UCIN Galicia
Hay imágenes que deberían hacernos reflexionar profundamente sobre el momento político que estamos viviendo. Los incidentes ocurridos ayer en A Coruña, cuyas circunstancias deben esclarecerse con rigor, vuelven a poner sobre la mesa una pregunta inevitable: ¿es este el modelo de convivencia y de gobernabilidad que queremos para Galicia?
Lo digo con absoluta claridad: nuestra tierra no puede permitirse un retroceso hacia la confrontación, el radicalismo y una forma de hacer política que sustituya las ideas por la imposición. La sociedad gallega merece mucho más que enfrentamientos, tensión permanente y disputas partidistas que no hacen más que alejar a los ciudadanos de las instituciones.
PP, PSOE, Vox y BNG representan proyectos políticos diferentes, pero ninguno debería olvidar que la democracia exige respeto, responsabilidad y capacidad para convivir con quien piensa de otra manera. La pluralidad política no puede convertirse en una excusa para alimentar la división ni para justificar comportamientos que deterioren la convivencia ciudadana.
Mi preocupación se centra especialmente en el radicalismo que, a mi juicio, representa una parte del nacionalismo gallego. En el caso del BNG, considero necesario abrir un debate sincero sobre el peso político e ideológico de la UPG y sobre la influencia que ejerce dentro de su proyecto. Los ciudadanos tienen derecho a conocer qué ideas orientan las decisiones políticas y qué papel desempeñan las distintas corrientes dentro de las organizaciones que aspiran a gobernar.
Galicia no necesita volver a debates anclados en viejas confrontaciones ideológicas. Necesita mirar al futuro, defender la libertad, fortalecer los servicios públicos y ofrecer oportunidades reales a quienes viven y trabajan aquí. Las prioridades de una familia en A Coruña, Santiago, Lugo, Ourense o en cualquier municipio gallego no son las batallas internas de los partidos, sino llegar a fin de mes, acceder a una vivienda asequible, recibir una atención sanitaria digna y tener perspectivas de futuro.
Me preocupa profundamente una política instalada en otra época, que actúa como si todavía viviéramos en disputas medievales, con bandos enfrentados y adversarios a los que derrotar en lugar de ciudadanos a los que representar. El resultado es una gestión cada vez más distante de la calle, incapaz de escuchar y demasiado acostumbrada a confundir la confrontación con la firmeza.
A este escenario de radicalismo se suma la lógica preocupación ciudadana por la corrupción, la falta de transparencia y los privilegios que salpican la vida pública. La corrupción no tiene siglas ni justificación ideológica: cuando existen indicios, deben investigarse; cuando se acreditan responsabilidades, deben asumirse. La regeneración democrática debe aplicarse a todos, sin excepciones ni dobles varas de medir.
No escribo estas líneas para defender a una sigla frente a otra. Lo hago porque estoy convencido de que Galicia necesita recuperar el sentido común, la moderación y el respeto. No podemos aceptar que la política se convierta en un espectáculo de enfrentamientos mientras los problemas reales siguen esperando soluciones.
La kale borroka, entendida como expresión de violencia callejera vinculada a la confrontación política, no puede tener cabida bajo ningún concepto en una sociedad democrática. Tampoco la tienen las amenazas, la intimidación ni la pretensión de silenciar al discrepante. La violencia debe rechazarse venga de donde venga, y cualquier incidente exige un análisis riguroso, evitando caer en criminalizaciones colectivas precipitadas pero sin blanquear jamás el extremismo.
Galicia ha demostrado históricamente que sabe convivir, dialogar y avanzar desde la diversidad. No merece regresar al oscurantismo, a las trincheras ideológicas ni a una dinámica que pretenda dividir a los gallegos entre «buenos y malos» según su ideología.
Yo apuesto por otra forma de hacer política: una acción municipalista, cercana, transparente y centrada en las personas. Una política que no pregunte primero a qué partido pertenece un ciudadano, sino qué problema tiene y cómo podemos ayudarle a resolverlo.
Porque gobernar no consiste en levantar muros, alimentar enfrentamientos o imponer una determinada visión dogmática. Gobernar consiste en escuchar, gestionar, rendir cuentas y mejorar la vida de la gente.
Galicia necesita menos radicalismo y más responsabilidad; menos trincheras y más soluciones; menos política de bandos y más respeto a la ciudadanía. No podemos permitir que el pasado condicione nuestro futuro: la convivencia democrática no es negociable y el progreso de Galicia debe estar siempre por encima de cualquier sigla.