Mientras haya un número cada vez mayor de personas que trabajan y que no comprenden que la realización de los frutos de su trabajo va mucho más allá del salario que reciben a final de mes, al mundo de hoy le resultará muy difícil que seamos testigos de una nueva (re)evolución.
La mediocridad y la falta de orgullo profesional, características negativas cada vez más evidentes en el ámbito laboral, combinadas con el tan sonado tema de la crisis de valores, son el reflejo de una sociedad cada vez más individualista y debilitada, lo que podrá tener cómo impacto en pocas décadas la extinción de algunas sociedades.
Sociedades que, a pesar de ser cada vez más envejecidas (baja tasa de natalidad), se están infantilizando cada vez más.
La disminución de las exigencias, la facilitación (opuesto a ser un agente facilitador), la falta generalizada de instrucción continua, son indicadores de que avanzamos hacia un mundo donde las relaciones humanas serán cada vez más difíciles, si no en algunos casos inexistentes y /o imposible. Una relación basada en la hipocresía es en sí misma una relación humana inexistente, porque está basada en mentiras y no tiene autenticidad. La relación entre los seres humanos sólo puede existir verdaderamente si se basa en principios éticos y valores fundamentales, es decir, si se fundamenta en el principio de verdad.
La creciente humanización de los animales a la que asistimos es en sí misma un signo que debe analizarse con atención y preocupación. Este comportamiento humano hacia los animales, tratándolos como si fueran personas, y en algunos casos valorando la vida de un animal más que la vida humana, es una marca que señala la distancia entre las personas. De manera más trágica, podríamos decir que se trata de un preanuncio de la muerte de la humanidad. Todas estas actitudes conducen a una creciente incredulidad entre los seres humanos sobre sí mismos.
Es urgente que los Estados escuchen los latidos de la humanidad.
La enseñanza impartida debe ser una enseñanza que vaya más allá de la simple transmisión de conocimientos. Debe ser una enseñanza exigente que conduzca al desarrollo del pensamiento humano y ayude así al descubrimiento de «ser persona».
El abandono, el retraimiento y la falta de voluntad en cuanto a la instrucción, especialmente en lo que respecta y se relaciona con las disciplinas que forman parte de las ciencias sociales y humanas, especialmente la filosofía, hace que la persona no aprenda a vivir, convivir y relacionarse consigo misma, propiciando también que una incapacidad para comprender el propósito de la vida como un concepto amplio que involucra un universo sobre el cual no tenemos un conocimiento completo. Esto sucede, en primer lugar, por la inercia de la persona que dejó de buscar el conocimiento por sí misma, porque empezó a basar su vida en una escala cuyo valor es muy bajo.
La exigencia, el profesionalismo, el orgullo son características que obligan a desinstalar, que quitan el descanso, que exigen trabajo y no es cómodo. Además, parece estar generalizándose una visión aguda según la cual una gran parte de la población humana sólo mira los derechos, olvidándose deliberadamente de los deberes. Así, cuando las personas se dejan «comprar» por el marketing consumista y por los sueños utópicos, que quieren hacernos creer que la vida debe ser fácil y que la persona debe vivir en un estado permanente de felicidad, se produce la distorsión de la cual es la vida real, y de ahí la gran dificultad de gestionar la convivencia entre iguales – personas.
El tema de la existencia humana es un tema al que se debe prestar atención so pena de hipotecar a las generaciones futuras, y la existencia humana como algo que va más allá de la mera supervivencia de la persona humana.
El futuro, como tiempo aún no vivido, no es algo que termina cuando la persona muere. Esta es una visión muy reduccionista de la vida humana, que demuestra la falta de capacidad de una persona para pensar más allá de sí misma.
El valor de la vida humana es un bien que supera la vida de cada persona. El valor de la vida humana sólo se respeta y aprecia verdaderamente cuando se piensa y se aborda de manera global, y que va más allá de cada persona. Es fundamental ser conscientes de que la vida vivida es el medio por el cual la vida humana se perpetúa durante el tiempo que llamamos eternidad. Si entendemos que cada gesto y actitud nuestra tiene repercusiones en el universo, entenderemos por qué debemos dejar de adoptar una actitud individualista y centrarnos sólo en nosotros mismos.
Sólo soy en la medida en que dejo ser al otro y, en consecuencia, el otro es y me deja ser. Aprender a vivir es una realidad indispensable, transversal a toda la vida de la persona humana. Nada cambiará si sigo esperando a alguien que nunca llegará para cambiar el mundo. Cada persona humana es responsable y agente de la transformación de su mundo, que al operar este cambio, y sumarse a los muchos otros cambios llevados a cabo por otros como él, conducirá a la transformación no sólo del mundo, sino del universo a medida que lo descubrimos. ¡Cambiar tu actitud personal ante la vida hoy es como estar en el futuro!