Al final, ¿qué es el amor? Por Miguel Abreu

Desde hace miles de años, el ser humano ama y, casi con la misma insistencia, intenta comprender eso a lo que llama amor. Filósofos, poetas, teólogos, escritores y personas corrientes han intentado expresarlo con palabras. Platón lo buscó entre el deseo, la belleza y el bien. Aristóteles lo pensó también a través de la amistad. San Pablo lo describió menos como una emoción que como una forma de vivir, paciente, generosa, incapaz de alegrarse ante la injusticia. Camões encontró en él una sucesión de contradicciones y escribió que el amor es fuego que arde sin verse. Cervantes mostró también cómo el amor puede nacer de la idealización, del deseo y de la forma en que la mirada transforma a quien es amado. Unamuno lo acercó al dolor y a la compasión. Erich Fromm se preguntó si amar no sería también un arte que se aprende. Podríamos seguir durante páginas y páginas, atravesar culturas, religiones y siglos, y probablemente encontraríamos miles de intentos de responder a la misma pregunta. Y, sin embargo, después de todo lo que se ha pensado, escrito y vivido, seguimos preguntándonos qué es el amor. Tal vez no porque todas esas respuestas hayan fracasado, sino porque ninguna consigue contener por completo aquello de lo que habla. Cada una roza algo que reconocemos. Cada una ilumina una parte. Después llega nuestra propia experiencia y añade otra. Quizá sea inevitable. El amor tiene una dimensión profundamente personal. Amamos desde la persona que somos, desde nuestra historia, desde aquello que hemos recibido, desde nuestras heridas, desde los encuentros que hemos vivido, desde la forma en que hemos sido amados e incluso desde la forma en que no lo hemos sido. Eso hace que dos personas puedan amar de maneras muy distintas sin que una ame menos que la otra. Hay quien necesita decirlo. Hay quien casi nunca encuentra las palabras. Hay quien manifiesta el amor permaneciendo cerca y quien lo demuestra sabiendo dejar espacio. Hay quien lo expresa en el cuidado, en la presencia, en la fidelidad, en un gesto discreto, en una renuncia que nadie ve. La diferencia en la manera de amar no significa ausencia de amor ni incapacidad para comprenderlo. Tal vez no exista una única gramática para amar. Pero eso tampoco significa que cualquier cosa pueda recibir ese nombre. El amor puede ser personal sin ser arbitrario. Y quizá sea precisamente aquí donde la pregunta empieza de verdad a hacerse difícil.

Porque el amor pertenece al mundo del sentir, pero no vive únicamente de lo que sentimos. Hay en él inteligencia, razón, entendimiento, voluntad, libertad y una palabra que quizá utilizamos poco cuando hablamos de amor, discernimiento. Sentir intensamente no significa necesariamente amar. La pasión puede ser arrolladora, puede adelantarse al pensamiento, puede hacernos creer que la intensidad de lo que sentimos es prueba suficiente de la verdad de lo que vivimos. El amor, sin embargo, necesita aprender a preguntar. ¿Qué es verdaderamente bueno para aquel a quien amo? ¿Estoy cuidando o controlando? ¿Estoy protegiendo o poseyendo? ¿Quiero el bien del otro o simplemente quiero que el otro responda a aquello que yo imaginé para él? Es en este punto donde el amor necesita inteligencia. No para convertirse en un cálculo frío, sino para no confundirse con todo aquello que puede imitarlo. Existe una idea filosófica muy antigua que sigue siendo profundamente actual. El mal no siempre se presenta ante la conciencia como mal. Muchas veces se presenta bajo la apariencia de un bien. Podemos herir convencidos de que estamos protegiendo. Podemos privar de libertad creyendo que estamos cuidando. Podemos excluir en nombre de la fidelidad a un grupo. Podemos odiar en nombre del amor a la patria. Podemos destruir el mañana para proteger la comodidad de hoy. Y podemos hacer todo esto sinceramente convencidos de que estamos actuando por amor. La sinceridad, sin embargo, no basta. Por eso el discernimiento se vuelve tan importante. Amar implica también aprender a distinguir el amor del miedo, de la dependencia, de los celos, de la posesión, de la necesidad de reconocimiento y de la proyección de nosotros mismos sobre quien tenemos delante. Tal vez una de las mayores dificultades de amar sea darse cuenta de cuándo aquello que creíamos amor dejó de serlo, o quizá nunca lo fue. Pero también debemos tener cuidado de no convertir el discernimiento en una forma de juzgar cómo aman los demás. Una persona puede reaccionar de manera diferente a nosotros, expresarse menos, hablar menos, elegir otros gestos y, aun así, amar profundamente. El amor no tiene que parecer igual para ser verdadero. El discernimiento comienza, ante todo, dentro de nosotros. Nos obliga a preguntarnos con honestidad qué nos mueve, qué buscamos, qué estamos dispuestos a respetar y hasta qué punto somos capaces de reconocer al otro como alguien que existe más allá de nuestras propias necesidades. Tal vez amar sea también eso, aprender poco a poco a salir de nosotros mismos sin dejar de ser quienes somos.

Y quizá sea precisamente por eso por lo que el amor no se conoce de una vez. No se ama y ya está. Algo comienza, aunque no siempre sepamos explicar por qué. Una presencia que deja de resultarnos indiferente. Una persona, una amistad, una causa, una comunidad, la humanidad, la naturaleza, una belleza que nos toca y pasa a ocupar un lugar dentro de nosotros. Pero lo que ese amor significa solo la vida lo va revelando. Podemos pensar que sabemos amar cuando todo es fácil. Después llega el tiempo. Llega la diferencia. Llega el cansancio. Llega la enfermedad. Llega la distancia. Llega una elección que cuesta. Llega el momento en que quedarse deja de ser cómodo, en que cuidar exige esfuerzo, en que perdonar no parece justo, en que proteger al otro puede significar renunciar a algo nuestro. Es entonces cuando el amor empieza a mostrar dimensiones que antes desconocíamos. No porque haya nacido en ese instante, sino porque la vida ha retirado un velo más. Tal vez el amor se vaya desvelando así, lentamente, a través de aquello que vivimos. Hay cosas que ninguna definición puede enseñarnos antes de que las experimentemos. Podemos haber leído todo sobre el amor y descubrir, muchos años después, que existía en él una capacidad de entrega, de perdón, de resistencia o de libertad que nunca habíamos imaginado. Y quizá ocurra también lo contrario. Podemos descubrir que aquello a lo que durante años llamamos amor era dependencia, necesidad o miedo a quedarnos solos. El amor nos enseña mientras lo vivimos, pero nunca parece entregarnos todo lo que es. Siempre queda algo que se resiste a las palabras. Tal vez porque cada vida añade una experiencia que antes no existía. Tal vez porque una parte del amor solo se comprende cuando llega el momento en que nos vemos obligados a demostrarlo. Tal vez porque, en el fondo, nadie puede saber de antemano todo aquello de lo que el amor llegará a hacerle capaz. Después de miles de años, seguimos por eso ante la misma pregunta. No para encontrar una definición definitiva, sino quizá para aprender a mirar con mayor verdad nuestra propia manera de amar. Después de todo lo que has vivido, de las personas que has amado, de aquello que has recibido, de aquello a lo que has renunciado, de lo que creíste que era amor y de lo que la vida te ha ido enseñando, ¿qué es, para ti, amar? Y ¿qué parte del amor todavía no conoces porque la vida aún no te ha obligado a descubrirla?

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