Marineda sin doña Emilia Pardo Bazán: la cobardía de los políticos que usan su nombre para la foto, pero la condenan al olvido en Madrid

Escritor y cronista gastronómico

Emilia Pardo Bazán y de la Rúa-Figueroa (La Coruña, 16 de septiembre de 1851 – Madrid, 12 de mayo de 1921), I condesa de Pardo Bazán, fue una de las escritoras, periodistas e intelectuales españolas más importantes del siglo XIX y principios del XX. Es reconocida internacionalmente por introducir el naturalismo en España.

La condesa vestía bragas con encaje de Camariñas, planchadas con esmero por sus criadas y lucía sostenes para sus generosos senos y fajas para sus carnes, procedentes de los exquisitos talleres de bordados de la ciudad de Marineda y Madrid. Femenina y sensual, tenía los colmillos lo bastante afilados como para morder el siglo XIX en el cuello y dejarlo desangrándose sobre la alfombra de un salón aristocrático. Se llamaba Emilia Pardo Bazán, dicho sea a lo llano, y fue una mujer que cometió el imperdonable error de ser demasiado inteligente en un país donde la lucidez cotizaba a la baja y la hipocresía se vendía en cómodos plazos. Nacida en La Coruña, con un apellido de alcurnia y una biblioteca familiar que usó como salvoconducto para huir de la mediocridad, doña Emilia entendió muy pronto que la literatura no era un adorno para las tardes de té, sino un revólver cargado de realismo sucio.

Trajo a España el naturalismo, esa forma de escribir que huele a verdad, a miseria y a carne sin embalsamar, y la alta sociedad se llevó las manos a la cabeza como si les hubieran mentado a la madre. Escribió Los pazos de Ulloa y retrató la decadencia rural con la precisión de un forense que no se inmuta ante la sangre. Su marido, José Quiroga, un tipo pusilánime que prefería el casino, el humo previsible del cigarro y la comodidad de las apariencias, se asustó tanto del ruido que prefirió pedirle que apagara la pluma. Doña Emilia, que no había nacido para ser el apéndice de nadie, lo mandó directamente a paseo. Prefirió el frío del invierno madrileño y la intemperie de la libertad antes que la calefacción de un matrimonio muerto.

Era una mujer de contradicciones hermosas y feroces. Mantenía las distancias cortas de la aristocracia y comulgaba los domingos, pero en la cama no pedía permiso ni daba explicaciones. Tenía el cuerpo orondo, la sensualidad a flor de piel y una voracidad que dejaba temblando los manuales de urbanidad. Se enamoró de Benito Pérez Galdós y mantuvieron un romance clandestino de hotel barato, carruaje con palafrenero y cartas encendidas. Y cuando a la condesa le dio la gana de tener un desliz con un editor más joven, José Lázaro Galdiano, no se molestó en inventar una coartada de alcoba; se lo confesó a Galdós con esa honestidad brutal que desarma a cualquier hombre que se crea dueño de una mujer que le pone los cuernos con savia más joven. Vivió a su antojo, pagándose sus vicios, sus viajes y sus revistas con el dinero que le daba su propio talento.

La muerte la sacó del bar antes de que empezara la verdadera carnicería. Falleció en 1921, con el título de Condesa bien puesto por Alfonso XIII —otro gran mujeriego— y los bolsillos llenos de literatura.

No llegó a ver cómo en agosto de 1936, unos milicianos del Frente Popular sacaban de la checa del Círculo de Bellas Artes a su único hijo varón, militar de carrera, y a su nieto de diecinueve años, un crío, para fusilarlos crudamente en la Pradera de San Isidro, cogidos padre e hijo de la mano, rebanando de golpe su linaje directo. Tampoco vio cómo el Pazo de Meirás cambiaba de manos como un botín de guerra, ni cómo su casa natal en la Ciudad Vieja coruñesa caía en el abandono por la desidia de unas herederas hartas de los manejos de una ciudad que siempre ha preferido el rencor a la memoria, casona poseída por la brujería literaria de la Academia, un gran y bello caserón barroco en el corazón coruñés.

Doña Emilia reivindicaba la educación para las mujeres porque sabía que la ignorancia es la peor de las cadenas

Hoy, un siglo después, los herederos ideológicos de aquel viejo Frente Popular intentan disfrazar su cadáver. Desfilan por los despachos los pelmazos de siempre, cazadores de subvenciones y biógrafos de la nueva moral que tratan de reducirla a un icono de pancarta y enfrentamiento de sexos. ¿Feminista? No han entendido absolutamente nada. Doña Emilia nunca odió a los hombres; simplemente les ganaba con holgura en su propio juego. Reivindicaba la educación para las mujeres porque sabía que la ignorancia es la peor de las cadenas, pero jamás se rebajó a los compadreos de la política de bajo copete.

Mientras los charlatanes se disputan sus restos para colgarse una medalla ajena, el título legítimo descansa lejos del fango en manos de una pariente lejana y política, Carmen Colmeiro, quien contempla el ruido con ese desdén aristocrático con el que la propia Condesa miraba a los académicos de la RAE que le cerraban las puertas por el simple pecado de llevar faldas, o a los de la RAG por no escribir en gallego, sino el más puro costumbrismo naturalista del pueblo coruñés, madrileño y, sobre todo, gallego, pero escrito en correcto castellano. Doña Emilia vivió con voracidad, fumó el tabaco que le vino en gana, amó a quien quiso y demostró que la inteligencia, al igual que el buen whisky, no entiende de géneros, sino exclusivamente de carácter.

Doña Emilia dejó escrito su último deseo: descansar en su Coruña natal, arropada y envuelta por la bandera de España

Doña Emilia sigue tabicada en el subsuelo de una cripta madrileña, lejos del mar que le rompía en los ojos, esperando que se cumpla un testamento trazado de su propio puño y letra, un legado que hoy cotiza menos que un billete falso en un casino de mala muerte. Dejó escrito, con la caligrafía firme de quien jamás le temió a la posteridad, su último deseo: descansar en su Coruña natal, arropada y envuelta por la bandera de España, sí, la Bandera. Una petición limpia, sin artificios, dotada de una dignidad soberana que hoy provoca sarpullidos en esos despachos donde se administra el olvido por decreto.

No hay arrestos, ni por parte de ningún político local ni autonómico, para conseguir que doña Emilia sea enterrada por fin en Marineda, como cariñosamente llamaba a su amada Coruña. Utilizan su nombre descaradamente para la foto institucional de turno, pero a la hora de reclamar con valor que una ilustre coruñesa descanse en su propia tierra, se ponen de perfil con una cobardía sin parangón.

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