
Como tantas otras informaciones relativas a Trump, una de sus recientes e importantes declaraciones ha sido silenciada o manipulada por los grandes medios y la prensa en general. El presidente ha calificado con enorme acierto el comunismo y el socialismo (que viene a ser lo mismo) como «la amenaza más grave desde la fundación de los Estados Unidos hace 250 años”. Hizo esta declaración en la Conferencia de Políticas de la Coalición Fe y Libertad, en la que defendió la libertad religiosa durante su intervención como ponente principal.
Esto es relevante porque pone en el foco de la atención pública un asunto que ya está marcando también las políticas de numerosos demócratas y afectará a las elecciones midterm como uno de los asuntos que decidirá el voto de los ciudadanos. Trump ha advertido sobre la naturaleza insidiosa del comunismo / socialismo y su plan para destruir la libertad religiosa porque su ideología no funciona si existe una religión fuerte. Lo vemos claramente si comparamos los casos de Estados Unidos, done la religión sigue jugando un papel importante, mientras en países como España, donde el gobierno socialcomunista ha erosionado y destruido año tras año la influencia religiosa en la sociedad, convirtiendo a buena parte de ésta en una masa manipulable, idiotizada y sin valores sólidos.
La llamada de atención de Trump es oportuna después de que tres candidatos demócratas ganaran las primarias para la Cámara de Representantes el pasado 23 de junio, gracias, en parte, al respaldo del alcalde comunista de Nueva York, Zohran Mamdani.
Tal y como se esta viendo con las políticas comunistas de Mamdani, el desastre acompaña a este tipo de personajes (que se lo pregunten a los españoles con sentido común, que están que trinan con Pedro Sánchez y la caterva de socialistas y comunistas que lo rodean). Simplemente empeoran cuanto tocan y, además, destruyen por completo el modo de vida tradicional estadounidense (o el español, en su caso).
Trump comparó el auge de la ideología comunista y socialista con una lenta infiltración de ideas que suenan atractivas para la gente desinformada y crédula, pero que acaban siendo un desastre absoluto para la sociedad en general (menos para los que se lucran directamente en su órbita de gobierno). Como afirmó Trump: “el comunismo (o el socialismo) es muy fácil de vender, pero lo destruye todo. Sus consecuencias son generalizadas y devastadoras”. Sus palabras reflejan bien lo que implica esa ideología fracasada: “Vivirán en la miseria, no habrá comida, no habrá vivienda, no habrá ejército, no habrá ley ni orden, no habrá nada. Serán habitantes del tercer mundo en todos los sentidos. Y todo el mundo sufrirá o morirá”.
No se puede decir mejor y más acertado. Lo hemos comprobado a lo largo de la historia y en los casos recientes de gobiernos socialistas. Los intentos de instaurar un régimen comunista —tanto en la Unión Soviética y el Bloque del Este, Camboya y Etiopía en el pasado, como en China, Cuba, Corea del Norte, Vietnam y Laos en la actualidad— han causado la muerte y el sufrimiento de millones de personas con regímenes que subyugan a sus ciudadanos. Eso es lo que ha ocurrido durante décadas bajo diferentes denominaciones.
Un informe de 223 páginas de la Comisión de Libertad Religiosa de la Casa Blanca ha expuesto numerosos casos de coacciones y restricciones a la libertad religiosa por parte de gobernantes de tendencia comunista y socialista. Eso que no han puesto la mirada en España, de donde habrían salido asustados por lo que sucede allí.
Para el presidente Trump, es más que oportuno que trabajemos para reforzar el derecho fundamental de la libertad religiosa y, lo que es más importante, para garantizar la libertad de las generaciones venideras lejos del yugo socialista y comunista que pulveriza las libertades.
Trump hace hincapié en la libertad religiosa porque el comunismo no es compatible con ésta y admite que una mayor colaboración entre las Iglesias y el Estado es deseable, así como tender puentes en lugar de levantar muros.
El citado informe incluía sugerencias que Trump también considera interesantes, como promover campañas de “conozca sus derechos” en colegios, lugares de trabajo y hospitales de todo el país, junto con un refuerzo de las protecciones en los colegios públicos y en el Ejército, entre otros grupos e instituciones, para alertar del peligro del comunismo y el socialismo.
Desde el primer mandato, Trump ha advertido constantemente sobre la perversa influencia global de esa ideología nefasta. Ya en la Asamblea General de las Naciones Unidas de 2019, el presidente advirtió a los líderes mundiales sobre el “espectro del socialismo”, describiéndolo como uno de los retos más graves a los que se enfrentan las naciones. No se equivocaba entonces ni se equivoca ahora. Es una amenaza abstracta, pero muy real. Trump dijo en aquel discurso que el socialismo y el comunismo mataron a 100 millones de personas en el siglo pasado, y condenó la “brutal opresión” del pueblo en Cuba, Nicaragua y Venezuela.
Además, Trump ha criticado repetidamente a los demócratas por abrazar el “socialismo radical” en Estados Unidos, ha denunciado propuestas como las fronteras abiertas y el Green New Deal, calificándolas de extremas y que se han demostrado desastrosas.
En su discurso ante la Conferencia sobre Políticas de la Coalición Fe y Libertad, Trump dijo también que es importante proteger la libertad religiosa ante el aumento de la persecución en todo el mundo: “Todos los países comunistas atacan violentamente a las religiones. Forma parte de su estrategia”. Y mencionó las medidas que ha tomado para hacer frente a la persecución de los cristianos en Nigeria.
Trump no está solo en esta batalla. Por ejemplo, Arthur Herman, historiador y autor del nuevo libro “Founder’s Fire: From 1776 to the Age of Trump” (El fuego de los fundadores: de 1776 a la era de Trump), coincide en que el auge del comunismo supone una amenaza para la nación: “El crecimiento del socialismo y del sentimiento socialista, especialmente entre los jóvenes de los Estados Unidos hoy en día, amenaza la economía estadounidense, su crecimiento y su posición global”. Una declaración que se puede extrapolar a numerosos países, entre ellos España y algunos hispanoamericanos.
Arthur Herman ha señalado que 65 millones de chinos murieron a causa de los esfuerzos de Mao Zedong por establecer una nueva China “socialista”, y que entre 25 y 30 millones murieron en la antigua Unión Soviética bajo el comunismo: “La imagen idílica que la generación más joven ha recibido de profesores y mentores con inclinaciones ideológicas sobre el comunismo va en contra de la historia”, declaró Herman. “También es una imagen que va en contra de lo que es, en esencia, la experiencia estadounidense y el excepcionalismo estadounidense”.
En España también han pagado un coste en vidas y en empobrecimiento a costa de la expansión de socialismo antes de la Guerra Civil y después con los sucesivos gobiernos en la etapa “democrática” que se prolonga hasta el día de hoy.
Por todo ello, Donald Trump tiene razón al alertar de la creciente amenaza comunista y socialista dentro de Estados Unidos y está más decidido que nunca a defender los principios de la libertad estadounidense frente a la influencia de las ideas marxistas: “El sistema comunista es lo opuesto al sistema estadounidense, y el sistema comunista nunca ha funcionado. Nuestros guerreros no lucharon contra el comunismo en los campos de batalla de todo el mundo para que esa amenaza volviera a asomar su fea cabeza aquí mismo, en Estados Unidos. No vamos a permitir que eso suceda. Es como un cáncer: hay que extirparlo, hay que extirparlo rápido».
Es otra de las grandes verdades que Trump lanza a la cara y que los medios se niegan a difundir en toda su dimensión o lo tratan con cinismo generalizado. No es nuevo que los intelectuales del establishment han desestimado las preocupaciones sobre el socialismo como retórica diseñada únicamente para avivar una reacción pública. Algunos incluso dieron a entender que Trump está avivando la división ideológica y tildando indiscriminadamente de comunistas a los progresistas, a los socialdemócratas y a los defensores de la intervención gubernamental. Otros argumentaron que no existe un movimiento comunista significativo en Estados Unidos y que la verdadera amenaza para la democracia es el propio presidente.
Sin embargo, descartar las advertencias de Trump nos obligaría a ignorar algunas de las lecciones más importantes de la historia moderna.
En primer lugar, el comunismo tiene el peor historial en materia de derechos humanos de todas las ideologías políticas del mundo. Los regímenes comunistas han encarcelado, torturado y ejecutado a millones de sus propios ciudadanos. Los regímenes socialistas actuales se convierten en tiranía y aplican políticas que perjudican a los ciudadanos. La represión de los opositores políticos no fue sólo un efecto secundario desafortunado de la transición al comunismo; se convirtió en una característica esencial de los regímenes que concentraban el poder absoluto en un solo partido. Los episodios recientes de violencia política en Estados Unidos deberían recordarnos que la transformación revolucionaria no es necesariamente un proceso pacífico.
En segundo lugar, los sistemas económicos socialistas han fracasado sistemáticamente en generar prosperidad. Karl Marx imaginó una sociedad en la que la abolición de la propiedad privada eliminaría la explotación y crearía abundancia. La historia es muy diferente. La planificación centralizada generó repetidamente escasez, ineficiencia y estancamiento. La Unión Soviética finalmente colapsó bajo el peso de sus propias contradicciones económicas. El Gran Salto Adelante de Mao Zedong contribuyó a una de las peores hambrunas de la historia. Incluso hoy en día, Corea del Norte o Cuba siguen siendo dos de los países más pobres y aislados del mundo.
En tercer lugar, la ideología marxista es fundamentalmente incompatible con las libertades garantizadas por la Constitución estadounidense. La libertad de expresión, la libertad de culto, la propiedad privada, un poder judicial independiente y una prensa libre imponen límites al poder del Estado.
La teoría comunista o socialista clásica, por el contrario, concibe una sociedad en la que el Estado o el gobierno controla en última instancia las principales instituciones de la vida económica y social.
La historia demuestra que los gobiernos que buscan ese control rara vez toleran iglesias, escuelas, universidades, redacciones, empresas u oposiciones políticas independientes. Eso lo vemos claramente en España, Nicaragua, etc.
En cuarto lugar, las ideas comunistas fallidas se reintroducen constantemente con un nuevo y atractivo ropaje. Pocos progresistas abogan abiertamente por el establecimiento de un Estado al estilo soviético. Sin embargo, conceptos de moda, como la explotación capitalista, la lucha de clases, la transformación revolucionaria y la división injusta de la sociedad entre opresores y oprimidos, tienen una enorme influencia en las escuelas y universidades estadounidenses. También en las españolas de la mano de profesores de tendencia ultra izquierdista.
En quinto lugar, la experiencia demuestra que las sociedades libres se vuelven más vulnerables cuando olvidan la historia, por eso esos regímenes socialistas la destruyen o la manipulan. A medida que va desapareciendo la generación que vivió la Guerra Fría, los estadounidenses más jóvenes tienen escaso conocimiento de la represión comunista. Para muchos estudiantes, el comunismo parece ser una teoría filosófica interesante, en lugar de una tiranía que gobernó a un tercio de la humanidad a lo largo del siglo XX.
Las encuestas sugieren que los jóvenes suelen expresar actitudes favorables hacia las ideas socialistas sin tener prácticamente ningún conocimiento del historial de los gobiernos comunistas y socialistas. Una sociedad que no logra comprender la historia a través de ella siempre corre el riesgo de repetirla y darse el gran golpe.
La historia nos ha enseñado que las ideas destructivas deben ser expuestas, explicadas, comprendidas y confrontadas. Trump ha sido uno de los pocos líderes occidentales dispuestos a asumir esta tarea. Merece todo el mérito por ello.
Los comunistas prometen igualdad, justicia y liberación, pero siempre han entregado el poder a manos de una élite política. El siglo XX demostró que los sistemas comunistas producen sistemáticamente represión política, fracaso económico e inmenso sufrimiento humano. Estas lecciones no deben olvidarse simplemente porque provienen de Trump, un hombre que es impopular en los medios progresistas y los círculos académicos por ser políticamente incorrecto.
El presidente de Estados Unidos ha empleado con frecuencia un lenguaje provocativo, y algunas personas podrían estar en desacuerdo con su estilo o con algunas de sus políticas. Sin embargo, el sentido común nos exige ver la realidad tal y como es. Y Trump vuelve a tener razón.
A medida que las ideas arraigadas en la ideología marxista y socialista ganan influencia en la vida cultural y política occidental, los estadounidenses (y los españoles, hispanoamericanos, etc) harían bien en examinar con mente abierta los horrores y consecuencias de esta ideología. El tema que plantea Trump merece una atención más seria de la que sus críticos están dispuestos a admitir.