Nunca supimos tanto. Nunca se comprendió tan poco. Por Miguel Abreu

Los resultados de PISA 2025, divulgados esta semana, deberían preocuparnos por razones que van mucho más allá de las clasificaciones escolares. La lectura y las matemáticas volvieron a retroceder, de media, en los países de la OCDE, alcanzando los valores medios más bajos registrados por este estudio, mientras algunos sistemas educativos, entre ellos Estonia, Singapur, Japón o Corea, continúan demostrando que la tendencia no es inevitable. Podemos discutir currículos, profesores, escuelas, teléfonos móviles, familias, políticas educativas y desigualdades. Debemos hacerlo. Pero quizá exista una pregunta anterior a todas esas discusiones y mucho más incómoda. Qué tipo de relación estamos construyendo con el conocimiento? Nunca en la historia de la humanidad tanta información estuvo disponible para tantas personas, de forma tan rápida y tan barata. Llevamos en el bolsillo bibliotecas mayores que aquellas a las que tuvieron acceso muchos de los mayores pensadores de la historia. En segundos podemos consultar un acontecimiento ocurrido hace siglos, conocer un descubrimiento científico publicado ayer, visitar virtualmente un museo situado al otro lado del mundo, leer un periódico extranjero, escuchar una conferencia, traducir un texto o preguntar a una inteligencia artificial prácticamente todo aquello que se nos ocurra. Y, paradójicamente, quizá estemos confundiendo cada vez más el acceso al conocimiento con el conocimiento propiamente dicho. Encontrar información no significa comprenderla. Leer no significa necesariamente pensar. Ver no es observar. Oír no es escuchar. Y recibir una respuesta correcta no significa poseer la capacidad para comprender por qué es correcta. Es aquí donde la inteligencia artificial entra en esta discusión, no como enemiga, sino como un extraordinario revelador de nuestras propias fragilidades. La IA no es el problema. El problema está en quien la utiliza y en la capacidad analítica, cultural y crítica que lleva consigo cuando comienza a utilizarla. Utilizar la inteligencia artificial es fácil. Lo difícil es saber analizar, cuestionar e interpretar aquello que nos devuelve. No basta con saber formular una pregunta. Es necesario poseer conocimiento suficiente para reconocer una respuesta errónea, cultura para identificar una simplificación, espíritu crítico para descubrir un sesgo, capacidad de confrontación para buscar una segunda perspectiva y humildad intelectual para admitir que una respuesta muy convincente puede estar simplemente equivocada. La propia OCDE alerta de que la inteligencia artificial generativa puede apoyar el pensamiento crítico y el aprendizaje cuando se utiliza con intención pedagógica, pero que la transferencia del esfuerzo cognitivo a la máquina puede mejorar el rendimiento inmediato sin producir un verdadero aprendizaje, generando dependencia y aquello que algunos investigadores denominan “pereza metacognitiva”. Quizá, por tanto, el mayor peligro de la inteligencia artificial no sea que las máquinas empiecen a pensar. Quizá sea que nosotros empecemos a considerar innecesario hacerlo. La inteligencia artificial puede multiplicar extraordinariamente la capacidad de quien sabe pensar, pero también puede multiplicar la dependencia de quien nunca aprendió verdaderamente a hacerlo. Y no aprendemos a pensar únicamente porque hayamos asistido a una escuela o porque leamos muchos libros. La pobreza intelectual no nace únicamente de la ausencia de lectura. También puede nacer de la lectura sin diversidad, sin confrontación y sin riesgo. Alguien puede leer decenas de libros al año y permanecer intelectualmente exactamente en el mismo lugar si lee siempre los mismos géneros, los mismos temas, los mismos autores, las mismas perspectivas y, sobre todo, aquello que confirma previamente aquello en lo que ya cree. No se trata de despreciar la novela, la poesía, el cómic o cualquier otro género. Una gran novela puede revelar más sobre la condición humana que muchos tratados académicos. Se trata de rechazar el confinamiento intelectual. Historia, ciencia, filosofía, economía, religión, política, arte, tecnología, antropología, literatura, biografías, autores con los que estamos de acuerdo y autores que nos incomodan. Leer también aquello que, de entrada, no nos gusta. Quizá sobre todo eso. Porque muchos de nuestros gustos y rechazos se construyen antes de conocer verdaderamente aquello que creemos que nos gusta o rechazamos. Basta pensar en la Historia. El mismo acontecimiento observado desde países diferentes, tradiciones historiográficas diferentes o experiencias humanas diferentes puede revelar dimensiones que nunca encontraríamos si permaneciéramos atrapados en una única narrativa. Esto no significa que todas las versiones sean verdaderas, ni que los hechos dependan de la perspectiva de quien los cuenta. Significa únicamente reconocer una evidencia muy sencilla. Si miro un objeto siempre desde el mismo lugar, veo solo una de sus caras. Puedo estudiarla durante años, describirla minuciosamente y convertirme en especialista en ella. Continuaré, sin embargo, sin conocer el objeto entero. Para descubrir el otro lado, tengo que desplazarme o desplazar aquello que observo. Con las ideas sucede lo mismo. Podemos conocer profundamente una cara de la realidad y continuar ignorando la realidad. Para comprender, tenemos que aceptar cambiar de posición. Cambiar de perspectiva no significa necesariamente cambiar de opinión. Significa conceder a la realidad la posibilidad de ser mayor que nuestra opinión sobre ella.

Quizá sea precisamente esa capacidad de desplazamiento interior la que estamos perdiendo. Vivimos rodeados de información, pero cada vez menos dispuestos a concederle tiempo. Hoy consumimos información a la velocidad a la que antes la buscábamos. Entra todo. Noticias, vídeos, opiniones, polémicas, imágenes, mensajes, pequeños escándalos, grandes tragedias, frases, comentarios, estadísticas, rumores, certezas. Todo sirve, todo se ve, casi todo provoca durante algunos segundos algún tipo de reacción. Después llega lo siguiente. Nos hemos convertido en una especie de acumuladores de información. Como alguien que llena una casa de objetos hasta que ya no consigue circular dentro de ella, vamos llenando la mente de contenidos hasta comenzar a tener dificultades para circular dentro de nuestro propio pensamiento. Nunca tuvimos tanto almacenado y quizá nunca haya sido tan difícil distinguir aquello que merece permanecer. Porque la información, para transformarse en conocimiento, necesita un proceso que estamos empezando a considerar demasiado lento. Necesita ser masticada. Rumiada. Digerida. Masticar una idea es desmontarla, interrogarla, experimentar su consistencia. Rumiarla es volver a ella después de la lectura, confrontarla con aquello que ya sabemos, con otras lecturas, con la experiencia, con la duda e incluso con aquello que nos incomodó. Digerirla es finalmente integrarla, modificarla o rechazarla de forma consciente, permitiendo que de ella pueda nacer una idea ordenada y verdaderamente nuestra. Sin digestión intelectual no nace pensamiento. Nace acumulación. Quizá por eso hayamos perdido también el valor del silencio y de ese ocio creativo que no significa pereza, sino espacio interior. Leer y parar. Caminar sin auriculares. Estar algunos minutos sin una pantalla delante de los ojos. Permitir que una idea regrese inesperadamente. Dejar que una pregunta permanezca algún tiempo sin respuesta. Aceptar la incomodidad de no saber. Es frecuentemente en ese intervalo aparentemente inútil donde una idea encuentra otra y algo nuevo comienza a nacer. Pensar exige tiempo sin estímulos, cosas que la economía de la atención detesta profundamente. Y nosotros nos hemos vuelto extraordinariamente impacientes ante todo aquello que no puede comprimirse. Aceleramos vídeos. Saltamos introducciones. Leemos titulares en lugar de noticias. Buscamos resúmenes de libros que ya no tenemos paciencia para leer. Reducimos acontecimientos complejos a publicaciones de unas pocas líneas. Reducimos personas a etiquetas. Y hemos llegado a un punto que considero particularmente revelador: ya no toleramos siquiera la velocidad natural de la voz de otro ser humano. Un mensaje de voz de dos o tres minutos parece demasiado largo. Lo aceleramos. Le quitamos las pausas, comprimimos sus silencios, acortamos sus vacilaciones, porque incluso el tiempo propio de la palabra del otro ha empezado a parecernos excesivo. Podemos continuar comprendiendo todas las palabras y no haber escuchado verdaderamente a esa persona. Porque una voz humana no transporta únicamente información. Transporta ritmo, emoción, duda, cansancio, alegría, respiración, fragilidad. Hay cosas que también se dicen en el intervalo entre dos palabras. Primero aceleramos las máquinas para que acompañaran al ser humano. Ahora empezamos a exigir que el ser humano acelere para acompañar a las máquinas. Y quizá no percibamos la profundidad de esta inversión. El problema no está en el botón que permite escuchar más deprisa. Está en que empecemos a considerar intolerable todo aquello que no se adapta a la velocidad que hemos decidido imponer al mundo. Ver sustituye a observar. Oír sustituye a escuchar. Reaccionar sustituye a reflexionar. Tener opinión sustituye a pensar. Y las plataformas digitales conocen extraordinariamente bien esta fragilidad. Los algoritmos aprenden aquello que nos atrapa, aquello que nos indigna, aquello que tememos, aquello que nos gusta y aquello con lo que estamos de acuerdo. Después nos ofrecen más. Un estudio reciente del Joint Research Centre de la Comisión Europea alerta precisamente sobre el modo en que la sobrecarga informativa, los contenidos emocionalmente movilizadores y las burbujas ideológicamente segregadas pueden estrechar la percepción de la realidad y favorecer aquello que denomina “realidades fracturadas”. Poco a poco, dejamos de buscar aquello que necesitamos conocer y pasamos a consumir aquello que alguien ha decidido colocar delante de nosotros. Lo más inquietante es que podamos continuar convencidos de que lo elegimos todo libremente. Vivimos entonces en una sala de espejos. Vemos nuestra propia opinión repetida por cientos o miles de personas y concluimos que estamos viendo el mundo. Y nos falta precisamente aquello que podría romper ese círculo. Observar en lugar de limitarse a ver, escuchar en lugar de limitarse a oír, buscar en lugar de limitarse a recibir, encontrar deliberadamente aquello que nos contradice y regresar al silencio donde nadie elige por nosotros el pensamiento siguiente. Hay todavía una dimensión más profunda y que raramente entra en esta discusión. La trascendencia. No hablo de religión. Hablo de esa capacidad humana de salir de sí misma, de preguntarse por el sentido, por el bien, por la belleza, por la verdad, por el sufrimiento, por la muerte, por aquello que debemos a los demás y por aquello que vale incluso cuando no produce beneficio, placer o utilidad inmediata. Una civilización puede volverse tecnológicamente extraordinaria y humanamente miserable si deja de preguntarse para qué. Podemos acelerarlo todo. Para qué? Podemos producir más. Para qué? Podemos automatizar una parte creciente de la vida. Para hacer qué con el tiempo que hemos liberado? Si la respuesta es únicamente consumir más estímulos, quizá hayamos perfeccionado extraordinariamente los medios al mismo tiempo que perdemos la capacidad de pensar los fines.

Y es aquí donde aquello que podría parecer únicamente una discusión sobre educación, tecnología o hábitos digitales se transforma en una cuestión política y, antes que eso, en una cuestión de libertad. Una sociedad formada por personas que leen cada vez más dentro de las mismas burbujas, que reciben información sin buscarla, que reaccionan antes de reflexionar, que han perdido la tolerancia al silencio y que delegan progresivamente el esfuerzo de pensar se convierte en una sociedad mucho más fácil de conducir. No es necesario imaginar una conspiración. Basta comprender los mecanismos humanos. La realidad es compleja. Quien no tolera la complejidad busca respuestas simples. La realidad contiene ambigüedades. Quien ha perdido el hábito de la duda busca certezas. La realidad exige responsabilidad. Es mucho más cómodo recibir culpables. La realidad nos obliga a convivir con quien piensa de manera diferente. Es mucho más fácil transformar al adversario en enemigo. Quizá sea también desde aquí desde donde debamos mirar el crecimiento de los extremos políticos y la progresiva atracción que los discursos autoritarios ejercen en diversas sociedades. Decir simplemente que millones de electores son ignorantes, fascistas, comunistas, racistas o cualquier otra etiqueta conveniente no explica prácticamente nada y, frecuentemente, solo los empuja todavía más hacia los lugares donde ya se encuentran. Es necesario intentar comprender por qué tanta gente ha dejado de confiar en las instituciones tradicionales y por qué respuestas radicalmente simplificadoras consiguen movilizar sociedades que disponen de más información que nunca. Y sigo pensando que los extremos se tocan, no porque la extrema derecha y la extrema izquierda defiendan las mismas ideas. No las defienden. Se tocan cuando los métodos de ejercer y conservar el poder empiezan a parecerse. Cuando la verdad pasa a valer únicamente mientras sirve a la causa. Cuando se divide la sociedad entre los buenos y los enemigos. Cuando la propaganda sustituye a la argumentación. Cuando el miedo se transforma en instrumento. Cuando la crítica pasa a considerarse traición. Cuando la lealtad al líder vale más que la lealtad a la verdad. Cuando el bien común permanece en los discursos mientras los beneficios reales se concentran en los elegidos, los próximos y los obedientes. Es también así como la autocracia moderna puede crecer sin necesidad de anunciar formalmente que ha llegado. Puede conservar elecciones, parlamentos, tribunales y una apariencia de normalidad democrática mientras debilita lentamente los contrapoderes, hostiga a quien fiscaliza, procura dominar la narrativa pública y transforma la dependencia, el miedo o la fidelidad en instrumentos de gobierno. Y aquí regresamos al individuo. Un poder autoritario no necesita únicamente personas sin instrucción. Necesita personas previsibles. Personas cuyo miedo consiga activar, cuya indignación consiga orientar, cuya identidad pueda movilizar y cuya visión de la realidad esté suficientemente cerrada para rechazar automáticamente todo aquello que proceda del otro lado. Es por eso que educar para el pensamiento crítico no es una extravagancia académica. Es una cuestión de libertad. Y es también una enorme responsabilidad de quienes hoy son adultos. Los jóvenes que ahora educamos no permanecerán jóvenes. Serán los médicos, enfermeros, investigadores, ingenieros, profesores, empresarios, cuidadores, magistrados, gobernantes y ciudadanos de sociedades europeas mucho más envejecidas. Tendrán que sostener sistemas sociales sometidos a presión, encontrar respuestas para problemas que nosotros no resolvimos, afrontar tecnologías que todavía no existen y cuidar, en muchos casos, precisamente de la generación que hoy debería estar preparándolos para ello. Quizá los necesitemos como la generación intelectualmente más libre, creativa, crítica y capaz de resolver problemas de nuestra historia. Y, sin embargo, podemos estar creando las condiciones para que se conviertan en la generación más acostumbrada a recibir respuestas antes de haber formulado preguntas. Hay algo profundamente irresponsable en esto. Porque, al final, casi todo aquello que creemos poseer es provisional. No poseemos el tiempo, porque se nos escapa. No poseemos definitivamente los bienes, porque permanecen cuando nos marchamos. Ni siquiera poseemos la garantía de nuestra libertad, porque la Historia demuestra cómo puede perderse. Hay, sin embargo, algo que pertenece a la persona simplemente por ser persona y que ningún poder puede legítimamente arrebatarle: su dignidad. Pueden humillarla, perseguirla, silenciarla o tratarla indignamente. La dignidad continúa ahí. Y quizá sea precisamente por eso por lo que todos los poderes que desean dominar comienzan intentando convencer a la persona de que vale menos, de que no necesita pensar, de que alguien sabe mejor que ella, de que basta con obedecer, consumir, repetir o pertenecer. Nunca tuvimos tanto conocimiento al alcance de las manos. Nunca fue tan fácil obtener una respuesta. Pero una civilización no avanza porque acumula respuestas. Avanza porque continúa formando hombres y mujeres capaces de preguntar, dudar, observar, escuchar, confrontar perspectivas, permanecer en silencio y pensar por su propia cabeza. La inteligencia artificial podrá hacer cosas extraordinarias por nosotros. Pero la responsabilidad de ser humanos nunca debería serle entregada. El día en que dejemos que otros piensen por nosotros, no será solo inteligencia lo que estaremos perdiendo. Será libertad.

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