Zubi

Escritor

Supongo que le sucede a todo conductor, y me refiero a evitar pasar por encima de un cadáver de animal sobre el asfalto de la carretera: aun sabiendo que ningún daño puede causarle al cuerpecito, da cosa atropellarlo.

Nos pasó recientemente mientras cruzábamos un largo puente. Yacía una bola blanca en plena mediana, y de hecho los coches la esquivaban, tal como de hecho hicimos nosotros. No contento con la desagradable visión, le pedí a mi mujer que aparcase un momento, por ver qué tipo de animal era, pues no identifiqué yo no ya la especie, sino la clase: ¿ave o mamífero? Mientras me acercaba al bulto, aprecié con claridad que se trataba de un bichito peludo (mamífero, en consecuencia), que se presentó ante mis ojos como el cadáver de un gatito de muy corta edad. Resolví depositarlo en el arcén, precisamente por evitar la desagradable visión a los siguientes conductores. Pero cambié de opinión ipso facto, al descubrir ―con el consiguiente sobresalto― que el minino estaba vivito y coleando, sin el menor rasguño, además. En estado de shock, volví al coche con él en la palma de la mano. Regresamos de inmediato a nuestro punto de partida, mientras contábamos por teléfono nuestro increíble hallazgo a una vecina gatera con amplia experiencia en estas lides. Paralelamente, no llegábamos a entender cómo demonios había llegado allí aquella cosita, por cuanto nos pareció muy poco probable el hipotético despiste de una mamá gata en pleno traslado de prole. Llegamos a la conclusión de que quizá se hubiera caído de los bajos del vehículo donde la familia pasó la noche para calentarse. La teoría tampoco cuadraba demasiado, mas cualquier otra resultaba inverosímil. En el pueblo algunos nos regalaron otras hipótesis, pero prefiero ahorrarles detalles, pues oscilan entre estos poco virtuosos y criminales.

La vecina no puso reparo alguno al nuevo residente, y en apenas una hora tenía el pequeñajo todo el ajuar necesario para su supervivencia, que en cualquier caso dependería de su estado de salud, y no tanto del encomiable tesón protector de su ya madre humana.

Zubi (le bautizamos de inmediato con ese nombre vasco: «puente») agradeció desde el primer momento la indisimulada atención desplegada por su mamá y padrinos (nosotros mismos). Se aferraba al biberón como si no hubiera un mañana, o precisamente porque eso era lo que deseaba: sobrevivir al hoy para ganar un mañana regalado que hasta los gatitos de apenas una semana adivinan incluso antes de abrir los ojos.

Zubi crece un poco cada día, abrió sus ojillos azules al poco de llegar a su nuevo y cálido hogar, y sabe ya más que los ratones coloraos, es de suponer que porque no tiene otro quehacer que pillar cada detalle de la jornada y sacarle todo el jugo posible. Al principio se despertaba en plena noche y exigía su ración de condumio líquido a maullido en grito, pero ahora duerme hasta que el sol le calienta su carita de rey león, sabiendo asegurados comida y amor humano. Tras quedar ahíto, se echa un sueñecito en el regazo de la mama, quien aguanta el amasado de sus «protogarras» con esa resignación que la sabia naturaleza regaló a las mujeres desde el albor de los tiempos, demostrando con ello su reconocida sapiencia.

¡Qué cosas tiene el destino, que a veces hace coincidir las piezas para que todo cuadre y el desamparado se agarre a la mínima oportunidad que se le presenta!

Solo quería dejar constancia escrita de tan particular suceso personal, y reflexionar de paso sobre la fragilidad de la vida en general y de la vida de los animales en particular, siempre en contacto con la parca, esa que le esperaba a Zubi en el puente aquella luminosa mañana de septiembre, nunca sabremos si por un desgraciado accidente o por una malhadada alma negra. Todo forma parte de un mismo escenario, tan entrañable como rudo: conductores que ni aflojan la marcha, otros que lo hacen curiosos por saber la especie del finado, corazones que se afligen al apreciar de sopetón la vida sobre el asfalto, mamás que acogen a uno más en su ya numerosa familia…

La vida sigue. Y si es buena, como la de Zubi, tanto mejor.

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