@jsuarez02111977
Ayer fue La lista de Schindler. Hoy, El pianista. Dos películas que siguen helando la sangre, aunque uno las haya visto más veces de las que querría. Películas que no se ven: se soportan. Con el mismo temblor con que se recorren las alambradas oxidadas de Auschwitz, los barracones de Majdanek o los hornos de Dachau. Lugares donde la muerte dejó de tener nombre para convertirse en estadística. Números tatuados, cadáveres apilados, niños mirando al vacío desde un vagón.
Han pasado ochenta años. Y aún duele. Pero duele más otra cosa: el espejo que todo aquello ha dejado frente a nuestros días.
Porque hay una pregunta que se clava como una astilla en el alma de quien todavía tiene conciencia:
¿Cómo es posible que un pueblo que sufrió como ningún otro, que conoció el infierno de los hornos y la humillación sistemática del exterminio, actúe hoy sin piedad?
Y la respuesta no es fácil. Ni cómoda. Ni políticamente correcta.
Durante décadas, Israel construyó una identidad basada en la memoria. La memoria como escudo, como bastón, como antorcha. Una nación nacida del dolor más atroz, de la ceniza y del alambre. El problema es que, cuando se convierte la memoria en coartada, uno corre el riesgo de dejar de ser víctima para ser verdugo.
El Estado de Israel —no el pueblo judío, que es cosa bien distinta— ha aprendido bien la lección de sus enemigos. La ha aprendido con la frialdad del que estudia una máquina y la reproduce pieza a pieza. Sabe cómo sitiar, cómo cortar el agua, cómo arrasar hospitales, cómo negar humanidad al otro. Lo sabe y lo aplica. Con precisión quirúrgica. Con superioridad técnica. Con desprecio.
Y todo se justifica. Porque hay miedo. Porque hubo dolor. Porque se recuerda Treblinka. Como si recordar Treblinka justificara arrasar Gaza. Como si las tumbas de ayer sirvieran de excusa para abrir nuevas fosas hoy.
Nadie niega el derecho a defenderse. Pero defenderse no es aplastar. No es convertir la venganza en doctrina militar. No es tratar a millones de civiles como si fuesen todos terroristas por el simple hecho de nacer al otro lado del muro.
Hay algo profundamente trágico en ver cómo quienes más deberían entender el valor de una vida, la destruyen sin pestañear. En ver cómo quienes vivieron el gueto levantan ahora otros muros. En ver cómo la historia no enseña nada, porque quienes la escriben siempre se reservan el papel de víctimas, incluso cuando llevan las botas del opresor.
El pueblo judío ha dado al mundo sabiduría, música, ciencia, literatura. También ha enterrado a generaciones enteras bajo las banderas de la barbarie nazi. Eso merece respeto. Pero no concede inmunidad moral.
El sufrimiento pasado no justifica el crimen presente. Y quien no entiende eso, no ha aprendido nada de los campos, ni de las películas, ni de los silencios.
Quizá el mayor castigo del Holocausto sea este: que incluso aquellos que salieron de él vivos, no lograron salir indemnes.
Y que el monstruo, en el fondo, no murió. Sólo cambió de uniforme.