
Hay víctimas reales. Personas que fueron discriminadas, perseguidas, violentadas, abusadas, humilladas o impedidas de vivir plenamente su dignidad. Reconocer esa realidad no es una concesión ideológica. Es una obligación humana y moral. Una sociedad decente no ignora el dolor, no silencia a quien sufrió y no protege a instituciones, grupos o individuos responsables del mal cometido. Sin embargo, una cosa es reconocer a la víctima y procurar reparar la injusticia. Otra, muy diferente, es transformar la condición de víctima en una identidad permanente, en una fuente automática de superioridad moral o en un instrumento de poder sobre los demás. Es precisamente esa cultura de la victimización la que parece instalarse en muchas sociedades occidentales. La persona ya no es considerada por la totalidad de lo que es, por sus decisiones, por su comportamiento, por sus virtudes, por sus defectos o por la responsabilidad que asume. Pasa a ser definida por el color de la piel, por la orientación sexual, por el género, por la religión, por el origen social, por la nacionalidad o por los acontecimientos históricos asociados al grupo al que pertenece. Unos son presentados como víctimas por naturaleza. Otros, como culpables por nacimiento. Unos reciben una especie de inmunidad moral. Otros son invitados a pedir perdón por hechos que no cometieron, por épocas en las que no vivieron y por decisiones tomadas por personas que nunca conocieron. La Historia debe ser estudiada con verdad, sin blanqueamientos, sin idealizaciones y sin esconder los crímenes de la esclavitud, del colonialismo, de las persecuciones religiosas, de las guerras, de las dictaduras o de las diferentes formas de opresión. Pero conocer la Historia no significa crear una transmisión hereditaria de la culpa. No somos personalmente culpables de los crímenes de nuestros antepasados. Heredamos, eso sí, el deber de conocer el pasado, comprender sus causas, honrar a las víctimas e impedir que los mismos mecanismos de deshumanización se repitan. Cuando la memoria deja de servir para aprender y pasa a ser utilizada para dividir permanentemente a la sociedad entre inocentes y culpables, deja de producir justicia y comienza a alimentar el resentimiento. Lo mismo sucede cuando determinadas causas, originalmente justas y necesarias, dejan de buscar la igualdad y pasan a exigir una aprobación incondicional. Toda persona debe poder vivir sin ser perseguida, agredida o discriminada por su orientación sexual, por su color, por su fe o por cualquier otra condición personal. Pero respetar no significa estar obligado a aplaudir. Tolerar no significa renunciar al derecho a discrepar. Reconocer la dignidad de alguien no implica considerar que todas sus ideas, decisiones o comportamientos están por encima de cualquier crítica. Hemos creado, sin embargo, una cultura en la que la simple ausencia de entusiasmo es frecuentemente interpretada como una manifestación de hostilidad. Ya no basta con no discriminar. Parece necesario participar en una aprobación pública, constante y, en ocasiones, casi ritualizada. Quien formula una duda es sospechoso. Quien presenta una objeción es puesto bajo vigilancia. Quien piensa de forma diferente deja de ser un interlocutor y pasa a ser un enemigo. Los argumentos son sustituidos por etiquetas: racista, homófobo, xenófobo, fascista, retrógrado, extremista. Y, del otro lado, se utilizan con la misma ligereza palabras como comunista, globalista, traidor o enemigo de la patria. El objetivo ya no es comprender lo que la otra persona pretende decir, sino encontrar rápidamente una palabra que permita descalificarla. Es intelectualmente más fácil poner una etiqueta que responder a un argumento. También el cristianismo es muchas veces juzgado con un criterio que difícilmente se aplica a otras realidades sociales. Los crímenes cometidos por miembros de la Iglesia, concretamente los abusos sexuales, son gravísimos, deben ser investigados, juzgados y condenados, y nunca podrán ser ocultados para proteger la reputación de una institución. Ninguna organización, religiosa o no, puede valer más que una víctima. Pero utilizar esos crímenes para condenar toda la fe cristiana o a todos los cristianos es una generalización tan injusta como cualquier otra. El abuso existe en las familias, en las escuelas, en el deporte, en las asociaciones, en las empresas, en las relaciones de confianza y en las instituciones religiosas. El mal debe ser combatido dondequiera que exista, sin encubrimientos, pero también sin oportunismos. Ser cristiano no convierte a nadie automáticamente en bueno. No serlo tampoco convierte a nadie en más libre, más inteligente o moralmente superior. Lo que debería definir a cada persona no es el grupo en el que es colocada, sino la forma en que vive, cómo trata a los demás y cómo responde por sus actos. Ser blanco, negro, cristiano, musulmán, ateo, homosexual o heterosexual no constituye, por sí solo, ni una culpa, ni una virtud. La dignidad no depende de la categoría que llevamos. Nos pertenece por la condición humana que compartimos.
El problema se vuelve todavía más profundo cuando esta cultura de la victimización se cruza con la progresiva pérdida de la capacidad de análisis y de pensamiento crítico. Pensar críticamente no significa desconfiar de todo, rechazar toda autoridad o considerar que todas las opiniones tienen el mismo valor. Significa observar, cuestionar, comparar, procurar comprender el contexto, distinguir hechos de interpretaciones, reconocer contradicciones, evaluar consecuencias y estar disponible para corregir la propia posición. Significa no aceptar una idea únicamente porque es repetida por miles de personas, porque aparece en una pantalla, porque es defendida por una celebridad o porque corresponde al discurso dominante de un determinado grupo. El pensamiento crítico nos permite ponderar cada situación, separar lo esencial de lo accesorio y comprender que la realidad rara vez cabe en un vídeo de pocos segundos, en una fotografía, en una consigna o en una publicación destinada a provocar indignación. Nos ayuda a distinguir aquello que es legal de aquello que es justo, aquello que es popular de aquello que es verdadero y aquello que es posible de aquello que es moralmente aceptable. Sin embargo, también aquí es necesario ir más lejos. El pensamiento crítico, aislado de una conciencia moral, puede transformarse únicamente en una técnica sofisticada para justificar intereses personales. No basta con saber argumentar. Es necesario poseer criterios para distinguir el bien del mal, la justicia de la conveniencia, el deber del capricho y la libertad del egoísmo. Por eso la formación moral continúa siendo indispensable. Existen valores fundamentales que no deberían depender de modas, algoritmos, mayorías ocasionales o conveniencias políticas: la dignidad humana, la verdad, la justicia, la responsabilidad, el respeto, la solidaridad, la honestidad, la fidelidad a la palabra dada, la defensa de los más débiles y la preocupación por el bien común. Estos valores no nacen espontáneamente. Son transmitidos, explicados, testimoniados, ejercitados y, muchas veces, aprendidos a través del límite, de la corrección y de la exigencia. La familia es el primer lugar de este aprendizaje. Ser padre o madre no consiste únicamente en amar, proteger, proporcionar bienestar o intentar evitar todas las frustraciones. Educar es también enseñar que no todo aquello que deseamos nos hace bien, que existen deberes, que los demás tienen derechos y que las decisiones producen consecuencias. Un padre no deja de amar porque dice “no”. Una madre no traiciona la confianza de un hijo porque lo corrige. La amistad puede enriquecer la relación entre padres e hijos, pero nunca puede sustituir la responsabilidad parental. Cuando los adultos tienen miedo de ejercer la autoridad, son los niños quienes quedan abandonados a la inestabilidad de sus propios deseos. Crecen sin referencias seguras, creyendo que todo límite constituye una agresión y que cualquier contrariedad es una forma de violencia. Después, ante la primera dificultad real, descubren que el mundo no se organiza en torno a sus expectativas. La escuela tampoco puede declarar que su única misión es transmitir conocimientos, como si enseñar fuese una actividad moralmente neutra. Toda persona que acompaña a un niño o a un joven educa, incluso cuando afirma que no pretende hacerlo. Educa por la forma en que habla, por la manera en que reacciona ante la injusticia, por el rigor que exige, por la puntualidad, por el respeto que demuestra, por el valor o por la omisión. Una escuela que enseña matemáticas, lenguas o ciencias, pero no promueve el respeto, la responsabilidad, la disciplina, la convivencia y el pensamiento crítico, puede formar personas técnicamente competentes, pero humanamente desorientadas. Durante demasiado tiempo se confundió la autoridad con el autoritarismo y la obediencia con la sumisión. Sin embargo, la autoridad legítima es indispensable para la vida en común. Obedecer una norma justa no disminuye la libertad. Permite que la libertad de cada uno pueda coexistir con la de los demás. Sin límites, no existe libertad, sino el dominio del más fuerte, del más agresivo o de aquel que grita más alto. Este fracaso educativo ayuda a explicar comportamientos cada vez más frecuentes de falta de respeto hacia las personas, las instituciones y los bienes públicos. Vemos agresiones gratuitas, destrucción de espacios que pertenecen a todos, desprecio hacia profesores, profesionales sanitarios, fuerzas de seguridad y otros agentes de la autoridad, como si la sociedad fuese únicamente una estructura distante que nos debe derechos, sin que tengamos que devolverle responsabilidad, cuidado o participación. El espacio público es tratado como si no perteneciese a nadie, cuando debería estar especialmente protegido por pertenecer a todos. También el debate sobre la inmigración exige pensamiento crítico, valentía y humanidad. Acoger a quien busca seguridad, trabajo y una vida mejor es un deber civilizatorio. Pero acoger no significa desaparecer. Quien llega a un país tiene derecho a la dignidad, a la protección y a las oportunidades, pero tiene igualmente el deber de respetar las leyes, las instituciones, la igualdad entre hombres y mujeres, la libertad religiosa y el modo de vida de la sociedad que lo recibe. La integración exige disponibilidad por ambas partes. No puede significar una asimilación forzada, pero tampoco puede obligar a la sociedad de acogida a renunciar a su cultura, esconder sus tradiciones o aceptar prácticas incompatibles con sus principios fundamentales. Defender esta reciprocidad no es xenofobia. Es reconocer que los derechos caminan necesariamente acompañados de deberes. Una sociedad que deja de ser capaz de afirmar sus valores, por miedo a ofender, no se vuelve más tolerante. Se vuelve más frágil y menos capaz de acoger verdaderamente.
Occidente proclama la libertad, pero vive cada vez más prisionero del miedo, de la etiqueta y de la necesidad de aprobación. Miedo a no pertenecer al grupo adecuado. Miedo a decir aquello que verdaderamente se piensa. Miedo a que una frase sea sacada de contexto y transformada en una sentencia pública. Miedo a perder amistades, oportunidades profesionales o reconocimiento social. Miedo a parecer diferente en una sociedad que celebra constantemente la diversidad, pero produce comportamientos, opiniones y apariencias cada vez más uniformes. La libertad permanece escrita en las constituciones, pero va desapareciendo del interior de las personas. Muchos ya no preguntan: “Esto es verdadero?” Preguntan antes: “Puedo decir esto sin ser atacado?” Es una prisión sin barrotes, construida por la necesidad de aprobación y mantenida por una multitud de vigilantes improvisados, incapaces de debatir ideas, pero rápidos para condenar a quien se aleja de su lenguaje. Esta fragilidad es amplificada por las redes sociales, que hace mucho tiempo dejaron de ser simples instrumentos de comunicación. Se convirtieron en fábricas de identidad, comparación, indignación e imitación. Allí se aprende qué vestir, qué comer, qué pensar, qué causas defender, a quién admirar, a quién odiar e incluso qué emociones demostrar. Se copian cuerpos, viajes, opiniones, palabras, revueltas y sueños. Lo genuino va desapareciendo bajo el peso de la comparación. Paradójicamente, hay quien rechaza la Iglesia porque no quiere pertenecer a un rebaño o seguir a alguien, pero repite obedientemente aquello que afirma un influente, aquello que exige una tendencia o aquello que un algoritmo decidió colocar ante sus ojos. Rechaza un rebaño visible e integra otro, invisible, conducido por intereses que desconoce y del que quizá ya ni siquiera sepa cómo salir. La inteligencia artificial añade una nueva dimensión a esta abdicación. Es una herramienta extraordinaria, capaz de ayudar a conocer, crear, organizar y decidir. Pero no puede sustituir la conciencia, el discernimiento, la experiencia, la relación humana o la responsabilidad. Puede sugerir qué vestir, dónde invertir, qué visitar, qué profesión elegir o qué nombre dar a un hijo. No puede, sin embargo, responder por nosotros a la pregunta esencial: qué persona queremos ser? El problema no es que la tecnología piense con nosotros. Es que dejemos de pensar porque la tecnología está disponible. Cuando se pierde el hábito de analizar, ponderar y confrontar las decisiones con valores morales, resulta más fácil entregar la vida a quien ofrece respuestas simples. Puede ser un líder político, un movimiento ideológico, una celebridad, un influente o un algoritmo. Es en ese vacío donde crecen los extremismos. Todos ellos, independientemente de su orientación, necesitan personas resentidas, asustadas e incapaces de dialogar. Se alimentan de la convicción de que existe un “nosotros” permanentemente inocente y un “ellos” irremediablemente culpable. La cultura de la victimización se convierte, así, en terreno fértil para el autoritarismo, porque quien se considera una víctima absoluta acaba justificando casi todo en nombre de la reparación, y quien es presentado como culpable absoluto deja gradualmente de ser reconocido como persona. Así ocurrió en algunos de los peores momentos de la Historia. Primero, se divide a los seres humanos en categorías morales. Después, se le retira complejidad al otro. Finalmente, se considera legítimo silenciarlo, excluirlo o combatirlo. Cambian las palabras, las banderas, los medios y las tecnologías, pero el mecanismo permanece aterradoramente semejante. Después de más de dos milenios de pensamiento, fe, ciencia, filosofía, guerras, avances y tragedias, sería razonable esperar que la humanidad hubiese aprendido algo. Sin embargo, continuamos repitiendo antiguos errores con nuevos lenguajes y una extraordinaria capacidad para convencernos de que, esta vez, nuestra intolerancia está moralmente justificada. Es urgente levantar la mirada. No para contemplar nuestro propio ombligo, sino para ver el horizonte y, sobre todo, a la persona que está ante nosotros. Necesitamos reaprender a escuchar sin capitular, a discrepar sin odiar, a respetar sin tener que aplaudir, a acoger sin desaparecer, a recordar sin cultivar resentimientos y a reconocer a las víctimas sin transformar la victimización en una profesión, en una identidad o en un arma. Antes de preguntarnos constantemente qué nos debe la sociedad, quizá deberíamos volver a preguntarnos qué debemos nosotros a la sociedad. Los derechos sin deberes se transforman en privilegios. La libertad sin responsabilidad degenera en capricho. La memoria sin verdad se convierte en resentimiento. La inteligencia sin valores se transforma en un instrumento de manipulación. Y una sociedad que pierde la capacidad de distinguir el bien del mal, de analizar cada situación y de ponderar las consecuencias de sus decisiones quedará inevitablemente a merced de aquellos que gritan más alto. Ser europeo, cristiano, blanco o heterosexual no constituye una culpa, como tampoco confiere superioridad alguna. Ser negro, homosexual, inmigrante, musulmán o ateo no convierte a nadie en culpable, inferior o moralmente infalible. Lo que importa no es utilizar aquello que somos como una trinchera contra los demás, sino asumir la responsabilidad por aquello que hacemos. Una civilización no comienza cuando todos piensan de la misma manera. Comienza cuando personas diferentes consiguen buscar la verdad, reconocer valores fundamentales y vivir juntas sin tener que odiarse, silenciarse o destruirse.