Las gaviotas mensajeras del voto por correo del PP

Hay cosas que en la política española no cambian ni con la conjunción de los astros, aunque en esta ocasión, el PP ha logrado el triple salto mortal con tirabuzón hacia adelante, al cambiar las palomas mensajeras por gaviotas amaestradas en playas de Galicia.

Arranca la precampaña electoral y, como no podía ser de otra manera, el gran debate estrella vuelve a ser el famoso voto por correo. ¡Ay, el correo! Conviene tirar de archivo y hacer memoria de esa noble arte gallega de ajustar cuentas en la distancia. ¿Quién no recuerda cuando el propio Manuel Fraga perdió la Xunta por culpa de aquel misterioso voto de la diáspora americana? Por entonces ya corrieron ríos de tinta, y no faltaban los malicientes que murmuraban que detrás de todo aquello estaba un joven Alberto Núñez Feijóo buscando el retiro dorado de Don Manuel. El plan era sencillo, abrir la puerta a la legislatura bipartita del PSdeG y el BNG con la firme convicción de que, con la fuerza mediática en contra, como asi sucedio, durarían cuatro días mal contados antes de que el «Cíd de Galicia» acudiese a rescatar la «patria asoballada» de las temidas huestes separatistas y socialistas.

Pero claro, lo del voto por correo hay que tomarlo con una buena dosis de guasa y retranca de la buena de Os Peares. Lo que antes era poco menos que un sacrilegio o una herramienta sospechosa, ahora, por mor de la pura estrategia de partido, resulta que vuelve a ser interés nacional o inútil según a quién le convenga en el argumentario. Visto el nivel de los estrategas de partido, no nos extrañaría que los craneotecos de Génova estén ya ideando un sistema electoral con sello gallego auténtico, enviar una gaviota domesticada a cada domicilio para que picotee los cristales de la ventana y avise de que el único voto que realmente vale es el de urna. ¡Cosas veredes, Sancho!

Estamos a las puertas de una campaña que promete ser un verdadero espectáculo de circo romano. No se hablará de solucionar los problemas de la gente, qué va; el guion consiste en recordar con fervor lo que hicieron los otros en el pasado. Escucharemos palabras duras, desde un «hijo de puta» hasta acusaciones de «narcotraficantes en lancha», pasando por los mayores dislates dialécticos.

También quedará al descubierto el pelaje de los periodistas vendidos al dinero y al poder, esos profesionales trileros amestrados que actúan como leones en la pista para despellejar a los compañeros, olvidando algo tan elemental como la ética y la estética de la palabra. Los candidatos salen a la palestra como feroces perros disputándose una suculenta chuleta. Aunque, a decir verdad, para chuletas con solera, ¡mi madriña!, las de aquellos que cobran un pastón todos los meses mientras se dedican a rascarse el escroto cómodamente en el escaño.

Si de verdad alguien tuviese la decencia de querer regenerar la política, cosa que uno pone en duda con fe ciega, lo primero que tendrían que hacer es jubilar con honores a toda esa legión de políticos amortizados que llevan media vida chupando del bote. Unos viviendo de la mamandurria y otros aplaudiendo con aspas de molino, como si estuviesen en una grada de coliseo, sin levantar la cabeza de la tarta. Y mientras tanto, el pueblo al que dicen defender, pagando el billete de este eterno carrusel.

Así que, avante toda con la farsa y que siga el circo. Porque por mucho que disfracen los sondeos y nos lancen gaviotas mensajeras, al final ocurre lo que advertían los sabios de aldea de Galicia: Pepe… está chovendo. Non, Manuel, non chove: estánnos mexando enriba e aínda pretenden que demos as grazas. (Pepe… está lloviendo. No Manuel, no llueve, están meando por encima de nosotros y aun pretenden que demos las gracias)

Bo acougo

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