La Iglesia como espectáculo: siete días de humo sagrado

Periodista y escritor

Hector Sole-Bradshaw es un técnico británico especializado en grandes producciones de espectáculos. Su currículum incluye algunos de los eventos más mediáticos del planeta. La cadena pública catalana 3Cat lo contrató como consultor para retransmitir la ceremonia del Papa en la Sagrada Familia. La tecnología que desplegaron —llamada “Cinema Live”, una combinación de producción televisiva y efectos cinematográficos— apenas se había usado antes en Estados Unidos para el espectáculo del descanso de la Super Bowl. Para una misa. Para una misa papal en Barcelona lo que se montó fue, en su factura técnica y en su ambición escenográfica, exactamente lo mismo que para el show de medio tiempo del partido de fútbol americano más visto del mundo. Si alguien todavía tenía dudas sobre qué era realmente este viaje, ahí tiene la respuesta.

Hemos pasado una semana entera —siete días completos— con León XIV como monotema absoluto de la vida pública en esto que se llama Estado español. RTVE, la televisión pública que se paga con los impuestos de todos, no solo cubrió la visita: la patrocinó. Fue uno de los 48 patrocinadores oficiales del evento. La cadena pública de un Estado constitucionalmente aconfesional puso su nombre y su dinero al servicio de un acto confesional. Y mientras tanto, La 1 canceló durante una semana entera su programación habitual para convertirse en canal de devoción permanente. La cadena pública catalana 3Cat fue todavía más lejos: para la ceremonia de la Sagrada Familia estrenó un sistema de producción cinematográfica en directo, una tecnología apenas utilizada en Estados Unidos salvo para el espectáculo del descanso de la Super Bowl. Porque lo que se celebraba en Barcelona no era, en su factura técnica y emocional, muy distinto a un partido de la NBA o a un Mundial de Fútbol. Era un show. Un show de proporciones industriales, con millones de euros públicos invertidos, con la maquinaria mediática a pleno rendimiento, con famosos cantando gorgoritos celestiales y artistas convocados para dar brillo a la función. Menos mal que, por el momento, no vino a Euskal Herria.

Y yo me pregunto, desde mi ateísmo militante que limita en sus bordes más comprometidos con lo que queda de la Teología de la Liberación —si es que queda algo—: ¿esto es lo que Jesús de Nazaret tenía en mente? Aquel hombre que volcó las mesas de los mercaderes en el templo, que se sentó a comer con los parias, que no tenía dónde recostar la cabeza, ¿habría reconocido su mensaje en este despliegue de papamóviles blindados, escenografías cinematográficas y celebrities entonando aleluyas para millones de espectadores? La respuesta es tan obvia que resulta obscena formularla.

El coste oficial de la visita oscila entre 15 y 25 millones de euros. Pero esa cifra es solo la parte visible del iceberg. El coordinador del viaje reconoció sin rubor que en ese presupuesto no están incluidas las aportaciones en especie de las administraciones públicas: la seguridad integral del desplazamiento, la cesión de instalaciones, el traslado de los papamóviles, los dispositivos municipales de movilidad y limpieza en Madrid, Barcelona, Canarias. Todo eso lo pagan los ciudadanos, sin que aparezca en ningún balance oficial. En Catalunya, la Generalitat intentó disimular su contribución argumentando que salía de la tasa turística, no de los presupuestos ordinarios. Los organizadores, para justificar el desembolso, agitaron el argumento de siempre: un retorno económico de 150 millones de euros. La fe como producto de marketing territorial. El turismo religioso como coartada para cualquier gasto institucional. Es el mismo argumento que llevan décadas usando, y funciona porque nadie lo somete al escrutinio que merece. ¿Cuántos centros de salud con lista de espera de seis meses podrían haberse reforzado con esos millones? ¿Cuántas plazas de atención a mayores? ¿Cuántas becas para chavales que no pueden permitirse estudiar? Esas preguntas no tenían sitio en la parrilla televisiva de esta semana.

Pero el dinero, con ser escandaloso, no es lo más grave. Lo más grave es la hipocresía política que la visita puso en escena con una desfachatez que habría hecho sonrojar a un trilero de feria. Cada partido, de Sánchez a Feijóo, extrajo del mensaje papal exactamente la parte que le convenía, ignorando olímpicamente la que le incomodaba. El PP llevó esta operación a su expresión más descarada: Feijóo y Ayuso convirtieron a León XIV en su faro moral particular, mientras la propia Ayuso —que lleva años azuzando el discurso del miedo a la inmigración— se apropiaba del mensaje pontificio sobre la acogida a los migrantes para criticar al Gobierno por los efectos llamada. El Papa habló contra la discriminación; Ayuso lo usó para discriminar. La contorsión fue de campeonato.

Pero Sánchez no sale mejor parado. La asociación Reparación Integral Ya denunció que el Gobierno decidió dejar morir en un cajón la ley para ampliar los plazos de prescripción de los delitos de pederastia cometidos por clérigos —a cambio de la foto oficial con León XIV. Si eso es cierto —y hasta hoy no ha sido desmentido formalmente—, estamos ante algo más que oportunismo político. Estamos ante la traición más abyecta que se puede cometer: sacrificar en el altar de una fotografía institucional la posibilidad de hacer justicia a miles de víctimas de abuso clerical. Miles de personas cuyas vidas quedaron destruidas entre las paredes de seminarios, colegios religiosos y sacristías, mientras la institución miraba hacia otro lado, trasladaba a los culpables y cerraba filas. Miles de víctimas, y León XIV llegó a Madrid con su agenda sin contemplar siquiera un encuentro con ellas. Solo ante la presión de las asociaciones se organizó un encuentro privado, sin cámaras, sin declaraciones: seis personas recibidas en la Nunciatura durante casi una hora. Seis, mientras decenas de miles llenaban los actos públicos. La proporción lo dice todo.

Porque ahí está el truco, el mecanismo central de toda esta maquinaria. El viaje del Papa por el Estado español fue diseñado como un recorrido por las heridas del sistema: cárceles, centros de acogida, barrios periféricos, muelles donde se hacinan personas que han cruzado el mar jugándose la vida. Lugares donde el Estado aparece solo en forma de protocolo y de valla. Y la Iglesia aparece allí con su compasión en directo, con sus cámaras bien colocadas, con Rozalén entonando el canto de sirenas y Bustamante poniendo el gorgorito celestial. Puro marketing espiritual de alta precisión: mostrar que alguien mira donde duele, fabricar la ilusión de que la institución es la única que se preocupa por los de abajo, mientras el Vaticano acumula una riqueza patrimonial que no ha denunciado ningún Papa con la contundencia que la situación exige. Hablan de los pobres. No hablan de acabar con su propia riqueza. La diferencia entre esas dos cosas es exactamente la diferencia entre la caridad y la justicia.

Y claro que León XIV habló de los migrantes, de los pobres, de la paz, del medioambiente, de la dignidad humana. Lo dijo. Está en las actas. El problema es que lo dijo de una manera tan envuelta en generalidades, tan cuidadosamente despojada de nombres, de responsables, de cifras, de países, de empresas, de gobiernos concretos, que nadie —absolutamente nadie con poder real— se sintió concernido por nada. Nadie tuvo que moverse de su silla. Nadie tuvo que devolver un euro. Nadie tuvo que dimitir. Es la retórica perfecta: suena a denuncia, funciona como absolución. Condenas tan genéricas que caben dentro de cualquier discurso, de izquierdas o de derechas, progresista o conservador, y que cada cual puede reinterpretar a su medida sin que le salpique una gota. Es el lenguaje del poder cuando simula cuestionarse a sí mismo: palabras que llenan titulares, que emocionan en el momento, que no obligan a nada y que al día siguiente se disuelven en el aire como el incienso. Un brindis al sol con palio bordado en oro. Y todos contentos: los políticos con su foto, los medios con su semana de audiencias, la Iglesia con su imagen lavada, y las víctimas, los pobres de verdad, los migrantes de carne y hueso, exactamente igual que antes.

Y en una sociedad que camina hacia el conservadurismo, esa escenografía moral cumple una función política precisa: llenar el vacío de sentido que dejan las instituciones erosionadas, captar a quienes buscan pertenencia en cualquier parte, frenar el avance arrollador de las iglesias evangélicas que están dejando a la Iglesia Católica arrinconada en sus propias sociedades tradicionales. Lo que estamos viendo no es un renacimiento espiritual. Es una operación de reposicionamiento de marca. La institución más poderosa y longeva del planeta occidental contratando consultores de producción británicos, llenando estadios con técnicas de espectáculo deportivo, fabricando una nueva generación de influencers con sotana para competir en el mercado de las identidades.

Todo esto ocurre mientrasla piel de toro se seculariza a buen ritmo —cada vez menos ciudadanos marcan la casilla religiosa en el IRPF, los matrimonios civiles son abrumadoramente mayoritarios—, pero el activismo laicista pierde músculo en el espacio público, abandonado por los partidos que antaño hacían de la laicidad una bandera y que hoy corren a hacerse la foto. En Barcelona, quienes salieron a la calle bajo el lema “Su viaje, tus impuestos” pidieron la derogación de los Acuerdos con la Santa Sede de 1979 y el fin de los privilegios fiscales y patrimoniales de la Iglesia. Tenían razón. La tienen. Un acto religioso no es de interés público, y financiarlo con dinero de todos es una decisión que en un Estado laico debería ser imposible. No lo es. Y no lo es porque ningún partido con poder real quiere pagar el coste de decirlo en voz alta.

La prensa de ciertos medios afines al Gobierno llegó a publicar que Sánchez y el Papa habían convertido el Estado español en la capital mundial de la lucha contra el tecnofascismo. No es una parodia. Es un titular real. Ahí, en esa frase, está condensada toda la miseria intelectual de una semana en la que la hipocresía fue el único idioma común de la clase política española.

Yo hablo desde mi ateísmo. Un ateísmo que no es indiferente ni cínico, sino el resultado de una convicción: que la justicia no necesita altar, que la solidaridad no necesita sotana, y que dos mil años de historia institucional de la Iglesia Católica —con su Inquisición, sus guerras de religión, su colonialismo evangelizador, su encubrimiento sistemático de los abusos, su alianza secular con el poder y su riqueza obscena— no se lavan con siete días de espectáculo televisivo y visitas fotogénicas a centros de acogida. Si a los miembros de la Teología de la Liberación —lo mejor que ha dado esta institución, y lo que ella misma durante décadas intentó ahogar— les queda una gota de coherencia, esta semana habrán sentido vergüenza.

Hay creyentes de buena fe, muchos, que merecen más que esto. Merecen una institución que esté a la altura de lo que dicen predicar. Lo que tienen es un aparato que practica una espiritualidad de pasarela, vacía de contenido, con seguidores enfervorecidos como en un concierto de masas, con la herida de los abusos sin cicatrizar y sin una sola renuncia real al poder y al dinero que la corrompen desde hace siglos.

Al final, lo que queda de esta semana no es un mensaje, no es una doctrina, no es siquiera una promesa concreta. Lo que queda es una producción. Un despliegue técnico de primer nivel mundial, financiado con dinero público, ejecutado con precisión industrial, y tan hueco en su interior como cualquier otro espectáculo de masas cuando se apagan los focos. Hector Sole-Bradshaw habrá cobrado su minuta y se habrá ido. Las víctimas de los abusos seguirán esperando justicia. Y la Iglesia seguirá siendo exactamente lo que era antes de que llegara el papamóvil.

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