Siete vidas dicen que tienen los gatos, y ocho años, uno más que las vidas de los gatos, largos, convulsos y extenuantes, llevan declarando PP y Vox la muerte política del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. La oposición ve cada vez más cerca el momento de estrenar colchón en la Moncloa, celebrando cada embestida mediática o judicial como si fuera el golpe definitivo. Sin embargo, ni el Partido Popular ni Vox parecen haber comprendido aún que llevan tiempo arando en el mar, un empeño infructuoso donde jamás germina alternativa alguna.
En este intento desesperado por derribarlo, la política española ha cruzado todas las líneas rojas imaginables. Han cargado con una ferocidad inusitada contra su entorno personal, señalando a su compañera Begoña Gómez, y han traspasado el último límite ético al salpicar el debate con menciones a sus hijas. Es la impotencia de quien se sabe incapaz de ganar en las urnas la que acude a semejantes artimañas; porque hasta en las contienda más enconadas, los hijos y la familia siempre se habían respetado.
Pero el historial de resistencia del líder socialista no empezó ayer. Pedro Sánchez ha aprendido a gobernar en un alambre permanente, sobreviviendo a crisis que habrían tumbado a cualquier ejecutivo de la democracia. Soportó el impacto atroz del COVID-19 y el mayor confinamiento de nuestra historia reciente; encajó las consecuencias económicas de la guerra en Ucrania y la inflación desbocada; ha capeado tormentas diplomáticas, la última en Ceuta y Marruecos; y resiste la presión asfixiante de una judicialización política alimentada por denuncias de plataformas ultras.
A todo ello se suma un ecosistema plagado de «terroristas de opinión»: periodistas y tertulianos que, regados con millones de euros de dinero público, dinero tuyo y mío, han cambiado el rigor por el servilismo al dictado de quien les paga. Son mercenarios que han dejado de informar para convertirse en simples lacayos por un mendrugo de pan. El acoso es total y diario; incluso ahora, cuando el reciente varapalo judicial pretende dejar sin voto a miles de nietos de la emigración, tratando de estrechar el cerco sobre el censo y sobre las garantías democráticas.
Y, sin embargo, Pedro continúa. Porque este gato es callejero y conoce al detalle cada esquina del tablero político. Sabe por qué tejados transitar y maneja como nadie el arte de esquivar el golpe en el último milisegundo. Cuanta más prisa muestran sus adversarios por desahuciarlo, más les promete una legislatura larga y rocosa. El pueblo, que no es tonto, empieza a mosquearse ante tanto ruido y tanta premura interesada. España es un país impredecible y, mientras la oposición siga gastando su munición contra un fantasma, Pedro I seguirá maullando con fuerza desde el tejado de la Moncloa.