Mire usted, yo no soy de pedir la muerte de nadie. No por bondad, que uno ya está escarmentado de santos y de buenos, sino por respeto al oficio de vivir. Pero si un día cualquiera, pongamos un martes lluvioso en Nueva York, Donald Trump se queda tieso, con la boca abierta como un buzón y el peluquín desafiando la ley de la gravedad por última vez, no le voy a mentir: me pido una copa. Brindo, sí. Por la humanidad. Por el mundo. Por los que aún no se han rendido del todo.
Porque lo mejor que le puede pasar a este mundo jodido y cobarde, cobarde sobre todo, es que desaparezca esa caricatura siniestra que camina con traje barato y sonrisa de tiburón senil. Trump no es un político. No es un millonario. Ni siquiera es un ser humano en el sentido amplio de la palabra. Trump es una úlcera purulenta en el intestino grueso de la civilización. Un vómito del sistema que se comió a sí mismo. Un bufón sin gracia con botón nuclear. Y lo peor: un espejo sucio en el que demasiada gente se reconoce.
Hay quien dice que exagero. Que no se puede desear la muerte de nadie. Que eso es de bárbaros. Y puede que tengan razón. Pero les diré algo: no deseo su muerte como se desea una venganza personal. La deseo como se desea la extinción de un virus. Como se desea que desaparezca el cáncer. Porque eso es Trump: una metástasis naranja que se ha infiltrado en las democracias del planeta, que ha hecho del odio una ideología y de la ignorancia un mérito. Ha legitimado la estupidez con corbata. Ha convertido la mentira en estrategia. Y lo ha hecho bailando, como si el Apocalipsis fuera una fiesta privada en Mar-a-Lago.
Trump no es solo un peligro por lo que hace. Lo es por lo que representa. Por lo que arrastra. Por los millones de imbéciles con derecho a voto que lo aplauden como si fuera el Mesías. Es el padre de todos los Bolsonaro, de todos los Milei, de todos los populistas de mercadillo que se disfrazan de antisistema cuando en realidad solo quieren el sistema para ellos solos. Es el hombre que ha demostrado que se puede insultar, mentir, acosar, reírse de los discapacitados, poner en riesgo a todo un país y seguir ganando elecciones. A base de ruido, de miedo, de odio. A base de darle voz a lo peor de cada casa.
Así que sí, si mañana la parca decide hacer su trabajo y se lo lleva en silencio, sin fuegos artificiales ni procesiones patrióticas, habrá un respiro. No el final del problema, pero sí una tregua. Como cuando se apaga un incendio, aunque queden las cenizas.
Y que no me vengan con moralinas ni hipocresías. Que no me hablen de compasión por alguien que jamás la tuvo. Que no me digan que hay que respetar la vida de quien no respetó ni la dignidad humana. A veces, el mundo necesita perder algo para ganar. Y en este caso, perder a Trump sería una victoria.
Una victoria del sentido común. De la decencia. De la verdad.
Y si no le gusta lo que digo, mejor. Este artículo no es para usted. Es para los que aún creen que la humanidad merece una oportunidad sin monstruos de peinados imposibles y discursos vacíos. Para los que saben que hay muertos que hacen menos daño que muchos vivos.
Y Donald Trump, créame, hace mucho daño vivo. Demasiado.