
La noticia que llegó la pasada madrugada desde Venezuela no es solo un episodio geopolítico más. El anuncio realizado por Donald Trump sobre la captura de Nicolás Maduro y de su esposa no puede leerse como un simple gesto de fuerza, ni como una operación quirúrgica destinada a “liberar” a un pueblo. Incluso admitiendo – y subrayo, admitiendo – que la retirada de un régimen autoritario pueda abrir camino a la democracia, la forma en que se ha llevado a cabo nos sitúa en un terreno peligroso. La historia reciente nos ha enseñado, al precio de millones de vidas, que la soberanía de los Estados y los tratados internacionales no son meros detalles jurídicos. Son barreras levantadas precisamente para evitar el regreso a la ley del más fuerte y para hacer posible una paz imperfecta, pero necesaria. Cuando esas barreras se atraviesan sin un consenso internacional claro, no se abre solo una puerta en Venezuela, se abre un precedente a escala global.
Este episodio no puede desligarse de la figura de Trump y de la forma en que entiende el poder. No se trata solo de estrategia política, se trata de personalidad. El culto al ego, la necesidad permanente de afirmación y de espectáculo, la reducción de la política internacional a transacciones y ganancias inmediatas, hacen del mundo un lugar estructuralmente más inestable. El conflicto en Ucrania, la incapacidad de la Unión Europea para afirmar una posición cohesionada y coherente, y la normalización de la negociación de territorios como si fueran monedas de cambio reforzaron una ilusión peligrosa: la de que todo puede resolverse por la fuerza o por el miedo. Cuando los líderes se sienten autorizados a decidir el destino de países enteros en conversaciones privadas, el derecho internacional se convierte en un adorno, y la diplomacia en una escenificación. El mundo deja de estar gobernado por reglas y pasa a estar gobernado por impulsos de egos inflamados.
Quizá lo más inquietante no sea la autocracia explícita, sino el cansancio silencioso de las sociedades libres. La libertad exige pensamiento, responsabilidad y memoria, y eso parece cansar a una mayoría de personas. El número creciente de personas que considera más fácil seguir a líderes fuertes que asumir la complejidad de las decisiones colectivas resulta alarmante. En Europa, ese desgaste se manifiesta también en la pérdida de identidad, en la renuncia a las propias raíces culturales y espirituales en nombre de una tolerancia mal entendida, que confunde acogida con autonegación. Cuidar de los demás nunca ha significado destruirse a uno mismo. Una civilización que renuncia a sus referentes, a su historia y a sus símbolos deja de saber hacia dónde camina. Y la historia es implacable con las sociedades que prefieren la comodidad de la sumisión a la incomodidad que parece traer la libertad. Como recordaba el general George S. Patton, “las personas son los únicos animales que envían a sus hijos a la guerra”. Tal vez porque, en el fondo, seguimos aprendiendo muy poco de aquello que ya hemos vivido. El siglo XXI se está escribiendo no como un tiempo de sabiduría, sino como un tiempo de repetición, y eso debería inquietarnos profundamente.