Hemos perdido la intangibilidad. Por Miguel Abreu

Ya no somos capaces de lo abstracto, sobre todo de comprender la trascendencia como parte intrínseca de la humanidad con la que está revestida la persona humana. Y así, hemos perdido el asombro. El lenguaje de lo invisible, aquel que antaño intuíamos en la brisa de la mañana o en la mirada del otro, se está extinguiendo dentro de nosotros. Es como si el alma humana, antes vasta, fuera ahora una habitación oscura y húmeda donde no entra ni un solo rayo de sol.

La intangibilidad desaparece porque hemos olvidado cómo mirar más allá de la materia. Todo debe ser visible, cuantificable, útil y, sobre todo, debe llevar aparejado un retorno efectivo, es decir, lucro. Lo que no se ve, no existe. Lo que no se transacciona, no interesa. Y así, nos alejamos cada vez más del misterio, del sentido más profundo del fin último de lo que nos rodea y sentimos, de aquello que verdaderamente nos hace humanos.

Pero hay un peligro. Al perder el contacto con lo invisible, olvidamos que existe algo más allá del deseo inmediato de posesión. Aún hay un riesgo mayor: perder el valor del bien, de lo bueno y del bien común, dando paso y promoviendo lo que es malo y el mal mismo. Se deja de reconocer que hay un bien mayor que el mero interés personal. Se pierde la noción de que el mundo no empieza ni termina en uno mismo. Y cuando esto sucede, se cree que todo es negociable: la verdad, la justicia, incluso la dignidad humana. Por eso vemos líderes sin alma, acciones sin ética, la pérdida de la vergüenza, sociedades sin rumbo. Quien no reconoce lo que está por encima del mundo de las ideas y del conocimiento ordinario, no reconoce lo esencial. Entonces, ¿qué nos queda? La posibilidad de despertar a la vida en su plenitud. De reaprender a ver más allá de lo que alcanza la mirada. De rescatar la intuición de lo eterno que habita en nosotros. De escuchar aquello que callamos en lo más íntimo del ser humano.

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