¿Y si llegó el momento de dejar morir a este Dépor? Hagamos otro

Este artículo aplica una ironía sutil y una mordacidad afilada contra los arquitectos de la hoja de Excel y los analistas de moqueta, esos que parecen convencidos de que la historia del RC Deportivo empezó el día que ellos entraron por la puerta de las oficinas de la Plaza Pontevedra. Ser propietario no comvierte a nadie en dueño del sentimiento deportivista. El objetivo de este artículo es dejar la ironía blindada y el mensaje meridianamente claro.

Por supuesto, no tardarán en salir los todólogos de turno a llamarme loco… demostrando únicamente que ni siquiera han sabido leer lo que hay escrito.

El fútbol moderno compró las acciones pero no entendió la película, por qué empezar desde el barro es la única opción que les da pánico.

Hay preguntas que uno tarda años en atreverse a hacer porque sabe que, una vez pronunciadas, ya no hay manera de volver a meterlas en la boca.

Yo voy a hacer una.

¿Y si llegó el momento de dejar morir a este Deportivo?

Sí. Lo he escrito. Y no, no me tiemblan las manos.

Porque quizás el acto más deportivista que nos queda ya no sea seguir aplaudiendo a una sociedad anónima deportiva simplemente porque mantiene los colores en la tienda oficial. Quizás el último acto de amor hacia el Deportivo que conocimos sea admitir que aquello que amamos está desapareciendo; que el fútbol profesional logró la proeza de convertir los clubes en propiedades, a los aficionados en clientes satisfechos (o resignados) y a los sentimientos en activos que amortizar en la memoria anual.

Y tal vez ha llegado el momento de decir basta.

No hablo de abandonar al Dépor porque pierda. A ver si así lo entienden quienes miden la lealtad en puntos por partido, perder nunca fue el problema. Yo he vivido derrotas, descensos y tardes de lluvia saliendo de Riazor con el corazón aplastado. Eso es fútbol. El problema no es perder; el problema es no reconocerte en el espejo cuando te miras.

Y yo cada vez reconozco menos a este Deportivo.

Lo que la chequera no sabe comprar (por mucho PowerPoint que presente)

A estas alturas conviene recordarlo, por si a alguien en un despacho se le ha olvidado: un club no es una escritura notarial, ni una app para móviles, ni un plan de viabilidad a tres años vista.

Un club de fútbol no debería ser el juguete de fin de semana de un señor con el dinero suficiente para decidirlo todo, mientras miles de personas ponen lo único que la billetera no puede financiar, una vida entera.

El dinero puede pagar nóminas, entrenadores y campañas de marketing. Lo que no viene en el catálogo de fichajes es a un chaval entrando a Riazor de la mano de su padre.

Ahí está la trampa. El dinero compra acciones, pero no compra pertenencia. Paga nóminas, sí, pero no puede comprar una tarde de lluvia en la grada, las lágrimas de un descenso ni la voz rota de una remontada. Ni a los deportivistas que ya no están aquí para ver este fútbol en el que te piden que pidas perdón por sentir.

Por eso resulta hilarante esa doctrina moderna según la cual hay que dar las gracias eternamente a quien pone la pasta. Agradecer el rescate financiero, por supuesto. Arrodillarse y entregar 120 años de historia sentimental en el contrato de compraventa, ni de coña. Eso no venía en la letra pequeña. El Deportivo existía antes de los propietarios actuales, existía antes de nosotros y debería existir después.

La catedral, la fe y los dueños del edificio

Hay algo profundamente perverso, y casi cómico, en el fútbol moderno, han conseguido que el aficionado acepte sumiso que el club es de quien tiene los títulos de propiedad.

Legalmente, impecable. Sentimentalmente, una ridiculez.

Si mañana un fondo de inversión compra todas las acciones de una catedral, pasa a ser dueño del edificio, no de la fe de los que han rezado dentro durante un siglo. Se puede comprar la sociedad mercantil llamada Deportivo; lo que no se puede comprar, por más ceros que le pongan al cheque, es el deportivismo.

Y a los que confunden la fidelidad con la obediencia ciega habrá que aclarárselo despacio. Ser del Dépor no es callar y asentir ante cada decisión corporativa. Precisamente porque soy del Deportivo tengo el derecho, y la obligación, de decir que este modelo no me gusta. No soy aficionado de un consejo de administración ni hincha de un balance de pérdidas y ganancias. Soy de una idea.

¿Miedo a empezar abajo? Miedo tienen los de los despachos

Y aquí llega la pregunta que hace convulsionar a los puristas del negocio: ¿Por qué no empezar otra vez?

¿Por qué tanto drama? ¿Porque habría que empezar en Preferente o en la última categoría? Pues se empieza. ¿Porque no habría estrellas internacionales? Que no las haya. ¿Porque nos tocaría jugar en campos modestos sin focos ni césped híbrido? Perfecto. Igual allí nos acordamos de lo que era ver a once tipos sudando una camiseta sabiendo que detrás hay una comunidad, y no un grupo de inversores impacientes.

A Coruña no cabe en un libro de accionistas. Y si veinte mil deportivistas se van mañana a un campo modesto, el Dépor estará allí, no en el Registro Mercantil.

Prefiero mil veces un equipo humilde gestionado bajo la molesta premisa de «un socio, un voto», que un gigante con pies de barro administrado como una franquicia emocional. Sé lo que implica renunciar a nombres registrados, escudos protegidos por patentes y vitrinas oficiales.

Pero es que el Deportivo nunca vivió en una vitrina. Vivía en la calle.

Si mañana veinte mil personas se marchan a fundar un club nuevo, ¿dónde está el verdadero Dépor? ¿En el despacho donde reposan los títulos accionariales o en la grada donde esa gente vuelve a cantar junta? La respuesta no la da un abogado mercantilista, la da el sentido común.

Habrá quien lea esto, se lleve las manos a la cabeza y me tilde de «romántico trasnochado» o de no entender cómo funciona el fútbol moderno porque tengo muchos años, lo he dicho en el encabezamiento. Ese es, precisamente, el puto problema, que entiendo perfectamente cómo funciona y me parece una estafa emocional.

No pido que nadie cierre la oficina mañana. Pido algo más peligroso para el statu quo, que perdamos el miedo a imaginar alternativas. Que dejemos de comprar la moto de que no hay otra opción. Ascender a Primera es cuestión de presupuesto; conservar el alma de una comunidad cuando la has empaquetado como producto es imposible.

Cuando un rico compra un cuadro, el cuadro es suyo. Cuando compra una empresa, la empresa es suya. Pero cuando pretende comprar un Club de fútbol centenario, debería aprender que hay algo que no se transfiere con la firma, la gente, en erste caso, los deportivistas.

Si algún día esa gente decide que la carcasa ya no vale la pena, tiene todo el derecho a salir por la puerta, bajar al barro, ponerse botas de tacos y volver a empezar desde cero. Con las manos vacías de títulos oficiales, pero con la dignidad intacta.

El Deportivo no debería ser el juguete de nadie, por muy abultada que sea su cuenta corriente. Y si para ser un Club de verdad hay que enseñarle la puerta de salida al fútbol negocio, que preparen el campo modesto.

Nosotros ya sabemos poner la voz. Ellos que se queden con las acciones.

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