
Ayer, 22 de septiembre de 2026, comenzó en Nueva York el Debate General del 81.º período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Jefes de Estado y de Gobierno, ministros y representantes de prácticamente todo el mundo volvieron a ocupar aquella tribuna para hablar de paz y de guerra, seguridad, desarrollo, cambio climático, desigualdades, tecnología, inteligencia artificial y del futuro de un orden internacional cada vez más inquieto consigo mismo. El tema elegido para este año es, por sí solo, revelador. Restablecer la confianza, gestionar la transformación. Unas Naciones Unidas que den resultados para todos. Quizá pocas expresiones consigan resumir tan bien el desafío político de nuestro tiempo. Restablecer la confianza. Gestionar la transformación. Los problemas son enormes. La cuestión es saber si las ideas, los liderazgos y la capacidad de pensar estarán a la misma altura. No se trata de nostalgia. No creo que antes todo fuera mejor, ni la Historia permitiría sostener semejante ingenuidad. La Grecia que nos legó a Platón y Aristóteles conoció también guerras, demagogos, intereses, traiciones y luchas feroces por el poder. Roma produjo un pensamiento político y jurídico extraordinario y fue igualmente escenario de ambición, violencia y corrupción. Los siglos siguientes no fueron diferentes. Siempre han existido buenos y malos gobernantes, visionarios y mediocres, personas capaces de situar el bien común por encima de sí mismas y otras para quienes el poder nunca fue más que un instrumento al servicio de intereses particulares. Quizá la naturaleza humana no haya cambiado tanto. Lo que merece ser discutido es otra cosa. Qué cualidades esperamos hoy de aquellos a quienes entregamos la responsabilidad de gobernar y qué lugar seguimos reservando al pensamiento junto al poder. Desde hace más de dos mil años, la política es también una reflexión sobre la justicia, la virtud, la prudencia, la libertad, la autoridad, la responsabilidad y el bien común. Platón se interrogó sobre la naturaleza del verdadero conocimiento político. Aristóteles concibió la política como un saber práctico y atribuyó al legislador la responsabilidad de crear instituciones, leyes y costumbres capaces de perdurar más allá de la decisión inmediata. A lo largo de los siglos, la pregunta ha regresado muchas veces. Qué debe saber quien gobierna. A quién debe escuchar. Qué límites debe reconocer. Hasta dónde alcanza su responsabilidad. Qué mundo pretende dejar cuando se marche. Y no necesitamos retroceder hasta la Antigüedad para encontrar dirigentes cuya dimensión superó la mera administración de un mandato. George Marshall quedó ligado al programa de recuperación europea puesto en marcha después de la Segunda Guerra Mundial, pensado no solo para reconstruir economías devastadas, sino también para crear condiciones de estabilidad en el mundo que emergía del conflicto. Nelson Mandela participó en una transición que contribuyó a poner fin al apartheid y abrió el camino hacia un nuevo orden democrático en Sudáfrica. Léopold Sédar Senghor reunió en una misma vida el ejercicio de la Presidencia de Senegal, la poesía, el pensamiento y una intensa actividad cultural. Podríamos encontrar otros ejemplos, en otras geografías y en otras épocas. No porque hayan sido hombres perfectos. No lo fueron. Ninguna de estas personas fue infalible y ninguna debe convertirse en un personaje sin contradicciones. Un estadista no es un santo ni un gobernante infalible. Puede equivocarse, puede tomar decisiones discutibles y puede ser profundamente controvertido. Lo que lo distingue no es la ausencia de error, sino la dimensión del horizonte desde el que decide. Un gobernante está inevitablemente obligado a responder al presente. Al presupuesto, a la crisis, a la contestación, a las siguientes elecciones. El estadista tiene que ser capaz de hacer todo eso sin dejar de preguntarse qué ocurrirá dentro de diez, veinte o cincuenta años. Tiene que aceptar que algunas de las decisiones más importantes que tome podrán producir resultados cuando ya no esté en el poder y quizá incluso cuando otro reciba el mérito por ellas. Es esa capacidad de gobernar el presente sin aprisionar el futuro la que empieza a distinguir el ejercicio del poder del verdadero sentido de Estado. Pero existe otra característica igualmente esencial. Un gran estadista no necesita ser la persona más brillante de la sala. Necesita tener la grandeza suficiente para querer personas brillantes a su alrededor, sobre todo aquellas que tengan el valor de contradecirlo. Nadie lo sabe todo. Nadie domina al mismo tiempo la economía, el derecho, la ciencia, la tecnología, la defensa, el medio ambiente, la demografía, las relaciones internacionales, la salud y la transformación social. La inteligencia de quien gobierna se revela también en la calidad de las personas que elige para ayudarle a pensar. Y, sobre todo, en la libertad con la que consigue elegirlas.
Es precisamente aquí donde comienza una parte incómoda de esta reflexión. El poder nunca gobierna realmente solo. A su alrededor existen partidos, estructuras, compromisos, intereses, grupos, relaciones, financiaciones, lealtades, ambiciones y deudas que no siempre aparecen en los discursos. Cuando los puestos destinados a ayudar a pensar a quien gobierna dejan de ser ocupados por las personas más competentes y más libres y empiezan a adjudicarse como pago de favores, por compromisos partidistas, presiones políticas, intereses externos, equilibrios internos, conveniencias electorales o expectativas de beneficio propio, no disminuye únicamente la calidad de los asesores. Se empobrece la propia capacidad de gobernar. Porque un gobernante que no consigue elegir libremente a quien mejor puede ayudarle a comprender un problema deja de responder únicamente ante el problema que tiene que resolver. Pasa también a responder ante la red de intereses que lo condiciona. Y cuando la lealtad empieza a valer más que la lucidez, la discrepancia suele ser una de las primeras cosas en desaparecer. Después desaparece la duda. Después, la pregunta incómoda. Después deja de haber quien diga que los datos no confirman la decisión que se pretende tomar, que determinada promesa es inviable o que aquello que hoy parece políticamente conveniente puede mañana revelarse como un error. Hasta que llega el momento en que todos los que están sentados alrededor de la mesa parecen estar extraordinariamente de acuerdo. Puede parecer fortaleza. Muchas veces no es más que fragilidad disfrazada de unanimidad. El buen asesor no es aquel que ayuda a quien gobierna a tener siempre razón. Es aquel que posee el conocimiento, la independencia y el valor suficientes para mostrarle dónde puede estar equivocado. Quizá una de las preguntas más importantes que puedan hacerse sobre cualquier liderazgo sea, al final, muy sencilla. Quién, en esa sala, tiene libertad para decir que no. Pero el problema no termina a las puertas de los despachos del poder. También nosotros hemos cambiado la forma en que decidimos quién merece ser escuchado. Hemos construido una sociedad con una extraordinaria capacidad para medir aquello que antes era difícil de cuantificar. Sabemos cuántas personas siguen a alguien, cuántas han visto una publicación, cuántas han dado un me gusta, comentado o compartido, qué alcance tuvo una frase y cuántos segundos consiguió alguien retener la atención de los demás ante una pantalla. La influencia parece haberse convertido en una de las profesiones emblemáticas del siglo. No hay nada contra los influencers, youtubers o creadores digitales. Hay personas extremadamente competentes trabajando en esos medios y algunas realizan una labor de divulgación que muchas instituciones tradicionales nunca consiguieron hacer. El problema no está en el medio. Está en aquello que hemos empezado a confundir. En 2026, el Digital News Report del Reuters Institute mostró que el 27 por ciento de los encuestados, a escala global, había tenido contacto durante la semana anterior con noticias producidas por creadores o influencers dedicados a la información. Estos creadores son considerados a menudo más interesantes, más cercanos y más fáciles de comprender, pero también son percibidos, de media, como menos creíbles y menos imparciales que los medios tradicionales. El dato no demuestra que un influencer sepa menos que un profesor, ni que un profesor sepa necesariamente más que un influencer. Muestra simplemente cómo ha cambiado la forma a través de la cual distribuimos atención, reconocimiento y, demasiadas veces, autoridad. Ser conocido no es lo mismo que conocer. Tener un millón de seguidores no convierte a nadie en sabio, del mismo modo que tener solo cien no transforma a nadie en un genio incomprendido. El número no nos dice nada sobre aquello que verdaderamente importa. Si esa persona tiene algo que realmente merezca la pena escuchar. Un pensador no se construye a través de seguidores. Se construye a través de años de estudio, lectura, experiencia, confrontación con ideas diferentes, duda, revisión, error y, muchas veces, silencio. Pensar implica aceptar que una cuestión compleja puede no caber en una frase de quince segundos. Implica tener el valor de decir no lo sé. Implica reconocer que el otro puede tener razón, incluso cuando pertenece al partido equivocado, a la escuela equivocada, al país equivocado o al lado equivocado de nuestra trinchera ideológica. Quizá una de las grandes enfermedades de nuestro tiempo sea haber empezado a confundir audiencia con autoridad, notoriedad con conocimiento, capacidad de comunicar con capacidad de pensar y popularidad con razón. Una idea no se convierte en mejor porque venga de los nuestros, ni en peor porque haya nacido entre los otros. Cuando el primer criterio para valorar una propuesta deja de ser lo que vale y pasa a ser la identidad de quien la presenta, casi hemos dejado ya de discutir de política. Estamos practicando pertenencia. Quizá sea aquí donde el culto a la mediocridad se vuelve verdaderamente peligroso. No cuando existe una persona mediocre. Siempre han existido y siempre existirán personas mediocres. Se vuelve peligroso cuando es el propio sistema el que empieza a recompensar la mediocridad. Cuando pensar en profundidad lleva demasiado tiempo. Cuando reconocer una duda parece una debilidad. Cuando cambiar de opinión ante mejores argumentos se presenta como incoherencia. Cuando alguien que ha estudiado un tema durante treinta años recibe tres minutos para explicarlo y otro que nunca lo ha estudiado recibe una hora porque genera audiencia. Cuando la frase viral vence al argumento. Cuando el envoltorio pasa a valer más que el contenido. Cuando quien lidera prefiere a quien está de acuerdo deprisa antes que a quien piensa despacio. Y cuando empezamos a exigir más capacidad para aparecer que capacidad para comprender. Quizá la verdadera decadencia no empiece cuando dejan de existir personas inteligentes. Empieza cuando dejamos de querer escucharlas.
Y todo esto sucede en uno de los momentos más paradójicos de nuestra historia. Nunca hemos tenido tanto conocimiento disponible. Nunca nos hemos comunicado tan deprisa. Nunca un descubrimiento científico, un estudio o una idea atravesaron el planeta en tan poco tiempo. La inteligencia artificial está transformando profesiones, empresas y formas de producir conocimiento. La demografía está modificando sociedades enteras. El envejecimiento está obligando a los países a repensar el trabajo, la protección social y los cuidados. La energía, el clima, la biotecnología, las migraciones, la seguridad y los nuevos equilibrios geopolíticos sitúan ante los gobiernos decisiones cuyas consecuencias podrán prolongarse durante varias generaciones. Todo parece acelerarse. Las noticias se aceleran. Los mercados se aceleran. La tecnología se acelera. Las crisis se suceden. Una polémica comienza por la mañana y envejece antes de la cena. Una declaración política se prepara para sobrevivir unas pocas horas. Un vídeo dispone de unos segundos para impedir que el dedo siga deslizándose por la pantalla. Y, sin embargo, hay algo que no ha cambiado. Un segundo sigue durando un segundo. Quizá no sea el tiempo lo que se está acelerando. Quizá seamos nosotros quienes estamos acortando el horizonte de nuestras decisiones. Y es aquí donde reside una de las mayores contradicciones del presente. Nunca hemos tenido instrumentos tan poderosos para transformar el futuro y quizá nunca hayamos sentido tanta presión para decidir mirando únicamente a lo inmediato. Es precisamente ahora cuando más necesitamos estadistas y pensadores. No figuras providenciales. No iluminados que se consideren superiores a la sociedad. No intelectuales instalados en una torre de marfil diciendo a los demás cómo deben vivir. Necesitamos personas capaces de devolver profundidad al proceso de decisión, de introducir conocimiento donde existe simplificación, de sembrar duda donde existe un exceso de certezas, de recordar las consecuencias cuando el presente resulta demasiado seductor y de defender el bien común cuando cada grupo mira únicamente su propia ventaja. Necesitamos también recuperar una palabra que la política contemporánea parece utilizar cada vez menos. Legado. Gobernar no debería significar únicamente preguntarse qué conseguiré mostrar antes de las próximas elecciones. Debería significar también preguntarse qué quedará cuando yo ya no esté aquí. Hay reformas que solo producen resultados muchos años después. Hay inversiones cuyo beneficio pertenecerá a la siguiente generación. Hay decisiones necesarias que pueden resultar electoralmente ingratas. Y quizá exista una forma superior de servicio público que consiste en comenzar una obra sabiendo que otro la terminará y que incluso podrá recibir los aplausos. El tema elegido para la Asamblea General de este año habla precisamente de restablecer la confianza y gestionar la transformación. La propia Presidencia de la Asamblea defendió, en la apertura del Debate General, la necesidad de reunir a especialistas, científicos, el mundo académico, la sociedad civil y otros actores capaces de contribuir a las respuestas a los grandes desafíos de nuestro tiempo. Quizá no sea posible hacer ninguna de esas cosas sin recuperar una palabra todavía más sencilla. Exigencia. Exigencia sobre quien gobierna, sobre quien asesora, sobre quien opina y también sobre nosotros mismos como ciudadanos. Porque resulta demasiado fácil culpar únicamente a los políticos. Ellos también son seleccionados por los partidos, proyectados por los medios, premiados por las audiencias y elegidos por sociedades que han aprendido a recompensar determinados comportamientos. Una sociedad participa en la construcción de la calidad del liderazgo que recibe. Participa a través de aquello que tolera, aquello que exige, aquello que comparte, la superficialidad que recompensa, la competencia que busca y la discrepancia que acepta. Quizá el problema de nuestro tiempo no sea que hayamos dejado de producir grandes mentes. Seguramente siguen existiendo personas extraordinarias en las universidades, en los centros de investigación, en las empresas, en la diplomacia, en la ciencia, en las artes, en las instituciones y fuera de todas ellas. Quizá el problema sea que hemos construido una sociedad cada vez menos preparada para darles espacio. Una sociedad en la que quien duda pierde frente a quien ofrece certezas, quien estudia pierde frente a quien reacciona, quien contradice incomoda y quien piensa a veinte años tiene que competir con quien necesita ganar mañana. Hemos aprendido a contar casi todo. Contamos votos, seguidores, audiencias, visualizaciones, compartidos, me gusta, encuestas y mandatos. Quizá haya llegado el momento de volver a preguntarnos por aquello que no cabe con tanta facilidad en una estadística. La dimensión de una idea. La profundidad de un pensamiento. El valor de una decisión. La libertad de quien asesora. El horizonte de quien gobierna. Porque quizá la pregunta que realmente debería inquietarnos ya no sea únicamente dónde están los estadistas. Tal vez sea otra, mucho más difícil de responder. Si hoy apareciera un gran estadista, seguiríamos siendo capaces de reconocerlo o estaríamos demasiado ocupados contando sus seguidores?