Jesús Suárez
Cuando mi madre dijo que no me veía en Bachillerato, me lo soltó como quien anuncia que va a llover. Ni un atisbo de dramatismo. “Tú, Formación Profesional”, dijo con la misma serenidad con la que preparaba la cena. Ella, que había pasado toda su vida convencida de que la educación lo era todo, también sabía distinguir a un hijo aplicado de uno que aprendía a trompicones. Yo era de los segundos, un malabarista que aprobaba o suspendía dependiendo del viento. Era práctica, mi madre. Por eso, cuando se dio cuenta de que el camino recto no era para mí, decidió buscarme una vía alternativa.
Hasta entonces, mi vida había transcurrido entre el colegio público de Miño y el 600 blanco con el que cruzábamos cada día la carretera General. Era 1982, la autopista aún no existía, y los kilómetros se acumulaban entre curvas, árboles y una banda sonora de los casetes que mi madre insistía en llevar. En aquel entonces, el mundo era pequeño. Miño era pequeño. No había grandes ciudades, ni prisas, ni sueños más allá del horizonte inmediato. Crecí rodeado de monte y Eucaliptos y patios de colegio donde los balonazos eran moneda de cambio. Un universo donde las cosas parecían ordenadas, predecibles.
Y entonces llegó La Grela. Mi madre me inscribió en el Politecnico, tambien llamado Diego Delicado Marañón, un instituto que sonaba a ilustre científico, pero que en realidad era el epicentro de una realidad que jamás habría imaginado. Llegar allí fue como pasar de golpe de un pueblo perdido a las calles de Nueva York. La entrada principal daba a la Avenida de Arteixo y la secundaria estaba justo enfrente de la fábrica de Estrella Galicia, un edificio imponente que parecía vigilar el instituto con sus chimeneas y su olor a lupulo.
En los años noventa, estudiar FP era casi como tatuarte un “no voy a llegar a nada” en la frente. Los que acababan allí eran los que habían rebotado de todo lo demás. Los que no encajaban. Los que parecían destinados a rellenar las estadísticas de paro. Y no era solo un prejuicio social; era una verdad que podías respirar en los pasillos. Al entrar, te sentías como si cruzaras las puertas de una cárcel americana de esas que salían en las películas. Unos ojos te observaban desde las esquinas, midiendo si eras un novato fácil de intimidar. La diferencia es que, en lugar de monos naranjas, llevábamos carpetas con forros de los Guns N’ Roses o AC/DC, y los cigarrillos estaban más presentes que los libros.
El primer día fue un bautizo de fuego. En el pasillo, un tipo de segundo —alto, con un chándal que le quedaba grande y una cicatriz que cruzaba su ceja izquierda— me bloqueó el paso. Me pidió un cigarro. No fumaba, y eso le hizo reír. “Espabilarás”, me soltó mientras me dejaba pasar con un codazo en las costillas que aún recuerdo. Y sí, espabilé. En el Politecnico, aprendías rápido o te comían. No había términos medios.
Las clases eran otra cosa. Mi especialidad, informática, tenía algo de ciencia ficción para mí. Ordenadores, cables, placas base. Era como desmontar y montar cerebros de metal, y aunque al principio me perdía, empecé a encontrarle el gusto. Pero lo que más aprendí en aquel instituto no venía de los manuales de electrónica. Venía del ruido. Del recreo, donde los grupos se formaban y deshacían según códigos invisibles. Del baño, donde los fumadores se refugiaban y donde alguna vez vi un par de peleas rápidas, como fogonazos. De la linea 11, el autobús de la mañana, que nos dejaba frente al antiguo Vioño para encontrarnos con Estrella Galicia, ese gigante que nos recordaba que el mundo real estaba al otro lado de la avenida de Arteixo.
Recuerdo que a veces, mientras esperaba para entrar al instituto, miraba a la gente que entraba y salía de la fábrica. Eran adultos, con trajes y carpetas, ocupados en algo que yo no entendía, pero que parecía importante. Me preguntaba si alguno de ellos habría pasado por un sitio como el Politenico. Si habrían salido de esa selva con algo más que cicatrices. La respuesta, claro, estaba allí mismo, en las aulas. Porque, aunque pocos lo admitieran, la FP era una tabla de salvación. Los que sobrevivíamos no salíamos con medallas ni discursos, pero salíamos con algo que, al final, nos haría falta: oficio.
El Diego Delicado era un lugar duro, sí. Pero también era un espejo de lo que vendría después. En él aprendí que la vida no es un camino recto y limpio, sino un campo minado. Que sobrevivir es un arte que no se enseña en las clases. Allí, entre el caos de los pasillos y el zumbido de las máquinas en los talleres, descubrí que no necesitabas ser el mejor, pero sí necesitabas resistir. Y yo resistí.
Muchos años después, cada vez que paso por La Grela, no puedo evitar mirar de reojo la fábrica de Estrella Galicia y la avenida de Arteixo. Pienso en el chaval que llegó allí una mañana, nervioso y fuera de lugar, y en cómo aprendió a moverse, a callar cuando hacía falta y a plantar cara cuando era necesario. Y sonrío, porque, aunque entonces no lo sabía, aquel instituto me dio más que un título: me dio las armas para enfrentarme al mundo.
Y las sigo llevando conmigo.