Periodista y escritor
Hace unos meses escribí que algo olía a podrido en Lemoiz. He vuelto allí. Pero esta vez no para hablar en forma metafórica sobre la famosa frase de William Shakespeare en su obra “Hamlet”, en la que se refería a la decadencia moral y a la corrupción que se vivía en el Reino de Dinamarca. No, ahora he ido a constatar el olor a podrido junto al vertedero que se sitúa en la ladera del monte Jata que vierte sus aguas hacia el pantano de Urbieta, colindante con los degradados restos de la Central Nuclear de Lemoiz, que finalmente la ciudadanía vasca consiguió que no se hiciese.
Sí, he vuelto allí, y lo he hecho guiado por la química, el olfato y el sentido común de cualquiera que haya seguido el culebrón por el que ha tenido que pasar esta localidad costera de Bizkaia desde los años setenta del siglo pasado. Es un lugar hermoso, verde, aparentemente tranquilo. Un espacio donde el viento, cuando sopla en la dirección adecuada, parece empeñado en recordar que bajo los árboles no siempre crecen únicamente raíces.
Porque bajo ese paisaje de postal permanece uno de esos secretos a voces que las instituciones vascas gestionan con una mezcla de resignación e ingeniería silenciosa y con la esperanza de que el tiempo haga su trabajo: que no se hable del vertedero con residuos asociados al lindano. Un legado industrial enterrado. Un problema encapsulado. Un asunto que nunca llegó a desaparecer porque, sencillamente, nadie lo retiró. Se cubrió. Dicen que se selló, estabilizó, drenó eimpermeabilizó. Pero sigue allí.
Y precisamente ahí empieza esta historia. O quizá debería decirse que vuelve a empezar. Porque esta localidad tiene una extraña habilidad para acumular capas de memoria sin resolver ninguna del todo. Como esos viejos muebles cuyas sucesivas manos de pintura terminan ocultando la madera original, pero nunca reparan la grieta. Primero fue la central nuclear y su carga de muertos y sufrimiento. Después vino el abandono. Más tarde apareció el lindano. Y ahora llegan los lenguados.
Confieso que también hay algo poético en todo esto. Si los antiguos alquimistas soñaban con convertir el plomo en oro, la política contemporánea parece empeñada en convertir los problemas heredados en proyectos de futuro. Y cuanto más complejo es el problema, más brillante debe ser el proyecto que venga después.
Sobre una central nuclear frustrada, ahora llega una piscifactoría para producir lenguados. Sobre un territorio marcado por décadas de controversias ambientales ahora, una vez expoliados los mares, aterriza la “innovación azul”. Y sobre una historia llena de preguntas sin responder, viene una campaña de comunicación cuidadosamente diseñada para hablar exclusivamente del mañana y enterrar el pasado.
No deja de ser admirable. Porque conviene recordar algo que parece haberse perdido entre comunicados y notas de prensa. La historia de Lemoiz no terminó cuando se paralizó la central nuclear. Aquella mole de hormigón fue durante años el símbolo más visible de un conflicto social, político y ambiental que marcó profundamente a Euskadi, mejor dicho, a todo Euskal Herria, nuestro país.
Pero mientras la ciudadanía discutía sobre reactores nucleares, seguridad y democracia energética, otro problema mucho menos visible se iba acumulando en distintos rincones de Bizkaia: los residuos derivados de la producción de lindano. Y aquí aparece Jata. Un nombre que debería resultar mucho más conocido de lo que es. Porque Jata representa una de las preguntas más incómodas de la política ambiental vasca. Y porque décadas después seguimos sin saber la cronología completa de Jata, de este vertedero fantasma. ¿Cuándo empezó realmente a utilizarse? ¿Quién autorizó su funcionamiento? ¿Qué empresas transportaron allí residuos? ¿Qué informes internos elaboraron el Gobierno Vasco y la Diputación de Bizkaia? ¿Qué resultados dieron los análisis oficiales frente a los realizados por Ekologistak Martxan? ¿Sigue existiendo afección a acuíferos, arroyos o captaciones de agua del entorno de Mungía? ¿A dónde van los lixiviados de esa ladera donde se depositaron cantidades importantes de lindano? ¿Están contaminado el pantano de Urbieta? ¿Qué dicen los informes de URA sobre la calidad de las aguas en ese entorno? Porque todo esto y mucho más, se supone, tendrá que aclararse caso de seguir adelante con la instalación de una piscifactoría de lenguados sobre las ruinas de la Central de Lemoiz.
Lo que es claro es que las administraciones reaccionaron mucho después de que el problema aflorara públicamente alrededor del 2017, tras una denuncia de Ekologistak Martxan. Se hicieron algunos estudios, se redactaron informes, se impulsaron actuaciones, se contrataron obras y se diseñaron sistemas de supuesto sellado y estabilización. Todo eso ocurrió. Pero también es cierto que la intervención llegó décadas después de que los residuos fueran depositados.
Y ésa es la cuestión esencial. No hablamos de un accidente repentino. No hablamos de una catástrofe inesperada. Hablamos de un pasivo ambiental histórico. De un problema conocido desde hace muchos años cuya solución definitiva sigue sin llegar.
Aquí conviene detenerse un momento en una de las grandes operaciones lingüísticas de nuestro tiempo: la palabra “sellado”. Suena tranquilizadora, casi terapéutica. Parece sinónimo de resolver. Pero no lo es. Sellar significa encapsular. Confinar. Intentar que lo que está debajo permanezca debajo. No eliminar el problema. Simplemente impedir que aflore.
Los residuos permanecen. Los compuestos químicos permanecen. La incertidumbre permanece. Lo que cambia es la estrategia de gestión. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido en Jata. No se ha borrado la historia. Se ha colocado una tapa sobre ella.
Llegados a este punto aparece la pregunta que nadie parece demasiado interesado en formular. ¿Por qué precisamente allí? ¿Por qué impulsar una piscifactoría en un territorio cuya principal característica es precisamente la existencia de conflictos ambientales históricos aún no completamente cerrados?
No estoy preguntando si los futuros lenguados van a contaminarse. No lo sé. Lo que pregunto es algo mucho más sencillo. ¿Se han explicado públicamente todos los estudios que descartan cualquier afección? ¿Se han presentado de forma transparente? ¿Se ha abierto un debate público proporcional a la singularidad del lugar? ¿Se ha considerado que la proximidad de un vertedero asociado al lindano exige un plus de información y de cautela? Porque una cosa es afirmar que no existe evidencia de riesgo. Y otra muy distinta demostrar que el riesgo ha sido exhaustivamente evaluado.
Pero quizá el problema ni siquiera sea técnico. Quizá sea político. Y cuando digo político no me refiero solo a partidos. Me refiero a una determinada forma de gobernar. A una cultura institucional. A una manera de relacionarse con el territorio que consiste en superponer proyectos nuevos sobre conflictos viejos sin haber cerrado del todo los anteriores.