Si estos roban y España crece, ¿cuánto robaban los de antes?

Andan los cocteleros de la política patria revolucionados, agitando la coctelera mediática a revoluciones de vértigo para ver si, de una vez por todas, consiguen que Pedro Sánchez haga las maletas, abandone La Moncloa y busque un nuevo domicilio fiscal. Hay situaciones que duelen, que hacen fruncir el ceño al español de a pie y que invitan a una profunda y sarcástica reflexión nacional.

A tenor de la esquela del ladronicio que a diario le redactan al presidente desde la oposición y sus altavoces mediasticos incluidas las granjas de bolts, no queda familiar, primo, amigo, conocido o militante del PSOE sin meter la mano en la caja. Si uno escucha el relato parlamentario de los martes, da la sensación de que las arcas del Estado se descargan a diario con pala de obra y camión de volteo.

Sin embargo, aquí viene el giro dramático del guión. En medio de semejante saqueo bíblico, salta la nota en sol mayor de la macroeconomía. Resulta que España va viento en popa. El paro disminuye, las cotizaciones a la Seguridad Social baten récords históricos, el PIB crece por encima de la media europea y las eléctricas, faltaría más, se forran como de costumbre.

Y es aquí donde la lógica salta por los aires. Si la premisa de la oposición es que nos gobierna una auténtica panda de ladrones, puteros y toda la letania del ladronicio y latrocinio que le cuelga al cuello Miguel Tellado a Pedro Sánchez y, al mismo tiempo, el país produce riqueza a ritmo de vértigo… la pregunta aritmética se vuelve francamente obligada: ¿cuánto se robaba entonces en la gloriosa época de M. Rajoy para que la economía familiar de la mayoría de españoles fuera cuesta abajo y sin frenos?

Porque las matemáticas, por mucho que las retuerzan en las tertulias nocturnas, son tercas. Si con un supuesto desfalco sistemático la economía avanza en positivo, habrá que concluir que en los tiempos del célebre M. Rajoy o bien se robaba a escala industrial, o bien la incompetencia gestora era de proporciones galácticas. O quizá una exquisita combinación de ambas.

El español común, que empieza a verle las orejas al lobo pero también el truco a los trileros del relato, observa perplejo la jugada. Nos advierten de que pasaremos del Estado del Bienestar a la simple sala de estar en un par de años, mientras contemplamos cómo la comedia política sigue su curso entre acusaciones de corrupción y récords de afiliación a la Seguridad Social.

Quizá la única moraleja que nos queda es que este país posee una fuerza indestructible, es capaz de aguantar a sus gobernantes, a sus opositores y a los agoreros del desastre, mientras sigue pagando la luz a precio de oro y esperando, con resignación irónica, a ver quién es el siguiente golfo político en dar lecciones de moralidad desde la tribuna.

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