El circo de los mediocres: Quevedo y su autotune aterrizan en Coruña. Por Jesús Suárez

@jsuarez02111977

Señoras y señores, agárrense bien los machos, porque el Coliseum está a punto de convertirse en la catedral del vacío. Llega Quevedo, el apóstol del autotune, el Shakespeare del botellón, el genio incomprendido que ha conseguido que un puñado de frases tontas y un ritmo prefabricado se conviertan en el himno de una generación que confunde la mierda con la música. No, no exagero. Si esto es lo mejor que tenemos, apaga y vámonos.

Dos noches. Dos putas noches llenas hasta la bandera. No para escuchar a un músico, ojo. Tampoco a un artista. Quevedo no canta, modula; no escribe, corta y pega frases hechas que suenan igual de profundas que una servilleta de bar. Pero ahí está, vendiendo un espectáculo “de nivel internacional”, que en cristiano significa luces de discoteca, pantallas gigantes y un volumen tan alto que no importa lo que diga, porque ni se entiende ni hace falta.

¿El repertorio? Canciones que podrían haber salido del algoritmo de Spotify tras una noche loca. Letras tan profundas como una piscina hinchable, donde todo se reduce a salir de fiesta, ligar y no sentir nada, porque sentir está pasado de moda. Y ahí está el truco: Quevedo no habla de nada porque nosotros tampoco queremos pensar en nada. Solo queremos ruido, una melodía pegajosa que nos aturda lo justo para no darnos cuenta de que nos están tomando por gilipollas.

Pero no se equivoquen, el problema no es él. Quevedo no es más que el muñeco de una industria que lleva años exprimiendo nuestra estupidez. ¿Para qué currarse una melodía, un mensaje, algo que emocione, si puedes meter cuatro acordes reciclados, una base genérica y un autotune que convierta cualquier graznido en oro? El tío no necesita cantar ni tocar un instrumento. Ni siquiera necesita tener talento. Lo único que hace falta es una imagen, un par de frases pegajosas y un buen equipo de marketing.

Y nosotros, como borregos, llenamos el Coliseum. Pagamos entradas a precio de oro para que nos den lo mismo que podríamos escuchar en el coche con la radio encendida. ¿Por qué? Porque hemos decidido que esto es lo que nos merecemos. Porque nos hemos tragado el cuento de que el éxito se mide en millones de reproducciones y no en la calidad de lo que escuchamos. Porque es más fácil rendirse a la mediocridad que exigir algo mejor.

Mientras tanto, los verdaderos músicos, esos que se dejan la piel aprendiendo a tocar un instrumento, escribiendo letras que de verdad te tocan el alma, se quedan en bares vacíos, en festivales menores, luchando contra una audiencia que prefiere a Quevedo porque, seamos honestos, pensar da pereza.

Así que ahí lo tienen. Dos noches en el Coliseum para celebrar la nada, para rendirle culto al ruido y a la superficialidad. Pero, ¿saben qué es lo peor? Que esto no es culpa de Quevedo. Él solo hace su papel. La culpa es nuestra, de todos los que hemos permitido que esto pase. De todos los que confundimos un espectáculo de luces y humo con un concierto.

Disfruten, Coruña. Rían la gracia, canten sus letras vacías, griten como posesos cuando suene el autotune. Luego, cuando todo termine, miren a su alrededor y pregúntense si de verdad esto es lo mejor que podemos tener. Porque, si la respuesta es que sí, entonces ya estamos perdidos.

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