IN MEMORIAM. Ernesto Vázquez Mariño.

Se nos está quedando La Coruña con más derecho de admisión que el mismísimo Cielo, y uno ya no sabe si pedir la última copa o el acta de defunción. Ha doblado la esquina del tiempo Ernesto Vázquez Mariño, un gran caballero de la vieja escuela coruñesa, de los que sabían llevar la prestancia sin que le pesara el apellido y cruzaban los Cantones con ese andar pausado de quien ya lo ha entendido todo antes de que los demás empecemos a dudar.
Lo echaré mucho en falta paseando por La Solana, El Parrote, a pie y últimamente en su silla de ruedas, echaré de menos con esa sonrisa y el abrazo con que siempre me recibió, me recibe y me recibirá cuando volvamos a encontrarnos.
Se va Ernesto a organizar las tertulias del más allá, donde el humo de los puros ya no molesta a los puritanos y el hielo nunca se deshace en el vaso. No viaja solo en esta última mudanza de la memoria. En los últimos tiempos, el destino —que es un cobrador implacable y con muy poco tacto— ha decidido llevarse a un grande del gran equipo que aunó el talento del doctor Duarte, ese urólogo que aliviaba los cuerpos con la misma precisión con la que se disecciona un enigma; Después de Juan Villamisar, que entendía los códigos de la decencia antes de que los descatalogaran; y a Quesada Zato, otro de los imprescindibles que hacían de esta ciudad un lugar habitable. Cito a los tres últimos decesos que eran cowboys cabalgando por Marineda.
A los cuatro, La Coruña más caballerosa y futbolera les debe una gratitud eterna por su tiempo de oro. Ese oro que no se compra en las joyerías de San Andrés, como la de nuestro amigo Tonecho Amor, otro deportista, sino que se medía en las tardes de entrega desinteresada al Imperator O.A.R., el club de fútbol que es santo y seña de nuestra identidad herculina. Quizás el Club que más caballeros tuvo en sus huestes. Ellos supieron que el fútbol infantil, juvenil y modesto es la única patria donde la épica se escribe con barro en las botas y señorío en el palco.
Seguro que a estas horas ya han montado un rincón con solera al fondo de la barra celestial, libre de las mediocridades del presente. Que la tierra les sea leve, caballeros. La ciudad de La leyenda de Hércules se queda hoy un poco más fría y bastante más vacía.

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