Infantilización, analfabetismo crítico y familia. El peligro de una sociedad sin referentes. Por Miguel Abreu

«No sé si la sociedad actual está dispuesta a asumir el nivel de sacrificio que hicieron nuestros padres y nuestros abuelos para tener una vivienda». Estas palabras, pronunciadas por Benjamim Pereira, presidente del Instituto de la Vivienda y la Rehabilitación Urbana de Portugal, desencadenaron una polémica nacional. Pero conviene empezar por comprender lo que realmente se dijo. Benjamim Pereira no afirmó que la sociedad actual fuera incapaz de hacer sacrificios. Cuestionó su disposición a asumirlos. Y entre una duda y una afirmación existe una diferencia que no debería pasar inadvertida a quienes interpretan, informan o comentan. La cuestión podría haber suscitado una reflexión seria, incluso entre quienes discrepan de la comparación entre generaciones. El periodismo tiene el deber de investigar, contrastar y plantear preguntas incómodas. Pero informar exige escuchar, contextualizar y buscar la verdad, no seleccionar aquello que promete mayor polémica. La indignación pública y la manipulación de la información no nacieron con las redes sociales. Lo que ha cambiado es la velocidad con la que una interpretación se difunde y puede transformarse en una convicción colectiva antes de que los hechos hayan sido debidamente comprendidos. Las emociones forman parte de la experiencia humana y también del discernimiento moral. El problema comienza cuando la reacción emocional sustituye a la reflexión y la indignación ajena ocupa el lugar de nuestro propio juicio. También quienes gobiernan deben resistirse a la tentación de seguir cada movimiento de la opinión pública por miedo a desagradar. Reconocer un error es un signo de grandeza. Renunciar a la propia dignidad para conservar un cargo sería algo muy distinto. La dignidad no tiene precio.

Quizá el problema más profundo sea una forma de analfabetismo que no se mide por la capacidad de leer o escribir, ni por los títulos académicos acumulados. Me refiero a la dificultad para interpretar de manera autónoma, distinguir los hechos de las opiniones, comprender el contexto y formarse un criterio propio. Nunca habíamos tenido tanta información a nuestro alcance y quizá nunca había sido tan fácil confundir estar informado con saber pensar. Podemos acumular conocimientos y defender con enorme convicción ideas que jamás hemos sometido a nuestro propio discernimiento. Pensar críticamente no significa desconfiar de todo, llevar sistemáticamente la contraria o considerar que nuestra opinión tiene el mismo valor que el conocimiento debidamente fundamentado. Significa escuchar, contrastar argumentos, reconocer nuestros propios prejuicios y admitir que podemos estar equivocados. Exige libertad interior, valentía intelectual y humildad ante la verdad, incluida la capacidad de reconocer lo que desconocemos. Cuando perdemos esta capacidad, nos volvemos vulnerables a la manipulación, incluso creyéndonos libres. No es necesario impedir que alguien piense cuando esa persona se ha acostumbrado a delegar en otros la responsabilidad de pensar por sí misma. Y una de las formas más inquietantes de dependencia es precisamente aquella de la que no somos conscientes.

Es en este terreno donde crece lo que considero una forma de infantilización de la sociedad, y sería injusto atribuírsela únicamente a los jóvenes. No me refiero a la dependencia económica de quienes, pese a trabajar y asumir responsabilidades, encuentran obstáculos reales para alcanzar su autonomía. Una persona puede depender económicamente de sus padres y ser extraordinariamente madura. Otra puede disfrutar de independencia económica y mostrar una profunda inmadurez cívica y moral. Me refiero a la dificultad, presente también en muchos adultos, para aceptar límites, cumplir deberes, afrontar contrariedades, tomar decisiones y asumir las consecuencias de sus propias elecciones. Decidir implica con frecuencia renunciar a otras posibilidades, y la madurez también se manifiesta en la capacidad de aceptar aquello a lo que renunciamos en favor de lo que elegimos. No podemos pretender disfrutar de todas las ventajas sin asumir los compromisos que conllevan. Se confunden los derechos con la satisfacción de los deseos, la libertad con la ausencia de obligaciones y, en ocasiones, cualquier sacrificio con una injusticia. Existen desigualdades que deben combatirse y sacrificios que nadie debería verse obligado a soportar. Pero combatir la injusticia no significa eliminar la responsabilidad. Tampoco debemos convertir a las generaciones en adversarias. Las dificultades que afrontan actualmente los jóvenes, especialmente para acceder a una vivienda, no borran los sacrificios de las generaciones anteriores. Ni esos sacrificios restan gravedad a los problemas presentes. Una sociedad madura debe crear oportunidades justas y, al mismo tiempo, formar personas capaces de decidir, perseverar y responder de sus propias elecciones.

Es aquí donde la familia adquiere una importancia fundamental. La familia es la célula fundamental de la sociedad, el primer espacio de formación humana, donde se establecen los vínculos y los referentes que nos acompañan a lo largo de la vida. No me refiero a un único modelo familiar ni a una visión idealizada del pasado. Hablo de la familia como primera comunidad humana, donde empezamos a descubrir que no somos el centro del mundo, donde aprendemos a amar, compartir, respetar, esperar, reconocer límites y asumir responsabilidades. La familia no existe únicamente para proporcionar seguridad material y afectiva. Tiene también una misión educativa que ninguna institución puede sustituir plenamente. Cuando los adultos renuncian a las responsabilidades inherentes a su papel de padre o madre para evitar conflictos, cuando confunden el amor con la satisfacción permanente de los deseos o la cercanía con la ausencia de autoridad, pueden estar privando a sus hijos de herramientas esenciales para afrontar la vida. Educar también significa decir no y enseñar a esperar. Pero educar no consiste en imponer a los hijos lo que deben pensar. Consiste en transmitir principios, referentes y capacidad de discernimiento para que construyan su propio pensamiento, incluso cuando este sea diferente del de sus padres. La verdadera autoridad educativa no busca la obediencia a través del miedo, sino la formación de personas libres, conscientes de sus deberes y responsables de sus decisiones. Naturalmente, no todas las familias disponen de las mismas condiciones materiales, de tiempo o de estabilidad para desempeñar plenamente esta misión. Una sociedad que reconoce la importancia de la familia también debe crear las condiciones necesarias para que pueda cuidar y educar, sin privarla de esa responsabilidad. Si la familia es la célula fundamental de la sociedad, su debilitamiento no puede considerarse únicamente una cuestión privada. Lo que en ella se construye, o se deja de construir, repercute en la escuela, en el trabajo, en las instituciones y en la propia convivencia democrática, con consecuencias que pueden prolongarse durante generaciones.

Creo que la mayoría de los padres desearían que sus hijos vivieran en un mundo sin guerras, hambre ni violencia, donde todos pudieran disfrutar de una vida digna. Pero desear ese mundo no basta. ¿Qué estamos haciendo realmente, como sociedad, para construirlo? Amar a los hijos no significa darles más bienes materiales de los que tuvimos, entregarles todo aquello que conquistamos o protegerlos de cualquier contrariedad. Significa ofrecerles más amor, ternura, cariño, educación, referentes y oportunidades para que construyan su propio camino. La autonomía no comienza necesariamente cuando alguien abandona el hogar familiar. Empieza a construirse dentro de la propia familia, cuando aprendemos a decidir y a asumir las consecuencias de nuestras elecciones. Y lo que hoy enseñamos, o dejamos de enseñar, tendrá consecuencias que quizá solo comprendamos plenamente cuando seamos nosotros quienes necesitemos de los demás. Vivimos cada vez más años, pero una vida más larga no garantiza que conservemos indefinidamente nuestra autonomía. Llegará un momento en el que muchos dependeremos de otras personas para beber un vaso de agua, cuidar de nuestra higiene íntima, alimentarnos o simplemente salir de casa. Entonces, una parte esencial de nuestra vida quedará confiada a los valores, la sensibilidad y el sentido de la responsabilidad de las generaciones que hoy estamos educando. ¿Qué sociedad estaremos preparando para cuidar de quienes ya no pueden cuidar de sí mismos? ¿Qué lugar reservaremos a quienes hayan perdido autonomía, productividad o capacidad para hacerse oír? La dignidad humana no disminuye con la pérdida de autonomía ni depende de la capacidad de producir, decidir o corresponder. Una civilización revela su verdadera dimensión moral en la forma en que trata a quienes ya no tienen fuerzas para exigir respeto.

Por eso considero insuficiente abordar estas cuestiones únicamente desde las políticas públicas, los indicadores económicos o los programas electorales. Todo ello es necesario, pero no basta. Ninguna legislación sustituye la formación de la conciencia, ni la transmisión de conocimientos hace innecesaria la educación para el discernimiento. Una sociedad que pierde el sentido de la responsabilidad hacia los demás compromete los propios fundamentos de la convivencia. Es una cuestión de corresponsabilidad, en la que cada persona y cada institución deben asumir lo que les corresponde, sin trasladar sistemáticamente a otros las consecuencias de sus propias decisiones u omisiones. Necesitamos recuperar el valor de la familia, la exigencia intelectual de la escuela, la integridad del periodismo, la responsabilidad de las instituciones y el valor de unos dirigentes capaces de pensar más allá de la popularidad inmediata. Necesitamos, sobre todo, dejar de confundir la aprobación de la mayoría con la verdad y recuperar la capacidad de discrepar con respeto, escuchar sin prejuicios y pensar sin depender de la opinión dominante. El pensamiento no se mide en aplausos ni en número de seguidores. Y la libertad no se agota en la posibilidad de hablar o circular libremente. Exige también el valor de no renunciar a la propia conciencia, incluso cuando hacerlo tiene un coste. La polémica que dio origen a esta reflexión terminará desapareciendo, sustituida por tantas otras. Pero las consecuencias de nuestras decisiones permanecerán. Quizá el verdadero peligro no esté en una sociedad menos dispuesta al sacrificio, sino en una sociedad que ha dejado de comprender por qué existen valores por los que merece la pena sacrificar algo. Y cuando algún día dependamos de aquellos a quienes hoy estamos educando, ya no podremos ignorar las consecuencias de la sociedad que hemos contribuido a construir.

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