibilidades, los mismos carismas o las mismas formas de expresar su fe. Pidió únicamente que permanecieran unidos, «para que el mundo crea». La comunión nunca fue el precio de la Tradición. Fue el lugar donde la Tradición permaneció viva a lo largo de los siglos y su primer fruto. Antes de existir un Papa, un obispo, un presbítero o un diácono, existe siempre un bautizado. El Bautismo es la puerta de todos los sacramentos, el fundamento de la dignidad común de todos los fieles y la incorporación a Cristo y a Su Iglesia. Solo porque está bautizado puede un hombre ser llamado al ministerio ordenado. La ordenación no lo sitúa por encima de los demás miembros del Cuerpo. Lo configura de un modo particular con Cristo Siervo, para que dedique toda su vida al servicio de ese mismo Cuerpo. No recibe una dignidad superior, sino una responsabilidad mayor. No se le concede un privilegio, sino una misión. El primer título de honor de un ministro ordenado no es su ministerio. Es seguir siendo hijo de Dios por el Bautismo. Precisamente por eso, todo ministerio ordenado encuentra su razón de ser en la edificación de la comunión. Cuando deja de servir a la unidad del Cuerpo de Cristo, deja también de manifestar plenamente su naturaleza más profunda. El ministerio de Pedro nunca existió para proteger a un hombre. Existe para custodiar la unidad de la Iglesia, confirmando a los hermanos en la fe (Lc 22, 32). Y quien apoya conscientemente una ruptura de la comunión participa objetivamente en esa ruptura y asume la responsabilidad espiritual que de ella se deriva. Porque ninguna fidelidad a Cristo será jamás completa si deja de ser, al mismo tiempo, fidelidad a Su Cuerpo, que es la Iglesia.
Tal vez sea precisamente aquí donde comienza el verdadero discernimiento cristiano. No en preguntarse quién tiene razón, sino en dejar que Cristo tenga razón dentro de nosotros. San Pablo escribe: «Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). Mientras sea el orgullo personal el que ocupe el lugar de Cristo, siempre se encontrarán razones para justificar las divisiones. Mientras sea Cristo quien viva en cada uno, nacerá el deseo de construir puentes en lugar de muros, comunión en lugar de protagonismo, servicio en lugar de poder. La Iglesia no es santa porque esté compuesta por hombres impecables. Es santa porque Cristo vive en ella y nunca dejará de sostenerla. Fue Él quien prometió: «Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18). A lo largo de dos mil años, la Iglesia nunca ha sido sostenida por la fuerza de un grupo preocupado por su propia supervivencia. Ha sido siempre sostenida por la acción del Espíritu Santo, que Cristo prometió enviar para permanecer en la Iglesia y conducirla a la verdad plena (cf. Jn 14, 16-17; 16, 13). También por eso, cada bautizado deberá seguir rezando por el Papa León XIV, llamado a ejercer el exigente ministerio de confirmar a los hermanos en la fe. Deberá seguir rezando por todos los ministros ordenados, para que nunca olviden que su mayor grandeza consiste en servir, a imagen de Cristo. Y deberá seguir rezando todos por todos, para que jamás olvidemos que la primera vocación que recibimos no fue defender una sensibilidad, una tradición o un grupo. Fue permanecer en Cristo y vivir en la comunión de Su Iglesia. Porque la Tradición no sobrevive separada de la comunión. Vive en ella. Es en la comunión de la Iglesia donde nació, es en la comunión de la Iglesia donde continúa viva y es en la comunión de la Iglesia donde será transmitida a las generaciones futuras, hasta el día en que todos nos reunamos definitivamente en Cristo, Aquel que es «el mismo ayer, hoy y siempre» (Hb 13, 8).