El patrimonio no está en el balance: está en la grada

Presidente de “Míticos de Riazor”.

Hay decisiones que, aunque puedan justificarse desde una hoja de cálculo, resultan difíciles de comprender desde la lógica del fútbol. La subida del precio del abono anual del RC Deportivo de A Coruña, que en algunos casos ronda el 70 %, es una de ellas. Un incremento que para muchos aficionados resulta sencillamente inasumible en el contexto económico actual.

Conviene recordar de dónde venimos. Desde 2020, Abanca, como máximo accionista del club, tiene el control absoluto de la entidad y, por tanto, la capacidad de tomar este tipo de decisiones. Sería injusto no reconocer lo evidente: la deuda ha sido saneada, se ha construido un proyecto deportivo con vocación de estabilidad y, tras años de frustraciones, el Deportivo ha logrado regresar a Primera División. Un objetivo que hace no tanto parecía una quimera. También es cierto que el proyecto consiguió algo que al principio parecía casi imposible: recomponer, al menos en parte, la relación entre el club y una afición agotada por años de guerras internas, cambios de dirección y una inestabilidad institucional que se arrastraba desde 2013. Precisamente por eso cuesta aún más entender la decisión.

Durante estas seis temporadas, varias de ellas en Primera Federación, el club apeló constantemente al compromiso de su gente. Se pedía apoyo para llenar Riazor, para convertir el estadio en una fortaleza, pero también para sostener económicamente una situación deportiva e institucional muy delicada. Y la respuesta nunca falló. Campaña tras campaña, incluso en los peores momentos, la afición respondió de manera ejemplar. ¿Qué otro club de Primera Federación era capaz de reunir más de 20.000 personas en su estadio de forma habitual? Ninguno. Ni cerca.

Esa fidelidad que sorprendió a toda España no se limitó al abono. Cada nuevo producto que salía a la venta agotaba existencias en tiempo récord. Camisetas, muchas de ellas discutibles desde el punto de vista estético, ropa de entrenamiento, artículos de merchandising… daba igual. El deportivismo compraba porque entendía que también era una forma de ayudar al club. Mientras tanto, los aficionados asumían otras decisiones mucho más difíciles de digerir. La sensación, para muchos, de que se pretendía pasar página demasiado deprisa respecto a la etapa más gloriosa de la historia reciente del Deportivo; la salida por la puerta de atrás de personas profundamente identificadas con la entidad, como el histórico delegado Barritos o el ninguneo a Lendoiro; pequeños gestos que algunos interpretaron como una falta de sensibilidad hacia la memoria del club. Sin embargo, la mayoría optó por mirar hacia delante. Se entendió que comenzaba una nueva etapa y que quizá había que aceptar determinados cambios para construir un futuro mejor.

Y ese futuro, por fin, ha llegado.

El Deportivo volvió a Primera División. Hay ilusión con los fichajes, las nuevas equipaciones generan expectación, la gente vuelve a querer comprar la “Guía Marca”, el ambiente alrededor del equipo es probablemente el más positivo de la última década y la comunión entre grada y club parecía total.

¿Y cuál ha sido la respuesta del club? Una subida del abono que en algunos casos alcanza el 70 % y la decisión de que, incluso siendo abonado, haya que pagar una entrada adicional si el equipo alcanzara unos hipotéticos cuartos de final de la Copa del Rey. Por no hablar de cumplir con la asistencia de quince partidos, ¿quién es el club para pretender gestionar nuestra vida privada? Si además entráramos en el caso de Marathon Inferior, probablemente no bastaría una sola página.

Un club de fútbol no es una empresa cualquiera. Evidentemente necesita ser sostenible y gestionar bien sus recursos. Nadie discute eso y tampoco nadie puede discutirle a los propietarios su buen hacer en ese aspecto; es más, agradecimos estamos. Pero es que el fútbol posee una dimensión emocional que no puede reducirse exclusivamente a balances, indicadores o estrategias comerciales. A ver si nos damos cuenta de que las personas no son únicamente clientes o números sujetos a un rendimiento; son el activo más importante de un club. Hay que cuidarlas, respetarlas y agradecerles que hayan permanecido al lado del escudo cuando no había nada que celebrar salvo la dignidad de haber participado.

Por eso convendría ahorrar determinados discursos de marketing, la terminología empresarial y los anglicismos con los que a veces se intenta revestir decisiones que, en el fondo, transmiten una preocupante desconexión con el aficionado medio. Ese que quizá tenga que renunciar a otras cosas para poder seguir ocupando su asiento cada quince días. Ese que convirtió Riazor en un estadio de Primera cuando el equipo aún jugaba en Primera Federación. Todavía hay margen para corregir el rumbo, puesto que rectificar no es una derrota; al contrario, es un ejercicio de inteligencia y de respeto hacia quienes han sostenido al Deportivo cuando más lo necesitaba. Hacerlo es de sabios y pocas decisiones reforzarían tanto la credibilidad del club como demostrar que también sabe escuchar. Es lícito que, siendo propietarios, piensen en un incremento de los abonos, eso no lo discute nadie. Está bien, pero háganlo progresivamente, concedan ventajas de verdad, revisen los tramos de edad…O mejor todavía, lleven a cabo un incremento mínimo esta temporada y avisen de otro más cuantioso a partir de la que viene. ¿Quieren que haya siempre gente en el estadio? Estupendo, lo queremos todos. En vez de destacar el castigo de volver a pagar el alta, ofrezcan únicamente la posibilidad de rebaja para el curso que viene si se libera el asiento. Si es que hay formas y formas si se tiene la voluntad y la sensibilidad.

No intenten hacerle un caño al deportivismo vendiéndole que todo esto es normal. Básicamente, porque de regates, después de tantos años viendo fútbol, aquí sabemos bastante.

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