Una sociedad cansada de sí misma. Por Miguel Abreu

Vivimos en una época extraña. Nunca hubo tanta información, tanta capacidad técnica, tantas posibilidades de bienestar, y, sin embargo, el ambiente que se respira es de fatiga colectiva. No es solo cansancio físico. Es algo más profundo. Es un agotamiento moral. Las sociedades parecen cansadas de sí mismas, de sus promesas incumplidas, de sus discursos repetidos, de una política que gira en círculos y de una vida pública cada vez más dominada por el ruido y la confrontación. Cuando una comunidad pierde la confianza en su propio rumbo, comienza a buscar respuestas rápidas, identidades rígidas y líderes que prometen soluciones simples para problemas complejos.

En ese terreno fértil crecen los extremismos. En la política, donde las posiciones se radicalizan porque la moderación parece débil. En la religión, cuando la fe deja de ser camino interior para convertirse en refugio identitario o arma cultural. Y también en la forma de vivir, a través de la búsqueda constante de experiencias límite, de adrenalina, de intensidad, como si solo el riesgo extremo pudiera romper la sensación de vacío. Una sociedad cansada termina confundiendo libertad con exceso, convicción con grito, sentido con espectáculo.

Pero la historia humana nunca ha sido solo la historia del cansancio. Siempre ha habido momentos en los que alguien decide detenerse, respirar y volver a empezar desde lo esencial. Tal vez la verdadera renovación no venga de nuevas ideologías ni de nuevas tecnologías, sino de algo mucho más simple y antiguo: recuperar la capacidad de pensar, de escuchar, de cuidar, de vivir con sobriedad y profundidad. Porque cuando el ser humano vuelve a reconciliarse con la verdad de sí mismo, incluso una sociedad cansada puede volver a respirar.

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