Aubameyang, Angeliño y otros cromos de lustre deberían estar ocupando hoy las barras de los bares, las terrazas de Cuatro Caminos y las tertulias a pie de calle entre la parroquia deportivista. Pero no. La realidad es bastante más pedestre y bastante más cruel. La ilusión de la hinchada está en mínimos históricos y la preocupación por una normativa que roza lo inhumano le gana por goleada al mercado de fichajes.
Mientras tanto, en la cumbre del club, algunos se dedican a canturrear las idílicas hazañas de la pretemporada. Una estampa entrañable, muy al estilo de la Orquesta del Titanic afinando los violines con el agua ya alcanzándoles los tobillos sobre la cubierta del mítico trasatlántico.
La normativa impuesta de forma unilateral a los sufridos habitantes de Marathon Inferior, conviene recordar que LaLiga recomienda, pero no ejecuta, no solo es un despropósito atentatorio contra la dignidad mínima de cualquier persona, sino que encierra un trampa envuelta en papel de regalo. En junio y julio todo era fiesta, abrazos, besos en María Pita y exaltación del deportivismo. Nadie filtró, insinuó ni tuvo el detalle de advertir la digestión que venía despué,: que el club, supuestamente, había sido cosido a sanciones por «incidentes corales» durante el curso.
Y entonces soltaron el bombazo. Se sacaron de la manga un contrato leonino, disfrazado de «condiciones particulares», a ver si colaba de rondón entre el bullicio de las charangas.
Pero la realidad es tozuda y los cuentos se terminan. Cuando se perpetra una medida de semejante calado, las explicaciones no se dan de tapadillo ni mediante intermediarios; se dan al máximo nivel. Da la impresión de que los nuevos rectores confunden a la masa social blanquiazul con una recua de forofos tabernarios a los que se les puede dar gato por liebre. Craso error. Entre esa afición hay jueces, magistrados y doctos en derecho que le dan mil vueltas en materia legal a los voceros de turno. Esos mismos voceros adiestrados para amueblar los dislates de un asesor de seguridad, que de «blanco» solo tiene la gracia del apellido, y de un director de comunicación reconvertido en audaz torquemada, con la correspondiente tropa de lamebotas, encargados de aplaudir el invento.
Menos propaganda y más luz y taquígrafos. Si tanta certeza tienen, que el club publique de una puñetera vez todas y cada una de las resoluciones sancionadoras con su recorrido legal complet, las recurridas, las pagadas sin rechistar y los motivos de semejante sumisión. Todas. No solo las que señalan a los «coros y danzas» de la grada, sino también las que afectan a la nómina de empleados, con sus respectivos costes. Porque claro, abonar multas con la caja llena para tener la fiesta en paz con los poderes establecidos es comodísimo; lo difícil es defender a los tuyos. Sale más a cuenta criminalizar al incómodo para dejar el festival limpio de polvo y paja.
Todo sea para que la Torre de Marathon luzca impecable, se ilumine bien y permita divisar desde su atalaya una panorámica tan exclusiva como excluyente. Eso sí, mientras terminan de adecentar la torre, que nadie dude de que las multas seguirán multiplicándose como estampitas en manos de un incauto.