Hay regresiones que rozan lo grotesco, si no fuera porque el tufillo a violencia las convierte en algo profundamente peligroso. Que a estas alturas de la película haya quien pretenda devolver a Ferrol el apellido «del Caudillo» a fuerza de vandalismo, intolerancia y matonismo callejero no es solo una provocación, es una señal de alarma que la democracia no puede permitirse ignorar.
Atacar la sede del PSOE, o la de cualquier otra formación política, no es protesta, ni libertad de expresión, ni «exceso de celo juvenil». Es fascismo de baja intensidad. Es recurrir al spray, el palo y las cadenas cuando se carece de ideas, al odio cuando se carece de argumentos y a la intimidación cuando la razón no alcanza. Un comportamiento que retrotrae indefectiblemente a los episodios más oscuros de la Transición, cuando bandas ultras al estilo de los Guerrilleros de Cristo Rey, esos grupos de los que en sus mocedades formó parte gente como Arsenio Fernández de Mesa, patrullaban las calles imponiendo su ley a base de cadenazos.
El verdadero problema hoy no son solo los cuatro descerebrados que ejecutan la agresión; el verdadero peligro es la tibieza institucional y el cálculo electoralista.
Cuando la violencia política asoma la cabeza, no hay espacio para la ambigüedad, los peros ni el perfil bajo. La condena por parte del Partido Popular y de todas las fuerzas democráticas debe ser rotunda, inmediata y sin paliativos. Quien silencia o condiciona la repulsa ante un ataque antidemocrático por miedo a perder un puñado de votos en el caladero radical no está haciendo política, está legitimando al violento.
Ferrol es una ciudad trabajadora, plural y cosmopolita que ya pagó un precio demasiado alto por el autoritarismo como para permitir que un puñado de ultras intente secuestrar la convivencia ciudadana. Las libertades no son un cheque en blanco para el vandalismo Ideológico, y la impunidad es el caldo de cultivo donde se fraguan males mayores.
Si las instituciones y los partidos no cortan de raíz este matonismo de acera, mañana lamentaremos males mayores. A la intolerancia se la combate con la ley, la firmeza y la verdad, no con paños calientes.