Marlaska, el ministro de las mentiras: cuando un Gobierno toma a los españoles por idiotas

Hay algo mucho más peligroso que una frontera desbordada.

Un Gobierno que cree que puede mentir sin consecuencias.

Fernando Grande-Marlaska vuelve a hacerlo. No asume responsabilidades. No reconoce errores. No pide disculpas. Hace algo mucho peor: pretende convencernos de que debemos renunciar al sentido común.

Dice que nadie avisó. Que no existía ningún informe. Que nadie podía prever lo que iba a ocurrir en Ceuta.

¿De verdad?

¿Alguien puede creer que una entrada masiva de decenas de miles de personas se organiza de un día para otro? ¿Que nadie observó la acumulación de personas al otro lado de la frontera? ¿Que las llegadas continuadas durante los días y semanas anteriores no hacían presagiar una situación crítica?

Nos piden que aceptemos una explicación que desafía cualquier lógica.

No hablan para ciudadanos.

Hablan como si se dirigieran a un país de imbéciles.

Ese es el verdadero escándalo.

No solo la presión migratoria.

La mentira.

La costumbre de mentir.

La necesidad permanente de fabricar un relato para proteger al Gobierno aunque para ello haya que insultar la inteligencia de millones de españoles.

Mientras tanto, Marruecos vuelve a demostrar cuál es una de sus armas más eficaces. No necesita tanques. No necesita misiles. La inmigración irregular se ha convertido desde hace años en un poderoso instrumento de presión diplomática. Lo vimos durante la crisis de Ceuta de 2021 y vuelve a aparecer cada vez que las relaciones bilaterales atraviesan momentos delicados.

La historia demuestra que existen muchas formas de conquistar terreno sin disparar un solo tiro. La Marcha Verde sobre el Sáhara fue una de ellas. Hoy la presión migratoria constituye otra herramienta de influencia política que ningún Gobierno responsable debería ignorar.

España, además, mantiene una importante cooperación económica con Marruecos en materia de control migratorio y desarrollo. Precisamente por eso resulta todavía más incomprensible la tibieza con la que, demasiadas veces, nuestros dirigentes señalan responsabilidades cuando se producen episodios de enorme tensión en la frontera.

Porque aquí ya no se trata solo de Marruecos.

Cada país defiende sus intereses.

El problema es que quienes deberían defender los nuestros parecen más preocupados por salvar su imagen que por decir la verdad.

Un Gobierno puede equivocarse.

Lo que no puede hacer es construir su supervivencia sobre la mentira.

Porque cuando un ministro pide a los ciudadanos que crean algo que contradice el sentido común, deja de pedir confianza.

Empieza a exigir obediencia.

Y esa es la mayor falta de respeto que puede cometer un gobernante contra el pueblo al que dice servir.

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