Viva la Guardia Civil

En el mes de junio de 1978 pronuncié mi primer discurso desde la tribuna del Congreso de los Diputados. Aún no teníamos Constitución. La estábamos redactando y el pueblo español la votó masivamente en diciembre de ese mismo año. Entonces yo tenía treinta y pocos años y era, posiblemente, el Diputado más joven de la incipiente democracia. Aquel discurso y la repercusión que tuvo en los medios de entonces fue realmente muy señalada.

Hago referencia a aquella intervención mía y al título de este comentario porque el motivo de mi primera intervención parlamentaria fue precisamente contra la Guardia Civil. Más concretamente contra unos artículos de su Reglamento abiertamente racistas y contrarios a la comunidad gitana. Me complace recordar ahora que mi propuesta fue aprobada por unanimidad del Pleno de la Cámara y que inmediatamente el entonces Ministro del Interior, Rodolfo Martín Villa escribió una Orden que remitió a todas las comisarías de policía de España y comandancias de la Guardia Civil dando instrucciones muy precisas sobre el tratamiento respetuoso que los gitanos debíamos recibir en los atestados escritos redactados por las fuerzas de seguridad del Estado.

¿Y qué pasa ahora?

Pues que esta mañana, mientras desayunaba viendo el programa de televisión “Espejo público” de “Antena3” me he emocionado profundamente oyendo con atención a un joven guardia civil, llamado Salvador, entrevistado por Susana Griso, conductora del programa. Ahora entiendo de forma incontestable el adagio que dice que “una imagen vale más que mil palabras”. El joven guardia, cuyo padre también fue guardia civil, jugó un papel importantísimo en los trabajos de liberación de las víctimas atrapadas por el accidente ferroviario de Urda (Toledo). Fue él quien logró salvar de entre todas las personas que viajaban en el vagón número 8 del tren Iryo, a la única persona que quedaba viva.


Con gran dificultad, por la emoción que le embargaba tratando de responder a las preguntas de Susana Griso, dijo que en el silencio sepulcral que había en aquel vagón, oyó el llanto de una persona a la que no lograba ver. El vagón se había convertido en un enorme amasijo de hierros. Se arrastró por la tierra entre las vías del tren y el suelo del coche siniestrado. La búsqueda angustiosa por encontrar a la persona de quien procedía el llanto duró más de una hora y media. Hasta que de pronto, al levantar una chapa retorcida, apareció una mano a la que se agarró desesperadamente. En ese momento a Salvador se le quebró la voz. Y el silencio atravesó como un puñal ensangrentado, hasta la pantalla de mi televisor. Fueron unos segundos dramáticos. Estoy convencido de que por su mente estaban pasando las escenas escalofriantes de intentar levantar con cuidado extremo algunos de los pesados hierros que apretaban el cuerpo de la persona cuya mano él no quería soltar. Su gesto, el rictus de sus labios que se apretaban temblorosos y el parpadear de sus ojos ya humedecidos, convirtieron para mí a la figura de aquel joven guardia en la imagen dolorida y al mismo tiempo triunfante que pocos han descrito como Winston Churchill: “Lo que distingue a quien alcanza una meta no es la ausencia de errores, sino la decisión de no abandonar tras caer.” Y Salvador, nuestro joven y dolorido héroe, aguantó hasta que sacó a la dolorida y machacada joven con vida hasta llevarla a un hospital.

La persistencia como motor

No me importa reconocer y aplaudir que la vida social de nuestra gente ha cambiado como de la noche a la mañana, desde aquel 1978 en que señalé en el Congreso de los Diputados al guardia civil, jefe de la comandancia de Hospitalet de Llobregat, que nos asustaba diciéndonos: “Cuidado conmigo, que a mí me llaman el tigre y a mis guardias los leones”. Por eso hoy, viendo el enorme sacrificio que está haciendo la Guardia Civil, exponiéndose por ayudar a la ciudadanía en medio de tantos desastres, quiero evocar a Federico García Lorca que en su época describió mejor que nadie el destino trágico, la libertad frente a la ley y el choque constante entre el pueblo gitano y la autoridad, representada en sus versos por la Guardia Civil. Federico, a través de su pluma, logró que la cultura gitana dejara de ser ignorada o denostada para integrarse con dignidad en lo más alto de la poesía universal. Tal vez por eso y la vista de tanta tragedia, Federico sería capaz de decir conmigo: “¡Viva la Guardia Civil!”.

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