Cronista gastronómico y escritor
No hay nada comparable a comer en buena compañía, con sabrosas caseras viandas, en un lugar ideal al borde del ubérrimo Mar Céltico y para eso hemos visitado el acogedor puerto de Sada, en La Coruña, en este nublado y caluroso, digamos bochornoso, pero agradabilísimo, día 23 de julio del 2026, un mes y poco más del comienzo del verano, que este año vuelve a ser delicioso, después de haber llovido desde el mes de noviembre hasta marzo, ininterrumpidamente, en el que solamente cesó la lluvia dos o tres días…
En la mañana me dí un chapuzón vivificante en aguas del Puerto de La Coruña, en el Parrote. Luego sesión de sauna y aseo parecido a las a luciones de Benarés…
Reservó el Teniente en una de las mejores terrazas ¡de Europa!, que está al borde del mar, en esta villa marinera cuyo acrónimo significa Sirena Acariciada del Atlántico… SADA.
No hay nada como sentarse en una mesa para saborear lo típico de aquí, o sea, sardinas y mejillones, y al mismo tiempo contar con unos contertulios doctos, duchos y expertos en anécdotas, historias, vivencias personales divertidas, pura diversión y entretenimiento.
Observo que ruge Sada con un runrún de ría limpia y resaca vieja, un rumor de lanchas que cabecean amarradas a los pantalanes que vemos desde nuestras mesas en la terraza comedor, mientras el Sol poniente saca brillos de carmín y estaño a las aguas.
Allí mismo, arrimado al muelle con ese descaro tan propio de las tascas que han visto pasar un siglo, se levanta el Bar Pepecho, que los más viejos de la parroquia —esos hombres de manos como raíces y piel de salazón— aún mientan como Casa Manel.

Huele el Pepecho a lo que tiene que oler un templo del mar: a fritura de la buena, a vinagre de los escabeches que resucitan a un muerto, a maderas comidas por el salitre y a esa alegría ruidosa, un punto desvergonzada y cosmopolita, que traen los viajeros cuando se mezclan con las gentes del puerto.
En la terraza, que desafía al horizonte asomándose directamente al mar de Sada, se aprietan hoy unas mesas bien curiosas, de esas que a uno le gusta desmenuzar con la mirada limpia y la prosa afilada.
Preside la cita, con ese empaque que dan los años de mando y los pasillos de la Corte, un exalcalde que también plantó pica como exembajador ante la Santa Sede; hombre de ademán pausado, que parece bendecir el mantel con la misma diplomacia con la que trataba a los cardenales en Roma. Siempre elegante, a su particular manera. A su vera, su esposa mantiene el tipo con una elegancia de rancia estirpe forjada en talleres, contrastando con la frescura desbordante de su hija, una bella morenaza, señorita de ojos limpios que parece robarle el protagonismo al mismísimo paisaje costero, y otra mujer coruñesa de toda la vida, a la que conozco desde mis años mozos, tanto de la discoteca del Playa Club coruñés, como de la discoteca Chivas y el bar musical Moby Dick sadenses. Completan la terna un Teniente en la reserva que viste la compostura de verano con la misma del uniforme, un caballero Técnico de Empleo funcionario jubilado, que calcula el porvenir entre trago y trago de cerveza, y este humilde cronista, que apunta el mapa de las almas mientras se limpia la grasa de las sardinas del labio.
Sobre el mantel, más bien sobre hojas de papel, donde también se explica la carta aparte de ser bajoplato, corren las viandas con la generosidad de la cocina casera, esa que no entiende de pamplinas ni de platos modernos.
Los mejillones en escabeche, gordos y relucientes en su caldo rojizo, abren el apetito con su picardía de vinagre.
Luego llegaron las sardinas, reinas indiscutibles de la tarde, asadas en su justo punto de sal, plateadas y sangrantes, despidiendo un humo espeso que embriaga los sentidos.
Coronanddo con un tercer plato, sugerencia de nuestro estimado Teniente nos repartimos una deliciosa ensaladilla rusa ¡con pulpo! en una especie de ofrenda al paladar en forma de tartar.
Para rematar la faena, nos sirven sendas tartas caseras de plátano, dulces y rotundas, que apaciguan el paladar y alargan la sobremesa. Cafés americanos, con leche y cortados, con aguardiente en profusión, o a gogó.
Es la vida misma que late en el Pepecho: un festín de tasca noble donde el mar se mete en los ojos, la comida conforta el espíritu y la conversación vuela libre, mecida por el viento atlántico y el jaleo alegre de una tarde que se resiste a morir.
Observo (siempre estoy al quite de todo) al exembajador ante la Santa Sede, hombre acostumbrado al hilo fino de los palacios romanos y a las ricas mantelerías donde los cardenales limpian sus desvelos, que arrugó el entrecejo con una sutileza casi vaticana cuando el camarero —un mozo recio, amable, de andares de polizón y prisa de marea— dejó caer sobre la mesa un cuadrado de papel rudo, de esos que absorben poco y se deshacen al tercer embate de la grasa de la sardina. Aquel trozo de celulosa, pálido y humilde, ofendía la liturgia del banquete que se celebraba frente al mar de Sada. El diplomático, sin perder la apostura ni el tono de quien negocia un concordato, detuvo al muchacho con un gesto de la mano izquierda, la misma que su tendencia política, un ademán pausado que parecía detener el mismísimo curso de la ría.
—Muchacho, por Dios —musitó el prohombre, con una voz que arrastraba el eco de las basílicas—. Llévate este sucedáneo de pergamino y búscame una servilleta de tela. Pero una de verdad, grande y recia, de hilo o de algodón de saco, que tenga el empaque suficiente para defender la pechera de un caballero frente al acoso y derribo de estas benditas sardinas. Con el papel no hay diplomacia posible; se rompe ante el aceite como un tratado de paz mal firmado.
El camarero, que en el Pepecho ha visto pasar temporales más bravos que las exigencias de la Corte, miró al exembajador, miró luego el plato de mejillones en escabeche y, con una media sonrisa de paisano que todo lo sabe, se metió la mano al hombro para desplegar un paño de cocina limpio, blanco y del tamaño de una sábana de cuna, que dejó caer sobre el regazo del dignatario con un golpe seco.
—Ahí tiene, su Excelencia, tela de la buena para que no se me manche el uniforme —replicó el mozo, antes de darse la vuelta con el descaro alegre de la tasca.
El exalcalde sonrió con picardía gallega, la bella señorita ahogó una carcajada tras su copa de vino y este cronista anotó cómo, por un instante, el protocolo de Roma se rendía ante el pragmatismo soberano de una ría que no entiende de más jerarquías que la del buen comer.
De repente el cronista, que tiene la memoria a veces abotargada, ha tenido un chispazo del recuerdo de una lectura del libro titulado «El coño de don Camilo y otras anécdotas inéditas» escrito por su inteligente y simpático secretario, chófer, ayudante personal de don Camilo, y también escribidor, que os quiero relatar queridos lectores, a continuación, tal y como está redactado…
«… Un día, después de acompañarlo a que le cortaran el pelo, Cela quiso hacer hora tomándose una cerveza en un bar.
-Oye Gaspar, deja aparcado el coche aquí mismo en doble fila y vente conmigo, como estamos enfrente, si tuvieras que quitarlo, ya avisarían.
-De acuerdo don Camilo.
Un camarero joven se nos acercó y reconociéndolo le brindó todo tipo de agasajo.


Tío Camilo, es usted el mejor escritor que hay… yo soy de Guadalajara, La Alcarria.
-Sí, bueno, me parece muy bien, muchas gracias, muchas gracias. Pónganos dos cañas, por favor.
El camarero trajo raudo las dos consumiciones y puso un plato con unos cuantos cacahuetes. Al darse cuenta le dijo.
-Oiga joven, llévese estos cacahuetes y traiganos un par de chorizos con pan…
En menos de dos minutos estuvimos más que servidos. Sin embargo, a pesar de su gran destreza, el joven camarero cometió una imprudencia. Cela buscó entre los platos algo, miró la bandeja del pan y quise ayudarlo en su encuentro.
-Don Camilo ¿qué busca?
-Unas servilletas… que no ha puesto este…
Enseguida levanté las dos porciones de pan y debajo aparecieron sendas servilletas de papel.
Cela, al percatarse, llamó al joven.
-Oiga, traiga dos servilletas de hilo, coño, que parece que vamos a cagar… «, (sic).
Va cayendo la tarde sobre el puerto de Sada con la lentitud solemne de un telón de teatro viejo, tiñendo las aguas de un oro viejo y denso que ya se torna ceniza. En la terraza del Pepecho, la sobremesa se alarga entre los restos de la tarta de plátano, las tazas de café humeante y las copas que guardan el último brillo del día. El viento del Atlántico empieza a soplar con más fijeza, refrescando los rostros y trayendo un olor más vivo a salitre y a lodo de bajamar, ese aroma atávico que espabila a los hombres y adormece a las barcas
Las lanchas amarradas en el pantalán cabecean ahora con un ritmo cansino, como contagiadas por la modorra de nuestra tertulia. El exembajador, con su gran servilleta de tela aún custodiando el regazo, apura su copa con el ademán de quien da por concluido un provechoso consejo de ministros. A su lado, el teniente y el técnico de empleo apuran los últimos tragos de aguardiente garrafonero, contemplando el perfil lejano de la costa que empieza a desdibujarse en la penumbra. La bella señorita ríe ya con menos ruido, con una alegría más íntima y recogida, mientras su madre se ajusta una rebeca sobre los hombros para defenderse del relente que sube de la ría.
Este cronista dobla los papeles de sus notas y guarda el lápiz en el bolsillo, con la certeza de quien ha cazado un instante de vida verdadera. El Pepecho empieza a recoger las mesas y a encender sus primeras bombillas amarillas, que tiemblan sobre el agua como luciérnagas borrachas, despidiendo la tarde con el mismo descaro hospitalario con el que antaño, bajo el nombre de Casa Manel, recibía a los marineros cansados. Nos levantamos de la mesa con el cuerpo confortado por las viandas y el espíritu limpio, dejando atrás el jaleo de la tasca para adentrarnos en la tarde de Sada, que ya nos espera con su manto de paz y su rumor de olas viejas.
-Don Francisco-, le digo al exembajador – ¿Recuerdas que la última vez que nos vimos fue en el Casino de La Coruña, tras una espléndida conferencia histórica tuya, que nos largaste a todos los asistentes, y yo aproveché feliz la ocasión para regalarte una foto, que tenía en casa guardada por mi padre, en donde aparecías con el Premio Nobel don Camilo José Cela y el librero Arenas (el fundador de Librería Arenas)?
-¡Ah, sí, recuerdo bien, gracias!
-Pues te diré, estimado Paco, que estás más joven que en aquella ocasión hace diez años…
Y en este clima de cordialidad y ese ambiente marinero y elegante de esta tarde de verano nos despedimos con alegría…
¡Y cada mochuelo a su olivo!
¡Salud, alegría y bienestar para todos los que me leéis.
DESEO que el relato os haya entretenido, por lo menos.