
Hay momentos en los que no dejamos de creer en Dios. Dejamos de reconocer al Dios en quien creíamos. Tal vez todo empiece mucho antes, cuando ni siquiera sabemos todavía que es a Dios a quien buscamos. Hay una ausencia que el ser humano puede sentir antes de saber darle un nombre. Una especie de nostalgia sin memoria clara, sin rostro, sin lugar al que regresar. No hace falta creer para conocerla. Tampoco hace falta negar nada. A veces basta con permanecer en silencio el tiempo suficiente para darse cuenta de que hay preguntas que siguen dentro de nosotros incluso cuando la vida parece llena. De esa inquietud nació aquello a lo que llamé Nostalgia de Dios. No quiero volver ahora a ese camino. Quiero partir de él. Porque llega un momento en que aquella ausencia empieza a adquirir una posible presencia. No necesariamente en una iglesia, ni en una oración, ni siquiera a través de una religión. Puede suceder con el nacimiento de un hijo, ante alguien a quien amamos, frente a la muerte, en el asombro ante la belleza, en ese instante inexplicable en que comprendemos que la vida de otra persona vale más que cualquier utilidad que podamos atribuirle. Hay quien da a eso el nombre de Dios. Hay quien no le da nombre alguno. El problema empieza cuando, después de intuir aquello que nos supera, creemos haberlo comprendido. Cuando pasamos de la búsqueda a la posesión. Cuando dejamos de preguntar y empezamos a decir cómo es Dios, qué quiere, de qué lado está, cuándo debe intervenir y de qué manera debería responder. Tal vez sea aquí donde nazca el primer engaño. No encontramos a Dios. Construimos un dios que somos capaces de comprender. Un dios que cabe en nuestras certezas, que confirma aquello en lo que ya creíamos, que protege como nosotros protegeríamos y que hace justicia como nosotros haríamos justicia. Para quien cree, hay en esta actitud una contradicción difícil de ignorar. La fe dice que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios. Nosotros pasamos demasiadas veces la vida haciendo justamente lo contrario. Creamos un dios a nuestra imagen y semejanza.
Ese dios resulta cómodo mientras la vida no lo contradice. Es fácil reconocerlo cuando todo va bien, cuando una enfermedad no se confirma, cuando alguien regresa a casa, cuando escapamos de un accidente, cuando sucede aquello que pedimos. Damos gracias, y es humano agradecer. Pero basta con mirar un poco más lejos para que la comodidad empiece a deshacerse. Si Dios me protegió a mí, ¿qué le digo a quien lo perdió todo? Si escuchó mi oración, ¿qué le digo a quien rezó con la misma esperanza y recibió el silencio por respuesta? Si salvó a este niño, ¿dónde estaba ante aquel que murió? Estas preguntas no pretenden disminuir la fe. Al contrario. Impiden que la transformemos en una explicación demasiado fácil de la vida. Y quizá sea precisamente cuando Dios deja de corresponder a lo que esperábamos cuando empezamos a comprender cuánto había de nosotros mismos en la imagen que nos habíamos hecho de Él. Queremos que Dios sea justo, pero casi siempre empezamos por definir qué entendemos nosotros por justicia. Queremos que sea bueno, pero también decidimos previamente cómo debería actuar la bondad. Queremos que sea amor, pero imaginamos el amor a partir de nuestra propia experiencia, y nuestra experiencia del amor está lejos de ser pura. Amamos y tenemos miedo. Amamos y queremos saber. Amamos y preguntamos dónde has estado, con quién, por qué no has contestado, por qué has tardado. Decimos que confiamos y, al mismo tiempo, buscamos garantías. Incluso los celos nacen a menudo en ese extraño lugar donde el amor se mezcla con el miedo a perder. Queremos que la persona a la que amamos sea libre, claro, pero deseamos que utilice su libertad para seguir eligiéndonos. Y quizá esta sea una de las razones por las que nos cuesta tanto pensar en un Dios que ame verdaderamente sin poseer. Un Dios que no necesite controlar para seguir amando. Un Dios que acepte que el ser humano pueda decir no, alejarse, negar, destruir incluso aquello que ha recibido. Nosotros no sabemos amar así. Quizá por eso tampoco sepamos reconocer fácilmente un amor así.
Es aquí donde la libertad deja de ser una palabra bonita. Queremos ser libres. Forma parte de nuestra dignidad. No aceptaríamos ser criaturas programadas para obedecer, incapaces de elegir, impedidas de decir no. Pero cuando la libertad humana produce aquello que nos horroriza, empezamos inmediatamente a preguntarnos por qué Dios no intervino. Y tenemos derecho a preguntarlo. Ante una guerra, una violación, un niño asesinado, una población sometida al hambre, un hombre torturado u otro ser humano reducido a la condición de cosa, la pregunta no es abstracta. Tiene carne, sangre y nombre. ¿Dónde está Dios? ¿Por qué no lo impidió? Pero quizá debamos ser capaces de soportar también la siguiente pregunta. ¿Cómo podría impedirlo sin tocar esa libertad que reclamamos para nosotros? Si cada gesto malo fuese interrumpido antes de suceder, si cada arma dejase de disparar en el momento en que alguien decidiera matar, si cada mentira se quedase atrapada en la garganta, si cada traición se volviese imposible, ¿seguiríamos siendo verdaderamente libres o seríamos únicamente marionetas bien comportadas? No tengo una respuesta que resuelva esto. Y desconfío de quien la presenta demasiado deprisa.
La libertad nos ayuda a comprender una parte del mal que nos hacemos unos a otros, pero no explica a un niño con cáncer, una enfermedad degenerativa, un terremoto o una inundación que se lleva a una familia entera. No explica el sufrimiento que no nació de la voluntad de nadie. Y es ahí donde todas las construcciones empiezan a fallar. También la religiosa. Pero quizá el error empiece exactamente en el mismo lugar, en la expectativa de que el mundo físico debería plegarse a nuestras medidas de seguridad, de justicia e incluso de sentido. Queremos un Dios que sea el gestor supremo de las leyes de la naturaleza, que detenga la tierra antes de que tiemble bajo una ciudad, que impida que una célula se transforme en aquello que puede destruir un cuerpo, que suspenda la realidad cada vez que la realidad amenaza a alguien a quien amamos. Queremos un cosmos acogedor, hecho a la medida de nuestra fragilidad. Y cuando esa misma realidad nos enfrenta a una naturaleza que no parece distinguir quién sufre, el problema deja de ser únicamente el sufrimiento. Es también el impacto de comprender que hemos creado un dios para que sea el seguro de vida de una existencia que es, por naturaleza, vulnerable y mortal. Pero reconocerlo no hace que el dolor sea más aceptable. Una madre no necesita saber que el universo obedece a sus leyes cuando su hijo está muriendo. Necesita que su hijo no muera. Y ninguna arquitectura filosófica tiene derecho a pedirle otra cosa. Hay sufrimientos ante los que decir «Dios sabe lo que hace» puede ser mucho más cruel que permanecer en silencio. Hay dolores que no necesitan una justificación, sino a alguien que se quede. Hay momentos en los que la única respuesta intelectualmente honesta consiste en decir que no sabemos. No sabemos por qué le sucede esto a esta persona. No sabemos por qué alguien nace para vivir apenas unos minutos. No sabemos por qué la materia que sostiene nuestra vida también puede destruirla. No sabemos por qué el mundo puede ser, en el mismo instante, de una belleza casi insoportable y de una brutalidad igualmente insoportable. Quizá una parte de nuestra madurez empiece cuando dejamos de exigir que todas las preguntas tengan una respuesta inmediata únicamente para que nosotros podamos seguir estando cómodos.
Aquello a lo que tantas veces llamamos «ausencia de Dios» es la experiencia de que Dios deje de caber en el lugar donde nosotros lo habíamos colocado. Quizá sea por eso por lo que ciertas crisis son tan violentas. No estamos perdiendo únicamente una respuesta. Estamos perdiendo toda una arquitectura. El Dios que protegía no protegió. El Dios que respondía guardó silencio. El Dios que hacía justicia permitió que venciera el injusto. El Dios que imaginábamos cercano pareció distante. Y, en ese momento, podemos abandonar a Dios. O podemos descubrir que aquello que se derrumbó fue otra cosa. Una imagen. Una representación. Un dios. No digo esto para proteger a Dios de las preguntas. Sería demasiado cómodo. Si queremos tomarnos a Dios en serio, también tenemos que dejarlo frente a las preguntas más difíciles. No podemos atribuirle todos los éxitos y después retirarle cualquier relación con el fracaso. No podemos hablar de Su presencia cuando nos conviene y apelar al misterio cuando la realidad se vuelve insoportable. Pero tampoco podemos exigir que Dios corresponda siempre a la idea que nos hemos hecho de Él y, cuando eso no sucede, concluir inmediatamente que ha dejado de existir. Hay algo profundamente humano en este intento de reducir lo desconocido a lo conocido. Lo hacemos con las personas, con el amor, con la vida y también con Dios. Nos gusta saber dónde colocar cada cosa. Necesitamos fronteras, explicaciones, nombres. Quizá sea por eso por lo que nos perturba tanto aquello que no conseguimos dominar. Y Dios, si es Dios, no puede quedar aprisionado por nuestra necesidad de seguridad. Ni por la religión, ni por la filosofía, ni siquiera por la propia negación. También el ateísmo puede, a veces, rechazar no a Dios, sino una determinada imagen de Dios. También el creyente puede pasar toda una vida adorando esa misma imagen. Ninguno de nosotros está a salvo de confundir aquello que piensa con aquello que es. Quizá sea por eso por lo que resulta tan difícil permanecer verdaderamente ante el misterio sin transformarlo inmediatamente en una certeza a nuestro favor.
Y, sin embargo, seguimos aquí. Unos creen, otros no. Unos buscan, otros están convencidos de que no hay nada que buscar. Unos rezan. Otros son incapaces de hacerlo. Otros ni siquiera saben a quién dirigirían una oración. No hay necesidad de borrar estas diferencias. Son reales y deben ser respetadas. Pero todos acabamos, de una forma u otra, ante límites que no controlamos. Amamos a alguien que puede dejarnos. Criamos hijos que no nos pertenecen. Construimos una vida que puede cambiar en una mañana. Hacemos planes dentro de un cuerpo que envejece. Exigimos justicia en un mundo que no siempre la ofrece. Y, ante todo esto, quizá la pregunta por Dios siga naciendo no porque necesitemos una respuesta para tapar aquello que desconocemos, sino precisamente porque algunas preguntas resisten a todas las respuestas que hemos ido acumulando. Hay quien encuentra ahí únicamente la condición humana. Hay quien encuentra el absurdo. Hay quien encuentra a Dios. No sé si estas posibilidades podrán reconciliarse alguna vez. Tampoco sé si necesitan hacerlo. Lo que sé es que el verdadero desasosiego empieza cuando dejamos de preguntarnos únicamente si Dios existe y empezamos a interrogar la imagen que nos hemos hecho de Él. Porque entonces ya no estamos protegidos ni por la fe automática ni por la negación automática. Nos quedamos frente a nosotros mismos, frente a nuestras expectativas, nuestros miedos, nuestra necesidad de control y aquello que realmente buscábamos cuando pronunciábamos, o nos negábamos a pronunciar, la palabra Dios. Cuando Dios parece ausente, ¿es Dios quien está ausente, o es el dios que imaginamos quien ha dejado de responder como esperábamos?