Doce campanadas, doce uvas, y el puto drama nacional de la nada. Por Jesús Suárez

@jsuarez02111977

Vamos al grano: ¿de qué coño sirve preguntarse si las campanadas son del año que se va o del año que llega? En serio, ¿no tenéis nada mejor que hacer? El país se cae a pedazos, el planeta arde, la gente sigue votando a imbéciles, y aquí estamos, jugando a los filósofos de bar con una pregunta que no tiene ni la más mínima relevancia. Pero claro, es España. Donde no hay problema, lo inventamos. Y si además se puede debatir con la boca llena de uvas, mejor que mejor.

Primero, los nostálgicos. Los del drama lacrimógeno de que las campanadas son el réquiem del año viejo. Qué bonito, oye. Doce campanadas como si fueran los últimos suspiros de un moribundo, mientras tú, con la sensibilidad de un carnicero, te atragantas con uvas baratas que no saben ni a fruta. ¿Por qué no lloras un poco más por ese año que, si somos sinceros, ha sido tan asqueroso como los anteriores? Enero: estabas ya hasta los huevos. Marzo: el mundo seguía igual de jodido. Agosto: demasiado calor para vivir. Pero nada, ahí estás, masticando como un idiota y pensando que este funeral de segunda clase significa algo.

Y luego están los otros. Los “entusiastas”. Los que creen que las campanadas son del nuevo año. Doce golpes de esperanza, dicen. Doce oportunidades, dicen. Doce razones para creer, dicen. ¿Creer en qué, alma de cántaro? ¿En que vas a ser una persona distinta el 1 de enero? No lo serás. Seguirás siendo el mismo pringado que siempre llega tarde, siempre promete y nunca cumple, y siempre acaba comiendo precocinados porque ni freír un huevo sabes. Doce campanadas para autoengañarte un año más. Un aplauso, de verdad. Qué nivel de autodelirio manejamos aquí.

Y, claro, las uvas. Esa fruta estúpida que simboliza nuestra necesidad de hacer el ridículo en grupo. Porque si no comes las uvas, te cae la mirada de desprecio de toda la familia. “¿No vas a tomar uvas? Qué rara eres, hija”. Como si no tuvieras derecho a no participar en esta charada nacional. Doce uvas. Doce. Porque alguien hace un siglo decidió que comerte una por cada campanada era una idea brillante. Ese alguien, probablemente, estaba borracho o simplemente era un cabrón con mucho tiempo libre.

Pero, eh, no vamos a dejar que la lógica arruine una buena tradición, ¿verdad? Como lo de las uvas con pepitas. ¡Pepitas, joder! Estamos en 2024, tenemos inteligencia artificial y viajes espaciales comerciales, pero seguimos tragando pepitas porque, al parecer, en este país progresamos en todo menos en no ser unos desgraciados.

¿Y sabes qué es lo peor? Que toda esta mierda no significa nada. Da igual si las campanadas son del viejo o del nuevo año. Da igual si te atragantas en la primera, en la sexta o en la última. Al final, lo único que cuenta es que en enero volverás a tu vida de siempre: quejándote, procrastinando, y pidiendo comida a domicilio porque, por supuesto, no has cambiado un carajo.

Así que, por favor, deja de dar la tabarra con el tema. Las campanadas son lo que tú quieras que sean. Viejo, nuevo, o simplemente una excusa para que te olvides por un segundo de que la vida es un circo y tú no eres más que un payaso tragando uvas para encajar. Fin del debate. Fin de la estupidez. Fin de tu dignidad.

Comparte éste artículo
No hay comentarios