@jsuarez02111977
Hay historias que empiezan en un estadio.
Y hay historias que empiezan en una plaza.
La de Xabi Campos empezó mucho antes de que Abegondo creyera en él. Mucho antes de que Antonio Hidalgo lo llamara para entrenar con el primer equipo. Mucho antes de que el deportivismo empezara a pronunciar su nombre con ilusión.
Empezó donde empiezan las historias de verdad.
Con un balón.
Con un padre.
Y con un banco desde el que yo tuve el privilegio de verlo crecer.
Ahora todo el mundo habla de los fichajes. De los jugadores que han llegado para reforzar al Deportivo. De los nombres que ilusionan a una afición que vuelve a mirar hacia arriba. Y es normal. Cada verano trae caras nuevas y la esperanza de que esta sea la temporada definitiva.
Pero yo no puedo evitar que mi cabeza viaje muchos años atrás.
A aquella plaza.
A Pablo.
Y a un niño que apenas levantaba un palmo del suelo.
Yo me sentaba allí muchas tardes. Veía jugar a los chavales como quien contempla algo cotidiano. Hasta que aparecía él.
Entonces dejaba de ser algo cotidiano.
Solo había que verlo golpear un balón.
Aquella pierna izquierda tenía una manera distinta de entender el fútbol. No necesitaba hacer diez regates para llamar la atención. Bastaba un control. Un pase. Un golpeo. Había una naturalidad imposible de enseñar.
Recuerdo perfectamente pensar que aquel niño tenía algo diferente.
No porque fuera el más rápido.
No porque fuera el más fuerte.
Sino porque el balón parecía querer ir siempre donde él le decía.
Jugaba durante horas con su padre, Pablo. Repetían gestos una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez.
Sin cámaras.
Sin redes sociales.
Sin representantes.
Solo un padre disfrutando del sueño de su hijo.
Nunca imaginé que acabaría viendo a aquel niño entrenando con el primer equipo del Deportivo.
Y, sin embargo, aquí estamos.
Xabi Campos, nacido en A Coruña, zurdo, lateral izquierdo de los que ya casi no existen, fue creciendo en Abegondo hasta convertirse en una de las grandes joyas de la cantera. Tan especial era su comprensión del juego que incluso se llegó a valorar retrasarlo hacia el centro del campo por su capacidad para interpretar el fútbol antes que los demás. Su limpieza con el balón, su inteligencia táctica y esa tranquilidad impropia de su edad fueron abriendo puertas.
No necesitó hacer ruido.
Fue convenciendo a todos con el fútbol.
Con trabajo.
Con humildad.
Con educación.
Porque el talento es maravilloso, pero no sirve absolutamente de nada si no va acompañado de sacrificio. Y si algo define a Xabi Campos no es únicamente su zurda. Es todo lo que no se ve. Las horas invisibles. La constancia. La disciplina. La capacidad para seguir aprendiendo cuando nadie aplaude.
Por eso acabó siendo uno de los jugadores más destacados del Juvenil División de Honor. Por eso dio el salto al Fabril. Y por eso Antonio Hidalgo decidió convertirlo en el único juvenil que comenzó la pretemporada con el primer equipo.
Eso no ocurre por casualidad.
Ocurre porque alguien lleva muchos años haciendo bien las cosas.
Además, Xabi pertenece a la misma quinta que mi hijo.
Y eso hace que todavía me emocione más.
Porque mientras unos soñaban con llegar al fútbol profesional, otros simplemente los veíamos jugar en una plaza cualquiera creyendo que el mundo terminaba en la siguiente farola.
Quién iba a decir que uno de aquellos niños acabaría vistiendo el escudo del Deportivo con los mayores.
Quién iba a decir que aquella zurda que llamaba la atención desde un banco acabaría despertando la ilusión de toda una afición.
El Deportivo necesita buenos fichajes.
Claro que sí.
Los necesita para crecer.
Pero también necesita historias como esta.
Historias que recuerden que el mayor patrimonio de un club nunca son los millones.
Son los niños que un día empiezan a jugar en una plaza con un balón desgastado.
Porque, al final, el fútbol siempre acaba devolviendo lo que recibe.
Y cuando el talento se encuentra con la educación, el esfuerzo y una familia que nunca deja de empujar, pasan cosas como esta.
Pasa Xabi Campos.
Y entonces uno entiende que hay futbolistas que llegan al Deportivo.
Pero hay otros que, sencillamente, nos recuerdan de dónde viene este escudo.
Nos recuerdan que el Deportivo no empieza en un despacho, ni en un mercado de fichajes.
Empieza en una plaza.
En un padre que no deja de lanzar balones.
En un niño que sueña sin saber que un día miles de personas corearán su nombre.
Y en la suerte inmensa de poder decir, muchos años después:
“Yo estuve allí. Yo vi a ese niño. Y ya entonces supe que era diferente.”
Fotografía. RC Deportivo

