Hay algo maravilloso en pagar nueve millones de euros por un portero. No son solo nueve millones. Es el ruido que hacen. El eco. La sacudida. El mensaje.
Durante ocho años el Deportivo estuvo lejos de Primera. Ocho años. Demasiado tiempo escuchando bromas, sentencias, funerales anticipados y expertos asegurando que aquello no volvería jamás. Ocho años en los que muchos se acostumbraron a un fútbol español sin el Dépor. Y, sobre todo, muchos se sintieron demasiado cómodos.
Pero el problema del Deportivo nunca fue desaparecer. El problema del Deportivo es que siempre vuelve.
Y cuando vuelve, no pide permiso.
Ahí está Leo Román. Nueve millones de euros para pagar una cláusula de rescisión. Sin regateos. Sin cesiones. Sin operaciones imposibles. El Deportivo entra, paga y se lleva al portero del Mallorca. Y mientras aquí la gente sonríe, basta abrir Twitter para descubrir algo mucho más interesante que cualquier presentación oficial.
El miedo.
Porque lo que se lee no es debate futbolístico. Es otra cosa. Es una mezcla de nerviosismo, desprecio fingido, sarcasmo barato y ese intento desesperado de convencer al mundo de que nueve millones son una locura. Curioso. Cuando un club no preocupa, nadie pierde el tiempo hablando de él durante horas.
Pero hablan.
Y hablan mucho.
Especialmente por el sur.
Los amigos de Vigo parecen haber encontrado un nuevo pasatiempo. Cada movimiento del Deportivo genera decenas de comentarios. Que si es una irresponsabilidad. Que si van a arruinarse. Que si un portero no vale ese dinero. Que si todavía no han hecho nada.
Demasiada preocupación para alguien que presume de no mirar al vecino.
Porque el problema no es Leo Román.
El problema es lo que representa.
Representa un Deportivo que ha dejado de actuar como un recién ascendido. Representa un club que vuelve a sentirse grande. Un Deportivo que recupera esa peligrosa costumbre de mirar a los ojos a cualquiera y decir: “Aquí estamos otra vez”. Y eso incomoda muchísimo más que cualquier parada bajo los palos.
Y todavía queda mercado.
Puede llegar un central.
Puede llegar un delantero.
Y todos saben que esto no ha hecho más que empezar.
Eso es lo que pone nervioso a más de uno.
Porque durante años resultó muy sencillo mirar hacia A Coruña con condescendencia. Era cómodo. Hasta divertido para algunos. Pero las bromas empiezan a perder gracia cuando el gigante empieza a levantarse del suelo.
No sé si lo que se respira al otro lado es miedo, envidia, odio o frustración.
Quizá sea un poco de todo.
Lo que sí sé es que nadie dedica tantas horas a hablar de quien considera irrelevante. Nadie vigila cada fichaje, cada rumor y cada movimiento de un club que, supuestamente, no le preocupa.
La realidad es mucho más simple.
Saben perfectamente lo que significa un Deportivo fuerte.
Saben lo que representa un Riazor lleno.
Saben lo que supone recuperar un derbi con dos clubes mirando hacia arriba y no hacia abajo.
Y, sobre todo, saben que el rival que durante demasiados años estuvo de rodillas vuelve a caminar con la cabeza alta.
El Deportivo no ha regresado para hacer turismo por Primera División.
Ha regresado para quedarse.
Y eso, por mucho que algunos intenten esconderlo detrás de un tuit cargado de ironía o de desprecio, tiene un nombre muy sencillo.
Respeto.
Porque el miedo, en el fútbol, casi siempre empieza exactamente así. Con un rival que deja de pedir permiso y empieza, simplemente, a hacer las cosas. Y el Deportivo, después de ocho años de silencio, ha decidido volver hablando en el único idioma que entienden todos: el de la ambición.